¿Cómo se escribe un poema? Creo que es una pregunta sin resolución. Enfrentar al muerto se escribió a lo largo de un año, entre mediados del 2016 y 2017. Luego, lo más importante fue, como siempre, su trabajo posterior. No estaba destinado a ser ni título ni libro, si es que se puede hablar de destino para referirnos a la literatura, o a la vida en general. 

La cuestión fue así: surgió. Como los yuyos, el poema brota de los poros cuando necesita respirar. El título vino mucho después, cuando el árbol ya estaba hecho y hubo que podarlo. Para escribir este poema partí de tres imágenes y una figura. Todas ellas relacionadas con el título inicial, ese que nombró el archivo en mi computadora durante varios años, los que tardó este texto en componerse y desacomodarse de aquel rastro que, en principio, lo asociaba a la poesía, como género, y a la vida, como rastro. Por supuesto, no lo voy a decir porque está, también, cosido en el entramado del poema, como el título final.

Comencé a pensarlo, a anotarlo, en los momentos que acompañaron por fuera la internación de mi abuela en el sanatorio Güemes, por una caída y rotura de cadera: en los pasillos, en los bares, en la puerta mientras bajaba a fumar. Al principio iba sobre los mecanismos de represión de las instituciones médicas, sobre la intervención del cuerpo, sobre los controles policíacos a los pacientes y acompañantes. Luego, siguió creciendo a lo largo de los seis meses que mi abuela pasó, después de aquello, en el geriátrico donde el 31 de diciembre de 2016 murió, afectada por diversas patologías pero especialmente un Alzhéimer que la fue mutilando durante largos años.

Tres días después, mi abuelo también se cayó, y hubo que internarlo. El poema se fue transformando, como su cuerpo en las diversas internaciones en el mismo sanatorio, ese que ya conocía de memoria y sabía a donde escapar para escribir, incluso sin moverme de su lado. Por esa época, la escritura era una forma de resistencia y de respiro. Tuvo el mismo valor que las estrategias para ingresar de contrabando frutas, galletitas, termos y mates, licuados y otros alimentos que la burocracia hospitalaria no permite y que, sabemos, son necesarios para continuar los momentos de vida bajo los efectos del vitalismo impuesto.

La poesía y la comida me unieron el último tiempo a mi abuelo. Su agonía fue lenta y dolorosa. Terrible. El poema siguió naciendo a su lado, las tardes en que lo cuidaba y me empecinaba en alimentarlo por fuera de los dispositivos médicos de intervención vital; en las tardes que le leía o que escuchábamos las letras de Romero, Cadícamo y Le Pera en los tangos de Gardel.

No me crié con mis abuelos, pero fueron ellos lo que me criaron. En su sentido más pleno. Quienes me ayudaron a crecer, con quienes compartí mi vida hasta que se fueron, y quienes me guiaron amorosa y éticamente. Mis abuelos fueron ese espacio de respiro, el lugar de escape, el jardín florido en medio del barro de la ciudad.

Enfrentar al muerto habla de esa compañía, aunque sin decirlo. Habla de lo que queda cuando el cuerpo desiste en sus voluntades propias, cuando la vejez o la enfermedad nos arrojan al despiadado e impersonal sistema de la salud, que insiste en la vida cuando la vida quiere irse. El poema habla de ese dolor, el de la vida que se resiste a ser atada a la camilla, el de las personas que nos resistimos al encierro de los espacios de reclusión vitalista, incluso de las resistencias de/sobre nuestro propio cuerpo.

La figura, a contramano del título, no es el infinitivo –la forma de lo impersonal en el lenguaje, del no tiempo– sino el gerundio: lo que indica la permanencia de una acción continuada, alargada, inconclusa, que no tiene temporalidad de inicio ni de fin, la farsa de la simultaneidad. El gerundio, lo que no debe estar, el gargajo de la lengua. Lo innombrable.

Y después, lo sabemos, la edición, el duelo.