Alcohol para después de quemar

Eduardo Rezzano

 

Buenos Aires - 2014

78 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-3760-01-3

 

Los recuerdos se vuelven ajenos, el futuro se proyecta como un
teatro de sombras. En el piso de abajo, el pianista duda hasta
la desesperación entre un si bemol o un si natural. Parece el fin
del mundo, pero es el comienzo, que no acaba; el presente,
que lo invade todo.
Sobre Alcohol para después de quemar, por Joaquín Sanchez Mariño

 

Cada vez que miro el sol me acuerdo de cuando me tiré Pervinox en los ojos. Fue por error: era un envase trasparente que confundí con lágrimas. Busqué el colireo y me llevé la cólera. Se me afinaron los ojos como si estuvieran cicatrizando. No fue solo una gota sino varias: pensaba que el ardor era la reacción natural de las gotas en los ojos y seguí disparando. Obviamente, terminé en el médico. Me lavó con agua y aire y se preocupó menos de lo que se rió. Es como tirarte alcohol después de quemarte pero peor, pensé, porque afecta a todo lo que ves. Me tomé un Benadril y me eché a dormir. Pasaron diez años y me encontré con este libro.

No conozco personalmente a Eduardo Rezzano. De él sé apenas que su nombre acompaña –porque es el autor– el título su libro: “Alcohol para después de quemar”, además de otros libros de previa publicación. En este caso, no se trata solo de un poemario sino de una suerte de manifiesto inflamable de proyecciones. Antes de dar paso a las palabras, lo precede una foto de extraña cotidianeidad: un estante en un baño con una botella de alcohol, una cuchara, varios cepillos de dientes, una planta y un frasquito de salsa de tabasco. Después, el primer apartado del volumen: El tiempo y los animales.

Como aquella vez, acá también la vista está afectada por el poder transformador de lo etílico. Tanto la primera parte como la segunda (Miniaturas), están compuestas por textos apocalípticos, ni tristes ni felices, ni afectados ni impostados, tan solo testimonios de la destrucción a la que solo una mirada antiséptica se expone. Sueños, imágenes, reconstrucciones de destrucciones  e ideas de un futuro que no sabemos a quién pertenece. “Hablé con un soldado muerto/ que soldado a la tierra/ daba su frutos”, dice. Y antes: “Con el ojo izquierdo veo sombras/ Con el derecho claridades”.

Entregado a la bebida y al tiempo, Rezzano construye la ebriedad de su mundo no con curdas simpáticas ni rodadas cuesta abajo. Toma cuenta de sus pormenores –no es poca cosa, ver nacer el apocalipsis–, y lo cuenta como si nada fabuloso sucediera. “Abrazado a una botella me arrojé al mar. La botella llevaba un mensaje; yo floté vacío, a la deriva”. Y después, en Miniaturas, a anima a imaginar el génesis. Es siempre astuto contar el final reinventando el principio. Propone que al séptimo día, mientras Dios descansaba, se dio cuenta de que al mundo le faltaba un pasado y sembró pistas apócrifas para que creyéramos que venimos del Big Bang y no nos detengamos más en ninfas ni tritones. Y después, con el mito del origen a su gusto, hace y deshace su imperio: “Si en verdad somos lo que comemos, el canibalismo nos hará humanos”. Entonces sí, bang otra vez. El alcohol se consume en la explosión y terminamos todos muertos. Así nos lo cuenta su evangelio.

Póstumos, la última parte del libro, es como tirarse Pervinox en los ojos, lavarse con agua y viento, tomar un Benadril y echarse a dormir: cuando uno despierta se lleva la maravilla de volver a ver todo otra vez, de disfrutar el vicio de la contemplación, de admirar la derrota que dejamos atrás. La mirada está limpia, la claridad no lastima, el mundo –y Rezzano– empieza a mostrarnos su poesía.

Joaquín Sánchez Mariño

Destreza del extrañamiento, por Ernesto García López en Ritual

Uno de los aprendizajes que todo antropólogo debe hacer en el decurso de su carrera profesional es eso que suele denominarse el “extrañamiento”. El extrañamiento es una rara y difícil cualidad que consiste en interrumpir, poner en cuarentena y/o desestabilizar los propios prejuicios etnocéntricos con el fin principal de acercarse a los mundos sociales de los otros sin proyectar sobre ellos las categorías, los apriorismos, los universos simbólicos y las “supuestas regularidades” del mundo social propio. Extrañarse es quedar suspendido en una suerte de intersticio ontológico que permite la apertura máxima de sentidos y conocimiento. A esta habilidad algunos etnógrafos la llaman “destreza” y no siempre es fácil de conseguir. Implica trabajo, disciplina, práctica, ensayo y error. Ahora bien, el extrañamiento suele bifurcarse a través de dos grandes estrategias. “Hacer de lo extraño algo familiar” o “hacer de lo familiar algo extraño”. Cada uno de esos itinerarios implica imaginarios diferentes, implica “sub-destrezas” y posibilidades anudadas que conducen a horizontes alternativos.

Hay escritores que hicieron de lo extraño algo familiar. Pienso en los surrealistas, pienso en Artaud, Jarry, Lautremont, pienso en Alejandra Pizarnik o en Marisa Di Giorgio, pienso en Carlos Edmundo de Ory y Juan Eduardo Cirlot. Lo onírico, lo incomprensible, el mundo de los sueños, la irracionalidad, lo imposible de decir, lo simbólico, la vitalidad abstracta, la crueldad infinita, el universo de las sombras y de lo desconocido, reconquistan la realidad ordinaria para aposentarse en ella como colonos venidos de un lugar distante. Con el paso del tiempo colonos y poblaciones locales se hibridan hasta hacerse indistinguibles. Esas escrituras vuelven copresentes, en términos de sincronía, laderas del alma humana aparentemente contrapuestas desde el triunfo del logocentrismo patriarcal europeo y sus colonias a partir del siglo XVII y XVIII.

Pero hay otros autores que cifran su apuesta justo en el viaje contrario, en hacer de lo familiar algo extraño. Pienso en Kafka, pienso en Felisberto Hernández, pienso en Silvia Plath, Emily Dickinson, Francisco Pino, pienso en Juan Rulfo, en Felipe Polleri, en Clarice Lispector… En estos casos, sus miradas parten de lo ordinario para hallar en ello una suerte de contra-mundo interno poblado por presencias, fantasmas, animalidades, bifurcaciones de lo posible que cohabitan con nosotros en estrecha asimilación. Estas escrituras desorientan la aparente estabilidad cotidiana, desplazándola hacia un territorio donde lo tangible e inmediato se vuelve veladura incomprensible. El misterio de la vida es asumir que toda vida lleva dentro, de manera irrenunciable, altas dosis de incomprensibilidad.

 A mi entender el poeta argentino Eduardo Rezzano y, en especial, este Alcohol para después de quemar constituye un buen ejemplo del maridaje entre ambas destrezas del extrañamiento. En su trabajo poético encontramos conexiones continuadas entre dichas tradiciones “extrañadoras”. Veámoslo de un modo un más detenido.

Para empezar, digamos que la poética de Rezzano inscrita en este libro bucea en varias cuestiones que parecen chocantes, contradictorias o simplemente ambiguas. Me estoy refiriendo, por ejemplo, a la disolución de la aparente diacronía del tiempo (“Parece el fin del mundo, pero es el comienzo, que no acaba; el presente, que lo invade todo”, nos dice); al uso intensivo de la cohabitación, es decir, de la convivencia de contrarios en un mismo sujeto (“Con el ojo izquierdo / veo sombras / con el derecho / claridades”); a la recuperación de lo “freak”, lo truculento, lo terrorífico; a la renovación de un cierto impulso becketiano (como en el poema “Patos y naranjas”); o incluso la propia disolución del yo (del nosotros) vuelto “extranjero de sí mismo” como en este poema titulado “Espejos”:

 

Me toqué la cara y noté una inflamación en el pómulo izquierdo. Volví para mirarme en el espejo del baño, pero mi imagen se había ido y me esperaba en el espejo del ascensor. Bajé a la calle y la gente perdía el contorno; la mañana, nublada, ofrecía toda clase de transparencias.

 

Pero si hay un rasgo estilístico que caracteriza este libro es la difuminación de toda distancia entre lo animal y lo humano. En la primera sección del poemario titulada “El tiempo y los animales” encontramos numerosas muestras de ello. En mi opinión, esta sincronización de “lo solo del animal” (que diría Olvido García Valdés) con “lo solo de lo humano”, volviendo casi indistinguibles lo uno de lo otro, se comporta como matriz primera del extrañamiento. Si en algo somos copresentes las vidas que habitamos este planeta es con respecto a lo animal y a los propios objetos naturales, que componen el orden de existencia donde estamos. Ahora bien, la propuesta estética de Rezzano no parece tener que ver con un militantismo de signo ecologista (o sí, no lo sé), sino más bien a la radical (de raíz) y desasosegante mezcladura entre la animalidad, la bestialidad y la humanidad como un mismo todo, siguiendo la estela de ilustres personajes como Gregorio Samsa. Veamos un ejemplo de ello en el poema “Medias palabras”:

 

Llamaron a la puerta, abrí y había un perro que me preguntaba qué clase de infortunio le estaba predestinado. Le contesté con medias palabras y aseguré el postigo, que se golpeaba con el viento. Le conté que más temprano había visto una jauría luchando contra la nieve; eran cinco o seis y se apretaban entre sí formando un bloque.

 

A medianoche volvieron a llamar. Había un oso lastimado, plumas de ocho palomas y un fuerte olor a jabalí que presagiaba la llegada de los pumas. Me acosté y encendí la radio; los oyentes pedían canciones que el tiempo había vuelto irrecuperables.

 

Estas distintas liminalidades, animalidades y perplejidades van volviendo cada vez más inestable al sujeto, llegando incluso a desmantelarlo. Encontramos encarnaduras de un cuerpo en otros cuerpos. Encontramos una completa hibridación entre lo vivo y lo muerto. Encontramos horrores cotidianos a lo “black mirror” dentro de los cuales distintas polaridades se entrecruzan (como en el poema “Otra mañana”). Encontramos también la imposibilidad de distinguir entre lo humano y la máquina (el androide). Encontramos “hombres ameba”, transmutaciones (como en el poema “Cuervos”), “ciudades sin nombre”, “miniaturas” a través de las cuáles “cambiar la óptica”. Encontramos personajes “transhistóricos”, “transespaciales”, “transcorporales”. Encontramos un sinfín de antítesis que provocan nuevas presencias…

 Y todo esto Eduardo Rezzano lo lleva a cabo, eficazmente, mediante un lenguaje directo, sin engolosinamientos ni barroquismos, desnudo, narrativo, vertical, que refuerza esta sensación de asombro de un modo inteligente y lúdico. El uso de la fábula, de la ironía, del humor incluso, des-existencializa lo dicho, le quita toda carcasa de solemnidad. Ahora bien, no se dejen engañar por la supuesta sencillez de lectura, pues este libro me parece complejo, poblado por una densa cantidad de capas conceptuales que permiten una y otra vez una vuelta a los poemas. Más allá de esta aparente cercanía en la escritura, nos encontramos ante un autor hondo, indagador, obsesivo, enemigo de toda vacuidad, que asume como primer territorio de la extrañeza el lenguaje. De ahí que cada una de las secciones que articulan el poemario suponga algo así como una vuelta de tuerca más en la disección de lo ignoto.

 Acabo con un breve poema del libro que me ha impactado enormemente. Llevo colgado en él varios días. Se titula “Genocidio” y dice así:

 

La recuperación de una comunidad de hormigas que ha sido devastada con venenos específicos puede llevar meses. Eso lo sé porque fui admitido en una comunidad de hormigas. Mis nuevas compañeras me advirtieron: “Te adaptás o te adaptás”.

 

RITUAL

Alcohol para después de quemar, por Rosario Bléfari

 

(prólogo a la edición española)

La fábula se encarna en la poesía de Rezzano con el tono y el ritmo que le permiten montar inquietudes desconocidas, como quien monta escenografías, para entonar certeros soliloquios en medio de ellas. Pero estas miniaturas pobladas de resonancias metafóricas están vaciadas de la advertencia organizada de la fábula. La lección, en todo caso, sobreviene en el borde último del poema, y a veces al segundo después de haberlo terminado de leer, cuando descubrimos que, como si hubiésemos subido a una montaña rusa —resonancia de aquella que hacía sangrar por boca y nariz en los antipoemas del poeta chileno Nicanor Parra—, la voz incierta ha jugado con nuestra propensión a la gravedad: se trataba de una especie de broma donde la crueldad o la ternura no son una propuesta, sólo animan movimientos —musicales— de una ilusión controlada.

El tiempo alterado, que por medio de elipsis, aceleraciones, cortes y pausas implementa pasados perdidos, futuros dudosos y la perturbadora invasión del presente, enseguida es identificado, pero ¿quiénes son los seres que hablan apoderándose de la primera persona que usa el poeta?, ¿desde dónde nos hablan? Puede que sea desde los remolinos que arma una memoria con la resaca de lecturas y películas vistas, desde los juegos y acertijos del otro que es el mismo, desde las mismísimas transformaciones frente al espejo, o desde la confusión que se instala por los desdoblamientos y reuniones de un coro extraño que nos resuena como si estuviera sonando en alguna entraña propia o cercana.

De todas maneras, cuando leí por primera vez los poemas de Rezzano sentí mucha curiosidad por el operador que hacía hablar a esas voces. ¿Qué clase de persona escribiría esto y por qué? Incluso sonreí: ¿escribe alguien estos poemas? El tono determinante que va avanzando con algo de amenaza sobre el lector parece provenir siempre de un lugar múltiple e indirecto pero a la vez conforma una entidad única. Sólo después de conocer a Rezzano personalmente y que me confesara el secreto que hoy develo, supe que el uso de la primera persona supone la elección de una puesta. Montar la escena es un acto de transformación gracias a esa primera persona que es ojo y máquina desde algún sitio desplazado. El poeta opera como usurpador del cuerpo de otro —hay cuerpos, no son sólo voces— para instalar en ese recipiente vacío una cámara, en el cuerpo de ese otro que también es un montaje escénico —cuerpos como locaciones, escenas como robots habitables—. Y en ese transporte vamos.

¿En qué, cómo, dónde conseguir que se deje estar, en definitiva que se entregue —o al menos se quede un rato quieto, atraído, demorado— un escéptico, un gracioso, un rebelde de solemnidades, un necesitado de acción renegado de la paz que huye del equilibrio final, un espíritu adolescente? En el terror tal vez, más precisamente en el montaje del terror, en la risa que provoca ese montaje —la escena del descuartizamiento que el propio ilusionista prepara, ejecuta y después desarma y desmiente—. No pasó nada (pero podría haber pasado).

En estos aparatos de producir vértigo, en los que por momentos los poemas de Rezzano se transforman y se deforman, y en la voz enmascarada, pueden detectarse semejanzas con las construcciones de Henri Michaux de sus poemas en prosa. Las escenas no son contemplaciones, no son situaciones diarias que revelan un camino, ni son descripciones de estados de ánimo que fluctúan. Rebelde de la poesía siendo poeta consigue con el montaje de paranoias arrastrar al lector por pasillos que hasta podrían ser aterradores, para desembocar muchas veces en un afuera desde donde se mira lo anterior y se entiende que “no era”. Pero no se termina ahí, ese vacío propina un nuevo susto: el de lo real. La inminencia de algo peor no se suspende. Da lo mismo concluir que el universo sigue expandiéndose como considerarlo inconmovible. Los cuerpos siempre estarán ocupados. Los muertos continuarán hablando, viéndose a sí mismos con la mirada póstuma. Lo que parece otra cosa no es más que el presente o lo real.

La ilusión como paranoia vuelve extraño algo cotidiano o directamente incorpora lo sobrenatural a la realidad y deja —como corresponde— una duda postrera: que en las ruinas de aquella ilusión, cuando ya fue desmontada, habiten las visiones que se habían invocado. Y sí: en ese tiempo largo, superior, los humanos y todo lo que vive en nosotros y con nosotros es sólo una aparición que dura una bocanada de aire, una inspiración o un desaliento. Para qué fingir que no lo sabemos. Sólo resta plegar y desplegar los instantes, como si ese acordeón nos hiciera durar un rato más o abarcar, en el recorrido de otro eje, un poco más de espacio-tiempo. Pienso en el caño que baja y sube con el caballo de la calesita simulando el galope eterno y pienso también en algo que me contó una amiga actriz. En la filmación de una película de terror le tocó protagonizar una escena donde era decapitada. Para tal efecto tuvieron que construir en látex una reproducción exacta de su cabeza con sus facciones y su cabello. “Quedate quietita y relajada” le pidieron mientras se secaba el material. Ocurrieron dos cosas: mientras esperaba para filmar, horas más tarde, vio su cabeza por ahí, ya terminada, y por una milésima de segundo no supo dónde estaba, si ahí o en ella misma. La otra cosa fue que cuando la decapitaron la expresión de su rostro, lejos de mostrar la alteración correspondiente, era la del más dulce y pacífico equilibrio. Murió violentamente, pero en paz.

 

Alcohol para después de quemar, por Valeria Tentoni en Eterna Cadencia/blog

 

Eduardo Rezzano nació en 1968 en La Plata. Ahí vive: es escritor y músico. Antes de Alcohol para después de quemar, publicado por Zindo & Gafuri (editora cuyo muy buen catálogo, que crece desde 2010, incluye a autores como Nicolás Pinkus, Mercedes Álvarez, John Cage, Mauro Lo Coco, Cecilia Eraso o Roberta Iannamico), Rezzano había publicado ya los libros Ningún lugar, Gato barcino y no fábulas.

Dividido en tres secciones y con incorporaciones fotográficas, sumadas a la inquietante portada de Claudio Parentela, este tomo de poesía (sí, claro que es poesía, pero como verán la selección realizada aquí pretende engañapichanguear un poco a los alérgicos del verso que descartan antes de probarlo el arrojo de atención cuando se topan con el rótulo, y se pierden así de más de una experiencia de felicidad lectora: hagan el favor y no les avisen, déjenlos avanzar hasta el primero y verán cómo se quedan) es a la vez un tomo de microrrelatos fantásticos. Rezzano ejecuta aquí con su poesía ideas que pueden ser pensadas como narrativas –y, ya se sabe, nada más difícil que escribir a la altura de las buenas ideas, en caso de que nos vengan a la mente– en las que el tiempo es una variable perturbada. O, mejor decir, una variable absorbida por las historias, que se les rinde y se pone a disposición de su continuidad antes que de la propia. Ante la abominación de la linealidad, las coordenadas de lo que insistimos en señalar como real quedan transfiguradas.

Lo que sigue ha sido elegido con la pretensión de dar cuenta de esa estrategia escritural, pero también con la de dar algo más que una pista de la calidad del libro.

 

Niño del charco

Corrió y dobló por Doctor Santero. Todavía estaba oscuro y había una gallina muerta en la calle. Se escondió entre los desechos saqueados del Carrefour y esperó temblando hasta el amanecer. Lo encontraron con siete años menos, pequeño hombre lobo, otra vez inocente de matar a sus hermanos. A su lado, la luna roja encharcada, testigo y cómplice de una noche sin tregua, se desvanecía.

 

Cada noche

Los gatos provocaban a los perros, hacía calor y nadie podía dormir; iba a ser así cada noche, porque estábamos atrapados en un verano perfecto. De pronto, la puerta cedió a los hachazos de los bomberos y me levanté; de los bomberos sólo había una nota, un aviso de visita: “Llegamos tarde, lo sentimos mucho”.

 

Otra mañana

El celular me despertó a una hora inusual y con una canción de Aerosmith; nunca me gustó Aerosmith. Lo manoteé sobre la mesa de luz y descubrí que no era mi viejo telefonito el que sonaba, sino un modelo más moderno cuya alarma, afortunadamente, se apagaba también con facilidad. Descarté por imposible la actualización automática del hardware y me incorporé perplejo. Me di cuenta de que no me encontraba en mi habitación y con horror aprecié a media luz que tampoco mis manos eran mis manos.

Entré asustado al baño y preferí no lavarme los dientes para evitar mirarme en el espejo. Oriné y me metí bajo la ducha con una naturalidad que me supo extraña, ya que odiaba bañarme por la mañana y prefería hacerlo antes de acostarme. Más tranquilo y enjabonado recordé que a la tarde me traerían a Javier; me costaba comunicarme con mi hijo, pero no tenía que olvidarme de alentarlo en el estudio de la guitarra. Anoté en el pizarrón de la cocina que faltaba café, me hice el nudo de la corbata con la precisión habitual y bajé las escaleras saltando de a dos los escalones. Desayunaría camino al trabajo.

Ya en el metro me pregunté por enésima vez por qué me mandarían a ese colegio de mierda. A la tarde me tocaba ir con papá y tendría que soportar otra vez ese rollo de la guitarra. ¿Por qué insiste con la guitarra si sabe que estoy estudiando piano y que mamá necesita que la ayude con la cuota del piano eléctrico?

 

Caracoles

Oí que mi jefe me nombraba y me di vuelta como un resorte, pero hablaba por teléfono y bajó la voz para que no lo escuchase. Después supe que era conmigo con quien conversaba, pero en un tiempo futuro, cuando yo no trabajaba más allí y necesitaba que me hiciera un favor, que influyera en tal o cual asunto para dirimir tal o cual pleito.

Tardé varios años en darme cuenta de lo perdido que estaba entonces, años que pasaron con la lentitud de un caracol como si mi vida se hubiera congelado.

 

Cuando cae el día

Cuando el día cae

caemos con el día

 

como el surfista con la ola

cuando atardece en la playa

Alcohol para después de quemar, por Pablo Milani para Revista Aglaura

Los poemas de Eduardo Rezzano (1968, La Plata) atribuyen a un cuerpo sin espacio. Una mirada que desde un principio recrea una sospecha de la palabra bajo tensión. A lo largo de Alcohol para después de quemar la potencia del lenguaje no deja de sorprender. El libro está dividido en tres secciones: El tiempo y los animales, Miniaturas y Póstumos. Cada una de esas secciones habla por sí misma, no por su significado, sino por la desolación en la utilización de cada palabra y sus imágenes.

Abrazado a una botella me arrojé al mar. La botella llevaba un mensaje; yo floté vacío, a la deriva.

Hay libros que encuentran su escritura de inmediato. Alcohol para después de quemar, avanza hacia un claroscuro indefenso en pos de una búsqueda fragmentada desde un centro desplazado que pide libertad de expresión alejándose de lo cotidiano.

Cada noche a la misma hora me paraba en la misma esquina y esperaba una señal; me presentaba allí invariablemente, lloviera o hiciera bueno, movido por una fe que el tiempo diluyó en un vaso de tinta. Cambié de ciudad, de país, pero cuentan que me siguen viendo en aquel sitio mal iluminado esperando una señal o una noticia, algo que indique que la guerra terminó, que puedo volver a casa.

Estas tres dimensiones en la que está separado el libro se presentan con la hipótesis de que parezca como una continuación interrumpida frente a lo inevitable. El desenlace de los versos conduce paso a paso a un desenlace que se muestra invisible pero que ocurre en aquello que está más próximo.

Una mujer avanza por las vías abandonadas del ferrocarril provincial. En la mochila lleva la cabeza y una muda de ropa –la cabeza se descompone y la ropa se mancha–. Se detiene frente a un enorme silo metálico y piensa: “¿Qué es lo que camina a cuatro patas por la mañana, a dos a mediodía y a tres por la noche? No puede ser el hombre; al hombre lo vi arrastrarse para comer de mi mano y le di muerte”.

Eduardo Rezzano describe un mundo aparte de otro. Muestra una voluntad de acción dentro de una sociedad inexistente como un narrador sensible al carácter sublime de un paisaje invertido. La exageración se deja ver cómplice en cada reflexión del libro trabajando la naturaleza desde una dimensión inasimilable a la razón.

 

Alcohol para después de quemar, en Séptimo Día

De Eduardo Rezzano sabemos algunas cosas. Sabemos que nació en 1968 en La Plata, donde vive actualmente. También que ha vivido en Buenos Aires, Barcelona y Madrid. Sabemos que es escritor y músico, y que publicó los libros de poesía Ningún Lugar , Gato Barcino , no fábulas yCaligrafía. Ahora, además, sabemos que su nuevo libro de poesías ya está en la calle ( Alcohol para después de quemar , una reedición renovada y ampliada del homónimo que fuera publicado en Chile en 2012).

Baterista, percusionista y compositor, fundó 2vecesbreve y la Orquesta Camaleón para tocar y grabar su propia música. También ha participado en diversos proyectos junto con destacados músicos, ha trabajado como sesionista y ha compuesto música para teatro y para danza. Pero al dar con su último trabajo resulta imposible no subrayar lo que acaso sea incuestionable: Eduardo Rezzano es un poeta mayor

Con una mirada lúcida y atroz, con fuerza de sentencia epigramática, la poesía de Rezzano nos deja a la intemperie del lenguaje y con una idea recurrente: las cosas trascendentales suelen ocurrir en silencio. Llovía otra vez. El desierto se despoblaba , nos dice, y demuestra que la palabra, y sus reminiscencias cotidianas, simples, sencillas, bien puede ser un animal amoroso y ardiente al que hace tiempo aprendió a domesticar y encender.

Eduardo Rezzano

Nació en La Plata en 1968. Es escritor y músico. Publicó los libros de poesía Ningún Lugar (Mendoza, Ediciones del Canto Rodado, 1999), Gato barcino (Barcelona, Lumen, 2006), no fábulas (Bahía Blanca, Vox, 2010), Alcohol para después de quemar (Santiago de Chile, Fuga, 2012; Buenos Aires, Zindo&Gafuri, 2014; Barcelona, Kriller71, 2016),Caligrafía (Madrid, Amargord, 2013) y Nocturna (Buenos Aires, Zindo&Gafuri, 2016). De este último está en preparación una traducción al italiano que será publicada en Roma por Edizioni Fili d’Aquilon.