150 gramos

Carlos Martín Eguía

 

Buenos Aires - 2014

118 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-45079-9-0

 Inmediaciones de invierno

 

Bajo una bombita de sesenta watts

la oscuridad está excluida,

ella se aburre y yo ni siquiera extraño

el remiendo que produce una palabra lúcida,

afuera el invierno transcurre sin interpretación.

Una promesa incumplida, prólogo por Carlos Battilana

150 gramos concibe la poesía en términos materiales ya que se la designa a través de una sensación física: la poesía como un peso determinado en gramos. La escritura de Carlos Martín Eguía se desenvuelve bajo dos coordenadas, la quietud y el movimiento, como si en ese circuito cerrado pudiera acontecer otra posibilidad, la de un cambio de naturaleza: lo quieto, por obra de una combustión, se puede transformar en algo dinámico. Sin embargo, estos poemas narran que, frecuentemente, el cambio se torna imposible, como decir que la transformación hacia un estado mejor resulta una quimera: “(…) otra noche bajo el imperio/ del mismo verano”. Las cosas, las estaciones transcurren morosamente y cualquier enunciado que intente describir o nombrar la realidad, no es más que un “remiendo” o una inútil tentativa.

La poesía de Eguía se amalgama, en ocasiones, con una sintaxis y un conjunto  de palabras que provienen del imaginario científico. No obstante, más que afirmarse en su acreditación de verdad positiva, las palabras se traman como una especie de música que simula, a modo de barniz, la apariencia característica de la textualidad y la burocracia académicas. La poesía de Eguía finge taxonomías e hipótesis en búsqueda de resultados (vitales) que nunca se alcanzan. Al mezclarse con el lenguaje poético (con la ironía de base, discreta, que posee esta escritura), las fases de la verificación que requieren los sistemas científicos empíricos fracasan, no pueden probarse ni concederse como válidos. A la “vida” como un objeto de análisis de esta poesía (la vida encarnada, por ejemplo, en el becario, en el investigador, en el Oso o en el Sacatrapos) se la observa como una especie de pasaje interminable que no logra descifrar su propósito y que, finalmente, no alcanza a realizarse: “una vida que no tiene/ nada que ver con la que debería ser”. Pero la poesía de Eguía, en verdad, más que un registro obediente del léxico proveniente del campo científico supone una crítica a ese lenguaje, concebido para construir universos cognitivos y sistemas de creencias, y articulado de tal manera que pueda persuadir a un auditorio docto (los “doctores”) que concede como válido o rechaza como insensato el relato argumentativo del becario (Lito) -intranquilo, ansioso por adaptarse y ser integrado al sistema. He ahí que la tarea del becario, tan bien descripta en Phylum vulgata (1999), no consista en obtener una verdad acorde al objeto de estudio de su investigación, sino en la de convencer de manera verosímil a un jurado con el fin de que se le renueve la beca.

¿En qué consiste una beca? La RAE dice: “Estipendio o pensión temporal que se concede a alguien para que continúe  o complete sus estudios”. En el contexto de estos poemas, se trata de una ayuda por parte del Estado o de una institución privada a un individuo que debe cumplir una promesa con la que se ha comprometido a manera de proyecto y que, eventualmente, debe rendir frutos y retribuir a la comunidad el esfuerzo volcado en la investigación. En Phylum vulgata la beca es, en verdad, el espacio donde se condensa una retórica: la argumentación de aquel individuo que hace creer a una élite ilustrada de sus dotes y de sus posibilidades intelectuales. Sin embargo, en el caso de los personajes de Eguía, las promesas se marchitan y los individuos se petrifican en su propia potencialidad, y su realización final se puede designar bajo los términos de este enunciado: la promesa que pudo ser. La figura del becario, en la poesía de Eguía, es la de un individuo siempre al borde de la desocupación, en la inminencia febril de no poder dar cuenta de su tarea a la comunidad científica que lo sostiene. Por lo tanto, se percibe allí la huella de un temor de base material. Ese temor por el fantasma de la carencia, ese miedo por quedar afuera de las regulaciones del sistema laboral, se explicita en estos términos: “Entretanto pasan meses de loto vacante./ Algo fuerte Lito./ Un ginebrón a media mañana./ Que ayude a tolerar lo posible./ Que no te renueven la beca por ejemplo./ Si ocurriera, lo estás temiendo, serías/ otro batracio desplazado,/ que se hace el nómade/ por carecer de lugar.”

Los vocablos que elige Eguía dan cuenta de un imaginario donde la realidad se torna “inasible” y “neutral”. Si las palabras no pueden descifrar lo real o dan cuenta de sus efectos de manera pobre e insuficiente, podrían calificarse como un lujo inútil, una energía volátil sin un fin específico: “adonde carajo conducirá todo esto”. En la descripción monocorde de la realidad, en el sustrato escéptico que recorre este discurso -sobre todo en sus primeros libros- se filtra un insulto, casi sin énfasis, que confirma que lo real no sólo resulta inescrutable, como si estuviera cubierto por un toldo carente de sentido o, en todo caso, como si lo real fuera el toldo mismo. El léxico de Eguía también se alimenta de la oralidad escasamente efectista, una oralidad chirle que, como manchones de pasto, yace allí, en medio del poema, casi sin elaborar: he ahí su sofisticación o su artificio. Lejos de constituir una carencia de estilo, precisamente, la incorporación de enunciados orales anodinos, que casi pasan desapercibidos desde el punto de vista de sus efectos, hace combustión, choca, se mezcla con otro discurso que avanza a manera de crónica: “vos con un leve sudor, el jean y la blusa/ sobre el cuerpito súper fuerte/ eras toda una minita de la gran ciudad,/ para empezar,/ dame un beso rabioso, dijiste,/ luego energía de alto voltaje/ movimientos y gemidos entre graznidos de aves,/ nada inútil”.

Otra zona de interés por la que orbita la poesía de Eguía es la abstracción. El sujeto que protagoniza (y habita) estos poemas maneja y relaciona conceptos abstractos (“El choque de lo frágil/ con lo compacto/ no produce nada”) y, en esa especie de zona inasible, se sabe mutilado de antemano: reconoce -a pesar de que pudo hacer creer al auditorio lo contrario- que su vida se halla atravesada por una “imposibilidad de epopeyas”. Nada de heroísmo, nada de proezas. El yo que se configura en estos textos es una entidad algo “insustancial”, a punto de quebrarse, cuyo mayor deseo es procurar afirmarse en el vendaval de la intemperie. En su fuero íntimo, a pesar de los intentos, ese yo sabe que cualquier tentativa de heroicidad o cualquier forma de reconocimiento público resultarán imposibles: se trata de un yo que no comprende cómo llenar el formulario de las buenas costumbres y la civilidad, a pesar de que -lo curioso- es que se trata de alguien que no se jacta de ser transgresor. Esa pena inmensa acerca de la incapacidad de consumar algún éxito o logro en la vida social, lleva la borra de la ironía que, ahora sí, se transforma, en un puñal corrosivo para los límites que propone el sistema social. El universo poético de Carlos Martín Eguía se vincula con una obsesión: la voluntad. Pero ese tópico que se reitera de distintas formas es, en verdad, una voluntad cercenada, la voluntad de aquel que pudo ser alguien, de aquel al que se le pasó el cuarto de hora con sus delirios de grandeza.

Azorín escribió una excelente novela cuyo título es, precisamente, La voluntad. En ese texto, el personaje principal (como en el caso de los textos de Eguía, donde se representa un sujeto letrado, con aspiraciones intelectuales) carece, justamente, de energía, a pesar de que procura, de algún modo, adherir a algún entusiasmo. El entusiasmo es el origen de una energía, pero si se lo intelectualiza como un objeto a ser alcanzado, parece evaporarse en el mismo momento en que se lo menciona. Es interesante este mundo de la voluntad quebrada o incapaz de concluir un proyecto: el que estuvo a punto de alcanzar el paraíso mediante un arduo esfuerzo, descarta sin explicación el festín que se le ha otorgado, se retira del cielo prometido hacia el círculo recoleto del tedio, pero también padece el ansia por lo que ya no se tiene, sabiendo que la cronología del tiempo le pasará la factura por lo que pudo haber sido. Una decisión extraña que implica una especie de inmolación frente a los demás. Los otros aprecian las virtudes del sujeto que emprende la tarea de la investigación, pero el sujeto mismo se siente incapaz frente a semejante exigencia que se traduce, simplemente, como una atención que solicita resultados y de los que no se tiene nada para ofrecer: “ahh muchachito ahora muchachón/ qué te espera/ en ese maremágnum/ algo entornado/ por tu suficiente lentitud.” La voluntad, la energía de base está atrofiada para aquel que ha llegado a la orilla del logro y la plenitud, y también para el que ha ensayado ser alguien. Por ese motivo, con una herramienta que administra el tiempo, el poeta puede decir de manera afirmativa aquello que, en verdad, implica un desconsuelo y una ironía: “Para comenzar/ a progresar hacia algo/ saca del bolso una agenda”. O se expone a la expectativa del otro, a la expectativa del que sabe, con el fin de defraudarlo: “adelante Lito,/ exponga”.

El poeta, a la manera de un estudiante de biología, observa la realidad como si se tratara de la muestra de un bacilo en el microscopio del laboratorio, el laboratorio donde se almacenan las “malezas” de lo incomprensible y donde se intenta dar nombre a lo impronunciable y lo inenarrable, a lo no escribible y a lo “innombrado”. Lejos de que lo innombrado tenga carácter epifánico, en la poesía de Eguía posee dimensión material: no se puede designar la íntima realidad porque, simplemente, no se la puede percibir con las palabras. Por lo tanto, las palabras no sólo son insuficientes, sino también inservibles para semejante empresa, como si la radical desconfianza del lenguaje experimentada por Hugo von Hofmannsthal hacia principios de siglo XX, se reeditara en estos textos que se piensan a sí mismos como una materia inútil para aferrar las cosas y el tiempo. La poesía de Eguía reedita esta desilusión, pero escribiendo de manera prolífica, pese a todo. Es decir, la energía que supone el acto de escribir, más que las palabras escritas, parece ser la muestra más cabal de la inutilidad del intento, la representación más fiel de lo que se intenta decir perpetuamente sin éxito: “impera por momentos/ una opacidad mineral/ detenida al borde/ de toda anécdota”.

La mente (un reiterado tópico de esta poesía que evoca, en algún sentido, la obsesión spinetteana por ese mismo tópico pero que, en este caso, a diferencia del músico, no puede “progresar”) proyecta sus antenas en dirección de lo real, de su presunta vibración y frenesí. Sin embargo, lo real parece funcionar como un mecanismo o una caja extraña, sin resonancias, sin empatía ni fluencia, y su designación se torna un signo de pregunta y, menos que eso, un signo afásico. ¿Cómo escrutar la realidad? La poesía de Eguía se torna, a menudo, vagamente “científica” desde el punto de vista discursivo, pero para desmentir aquello que la ciencia considera importante y significativo. Así es que se desliza hacia ese territorio urbano que carece de épica: “el guarda repara la fenomenología de los días:/ boletos, pases, abonos”. La nomenclatura, presuntamente científica, se metaboliza y se convierte, de este modo, en un instrumento descriptivo del sistema social: “Un objeto que comparte con otro/ al menos un atributo/ que no sea la condición/ de miembro de la clase es/ un objeto clasificado./ La mejor clasificación será entonces la más estable/ la más predictiva”.

La obra de Eguía es considerable desde el punto de vista cuantitativo, con más de una decena de títulos en el campo de la poesía y la narrativa. Si bien se menciona su gravitación y su impacto literarios en los estudios y abordajes críticos sobre el período que se denominó, de modo general, como “poesia de los 90”, frecuentemente ocupa el lugar destinado a sus márgenes. Una marginalidad, sin embargo, de cierto cariz prestigioso. Ese sitio se vincula con la opacidad que sus poemas promueven, no porque haya transgresiones sintácticas o léxicas recurrentes, sino porque sus textos implican un interrogante que, aparentemente, se frustra: ¿hacia dónde se dirigen estos textos?, ¿cuáles son sus propósitos? La expectativa que se defrauda acaso sea un rasgo determinante de la poesía de Eguía. La figura del becario (la promesa que supone la investigación de alguien subsidiado para obtener un logro, módico o colosal) es, sin duda, no sólo un personaje sino un tópico de esta poesía que funciona a manera de metonimia: toda escritura -nos dice la poesía de Eguía- que promete cumplir con las expectativas previamente reguladas por el mercado, el campo intelectual, los editores, incluso los lectores, defrauda, en verdad, a la propia literatura. Por ese motivo esta escritura aligera su brillantez en favor de la ilegibilidad y la desorientación.

Los versos de Eguía narran escenas que tienen no sólo la marca del inminente derrumbe, sino la percepción por parte del sujeto de enunciación de una especie de grieta que resquebraja la apariencia de lo sólido y lo armónico: los individuos que creen  revelar su identidad mediante sus argumentos, en verdad, muchas veces no hacen más que esconderla, pues la identidad irrumpe en el detalle lingüístico, corporal, gestual menos pensado. Lo que “parecía sólido” en individuos hundidos en sus propias certezas, no es más que la mentira de la solemnidad de la que esta poesía huye como si se tratara de un virus letal: “La luz no puede destacar/el marco de un diálogo/ que parecía sólido”. Así es que, el poema en el que Borges aparece como personaje, hacia el final del libro (“Caminar con Borges, él adelante, en silencio,/ yo medio metro atrás, unidos por la longitud de la correa.”) resulta también un tratado de poética. A distancia respetuosa de la elegancia letrada, Carlos Martín Eguía -como muchos de sus personajes- se repliega, traza un círculo sobre sí mismo, conjetura una esperanza pobre y presume que el cielo prometido -la beca renovada, el éxito- corresponde a otros individuos. Sin embargo, como “no hay poema/ que tarde o temprano no se escriba”, el poeta Eguía, metido en sus propios asuntos, machacando en sus obsesiones y desplegando su propia poética, no deja de escribir su obra.

 

Carlos Battilana 2014

Lo que un tipo deja de decir cuando dice, Verónica Pérez Arango

Ciento cincuenta gramos es una selección de algunos de los libros de Carlos Martín Erguía, como Phylum VulgataEl sacatrapos, u Oso no hay nieve acá, a los que se sumaron cuatro extensos poemas inéditos, acompañados por un prólogo de Carlos Battilana.

En la antología preparada por Zindo&Gafuri aparecen las preguntas por la poesía a través de la poesía. Los poemas son acá, para la voz que enuncia, un lazo que no amarra, así de insustancial,tejiéndose alrededor de contradicciones, en el decir y des-decir.

Erguía, que se sumerge en los registros de la oralidad, experimenta en estos poemas conjugando la mezcla de expresiones populares del habla cotidiana con juegos con la materia sonora del lenguaje, como en el hilito/ lo tensan/ y resiste/ lo cortan/ y se anuda./ Lito, el hilito, nooo, el de Ariadna no,/el de las bolsas de arpillera,/ el sisal, ese, sí, el sisal; o en los paseitos al palo/ con las pendejas de la UES.

La prueba de diferentes combinaciones y discursos, y la posibilidad de convivencia de materiales y voces provenientes de ámbitos disímiles, vuelven a estos poemas un poco extraños o, quizá, un idioma del que sí reconocemos formas pero al que no podemos comprender del todo bien: siempre algo crucial se nos escapa. Los poemas de Erguía parecen querer evitar el establecimiento de lo legible. La claridad es engañosa. Entonces no hay reglamento perceptible/ extensión ni sueño/ realizable de antemano./ Hay a gatas un rudimento/ de sintaxis para admitir/ que el punto negro/ que se agranda es la zorra. Las roturas y la opacidad desestabilizan el sentido y es ese corrimiento hacia las zonas borrosas de la razón lo que provoca una especie de incomodidad en el lector. Porque Ciento cincuenta gramos no es fácil, no nos lleva de las narices hacia un lugar seguro y definitivo, sino que establece su misma resistencia: un dique para el sentido: el ángulo en que/ la significancia se deshace./ El ángulo desde donde un palo/ se ve quebrado por el agua.

El lenguaje no establece verdades ni la poesía construye una epopeya, dice acá el poeta; por el contrario: es un instrumento que muestra el quiebre de la lógica realista, incapaz, pese a todos sus esfuerzos, de describir, sistematizar, establecer, definir, casi casi incapaz de “decir” con éxito. ¿Cómo hacer entonces? ¿Cómo confiar en el lenguaje que heredamos? Quizás sean estos poemas largos de Cientos cincuenta gramos los que trabajen poniendo en crisis la gramática del sentido, los que abran un espacio donde sea posible deslizarse hacia la multiplicidad y la vitalidad de los significados mutables y de bordes imprecisos.

A diferencia del discurso académico que busca un reconocimiento de su palabra porque esa validación lo constituye y lo retroalimenta, con los versos de Carlos Martín Erguía tomamos conciencia de que el poeta se coloca mucho más allá que “del lado opuesto”, pues es la voz de quien no quiere ser reconocido, sacralizado y alimentado por especialistas habilitados para canonizar. Todo lo contrario, es la voz de quien no acepta transar con verdades unilaterales y, por eso mismo, usa la ironía para tomar distancia de todo, incluso de la propia poesía. Nada puede ser tomado en serio ni ser demasiado importante. No hay lugar para la vanidad, como si la poesía fuera ese bebé informe y gelatinoso que habla en el extenso poema “Beckett para principiantes”. Así: lo siento man/ no seré nada.

Ciento cincuenta gramos (2015)

Autor: Carlos Martín Erguía

Editorial: Zindo & Gafuri

Género: poesía

Carlos Martín Eguía