por Diego L. García

Me dijeron que el Limos Club existía y, aunque bastante incrédulo, fui hasta esa dirección que alguien había garabateado detrás del ticket de un súper chino.
Justo en medio del camino, atravesada ya la selva oscura de un par de avenidas mal asfaltadas, me encontré ante una puerta y ante la revelación de aquel mito…

En L. C. hay una contraseña. No es una palabra ni un ruidito. Es una forma de hacer sonar al mundo. Fijate:

 

Claramente el anverso como viruela
lo nutre con barros donde la simultánea
serpentina lo amasa,
en sus plutónicas piritas:el club.

(…)
Alunada su iris ascendió,
trastabilló su cuarcita núbil,
fibrosa y con fibrón:

el club.

Entonces entro y por un pasillo veo un cyborg, por otro un cíclope, una luz mala. Veo escenas entre sombras, no adivino las formas, los cuerpos, algo huele –escucho que dicen- “hiperconfitado”:

La mantis coja, ¡esa posición es nueva!
desconcha un bulón rociado,
olisquea.

De quién es ese thriller que posa el jabón en la jabonera.
Del cóccix.

Sigo y no hay palabras menos eróticas. Me parece que sería una buena idea beber algo, buscar algún rincón donde acomodarme pero parece que acá nadie sirve. Aguzo el oído: casi un rock fuerte en el Limos Club. Pero no. Tampoco es eso. Hay tumultos, hijos de discordia, hay ráfagas de definiciones. Alguien me roza hablando de la poesía (¿o del sueño de un murciélago?):

¿acaso es como un verso
que se empala debajo
o en lo oral (al)
debajo es
enjambre agazapado
ante lo escrito (to)
empala debajo o detrás
o nota al pie sudado?

[Remover la tierra que cubre las palabras muertas, hambrientas, levantarla desde abajo, separar las capas de lo oral y el enjambre, hambriento, el to y el al que vibran en pequeños terremotos, tos, la boca es la mano que no simula, el hambre, el pie sudado sale a flote, pero los cadáveres cantan acá en amorosas llamas, cantan y se sacuden, con hambre, se auto-desentierran por un poco más de ese “vermut sintáctico”, ay el castigo de la voracidad, el lenguaje caníbal, el crimen, el maldito crimen!]

…Perdón por el lapsus.

Trato de despabilarme y cuando quiero salir otro sujeto se acerca a decirme que no me preocupe. No entiendo exactamente por qué. En una riña a pocos metros el que agoniza en el suelo balbucea: “Cíclope impreso ríe del tiempo”. Me llevo esa moneda por las dudas. Uno nunca sabe cuándo va a tener que volver.