Canódromo

Bárbara Belloc

Buenos Aires - 2015

54 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-3760-31-0

Como el perro que persigue su cola antes de echarse, lamiéndose, rascándose el lomo con los dientes mientras gira, girando como la falda de un derviche. Como el perro que persigue su cola y sin voluntad repite la figura del ouroboros mítico, ignorante de la leyenda del retorno de Ra y del significado de lo que hace porque la pureza es un mito.(1)
Como todos los perros que hemos visto y conocido. Como una nube con dientes que se come el cielo visible desde aquí, desde cualquier punto. Como un punto gris que es el símbolo del caos como no-concepto.  Como el ojo de la tormenta cuando se abre y permanece momentáneamente en su esplendor, que es tal vez el de la devastación próxima o remota. Como el palo que se frota en círculos, rápido, para provocar el fuego y cuya huella será ceniza en la ceniza, un anillo dentro de otro anillo y así sucesivamente. Como un recuerdo fundido en la materia de un objeto. Como un objeto perdido en la memoria.

 

(1) Hélio Oiticica, “Penetrable PN2” (1967).

La música que surge de una rotación insistente, por Jeymer Gamboa
Primero una aclaración: lo que voy a leer no es un texto crítico ni un análisis
estilístico del libro que estamos presentando. Si bien el libro se merece un estudio
de esas características, no soy yo quien lo va a hacer y tal vez este no es el
espacio para hacerlo. Lo de hoy tiene más bien un carácter celebrativo y de
reunión, y a eso correspondo. A veces nos pasa que, después de leer un libro de
poesía que nos gustó, empezamos a sentir una reverberación. Percibimos unos
destellos que salen de las páginas que nos han cautivado, casi como fantasmas.
Esto suena un poco místico, pero he llegado a pensar que con esas estelas difusas
es que se mantiene viva la escritura. Absorbemos esa energía y nos ponemos a
escribir. Son los sedimentos que van dejando las lecturas. Esto más o menos se
sabe, o se intuye. Lo que quiero decir es que estas notas breves, lo que voy a leer
ahora, son un texto-homenaje a estos poemas de Bárbara, un intento de diálogo
con su libro Canódromo. También podríamos decir que son unas impresiones a flor
de piel después de leerlo.
El ser humano tiene una capacidad sorprendente para adaptarse a la uniformidad,
a lo común, a lo normal. La comodidad nos vuelve, irremediablemente, animales
gregarios. Y es algo que nos pasa incluso como lectores de poesía: un habituarse
a ciertas voces, estéticas o afinidades. A veces nos quedamos demasiado
relajados en nuestro sillón gastado de lo comprensible. Sin embargo, cada tanto
cae en nuestras manos un objeto insólito que nos produce un remezón. Mejor
dicho, un no-objeto. Un artefacto singular que nos recuerda que siempre hay
formas distintas de hacer las cosas. Una incisión en la manera de ver. Es lo que
me pasó con Canódromo. Es el paso del cometa que nos dejó deslumbrados. Rara
avis: este libro nos cuestiona y nos marca nuevos desvíos en el territorio de la
poesía que tal vez solemos leer con más frecuencia. Digámoslo también de esta
forma: es un texto extraño y hermoso. Y mejor aún: un libro contundente en su
construcción conceptual y a la vez poliédrica. Un libro en el que, conforme
avanzamos en su lectura, se van desplegando capas y capas de sentido. Como
abrir un frasco con una sustancia poderosa y altamente concentrada. La densidad
que hay en sus páginas exige un lector atento y entregado a una atmósfera
inexplicable, por momentos opresiva. Canódromo es la definición exacta de lo que
vamos a encontrar en su interior. Ahí todo es energía, movimiento y fuerza
muscular. Pero también es tensión, desgaste y desolación. En ese terreno de
corrientes circulares se mueve Belloc y, como en aquellos experimentos
cronofotográficos en la Estación Fisiológica de Jules Marey, ella propone su
particular e inquietante zoología animada: osos, ciervos, liebres, medusas, ratones
y perros. Sobre todo perros. Belloc se sirve de esta fauna para crear una serie de
alusiones sobre ciertos estados de fragilidad, dominación, atadura, castigo y
desasosiego. Un antropomorfismo lento y desconcertante en el que, por así
decirlo, empiezan a doler los huesos. Por otro lado, el tema de la muerte también
entra como un torbellino en estas páginas y forma un centrifugado que no se agota
y se expande: la historia del cazador Acteón rodeado y devorado por una jauría de
perros, la de un veterano de la guerra en el Golfo que ha visto demasiada
destrucción, la jauría predadora en una tragedia de Ovidio, el círculo cántabro que
se vislumbra alrededor de una paseadora de perros. Estos son solo algunos
ejemplos de referencias a mitos e historias que hablan de guerras, canibalismo,
antropofagia y muchas otras formas de entregar o tomar el cuerpo. En ese sentido,
Belloc logra ir más allá de la operación alegórica. Estos animales, con su
locomoción, con su no-lenguaje y con sus posturas orgánicas, empiezan a producir
un extrañamiento en nuestra relación con las palabras, el cuerpo y los modos de
mirar (que podría ser la función de la poesía misma, ¿no?, este extrañamiento
animal, más salvaje). En su carrera desenfrenada nos llevan, o nos empujan, hacia
zonas donde el lenguaje tiende a desarticularse, hasta que solo quedan unos
puntos suspensivos en la página, quizá otra vez la muerte, la imposibilidad de
nombrar las cosas. Nos recuerdan que la poesía es ante todo balbuceo, murmullo,
incluso ladrido. Las referencias mitológicas e iconográficas que abundan en estos
poemas son piezas precisas dentro de sus engranajes. Es decir, hay un equilibrio
entre la erudición y la observación cotidiana o autorreferencial. Una comunión
cristalina, y bien lograda, entre la materia intertextual y la reflexión. De ahí, por
ejemplo, que el perro que todos hemos visto –parafraseando uno de sus poemas–
se persigue la cola y nos muestra el ouroboros mítico que fue, que es, que podría
ser. Ese movimiento del perro, un giro sobre su propio eje, un impulso misterioso y
acaso ancestral, es la operación sutil que articula al libro y que lo define como un
sistema inagotable de transmisiones cíclicas. Es decir, un diálogo permanente
entre el presente y el pasado. Un puente. Un circuito. Un bucle. Una constelación.
Estos textos nos recuerdan que todo lo que vemos y con lo que nos relacionamos
tiene una resonancia lejana y soterrada. Son poemas que fluyen en un vaivén
hipnótico y lleno de encantamientos. Poemas que tratan de morderse la cola: nido,
falda de derviche, tornado, campana, anillo, anillo dentro de un anillo, cinturón,
cosmos, liana, canódromo. Una rotación insistente que nos obliga a escuchar la
canción de cuna que suena debajo de estas palabras. Como el ruido de la aguja
sobre los surcos de un acetato. Como el coro espontáneo de 200 perros ladrando
en la noche. Como un canto fúnebre. Después silencio. Tabula rasa. Porque hay
que aprender de nuevo un lenguaje y hay que inventar un nuevo sistema de
códigos en nuestra caverna solitaria. Crear, se sabe, es ante todo destruir. Es
reelaborar. Es deglución. En fin, aquello de hacer cosas nuevas con cosas viejas.
Es volver a frotar un palo en círculos para que aparezca el fuego, el origen, lo
esencial. Y después: ¿qué sabemos? ¿Qué sabemos de esa quema, que fue
copiosa y dio luz y dio calor suficiente hasta que se encendiera el nuevo amanecer,
que en comparación se veía anémico?
 
 
Jeymer Gamboa
Canódromo / De lo que no aparece en las encuestas, por Valeria Cervero
Fogatas para combatir el frío y la intemperie, cocinar, festejar el lugar recuperado y vuelto a poblar; fuegos que señalan dónde se ha perdido la batalla y quedan cuerpos dando coletazos como peces fuera del agua, como poemas que fueron escritos y destruidos, quemados, un día inhóspito o dichoso ¿qué sabemos? ¿Qué sabemos de esa quema, que fue copiosa y dio luz y calor suficiente hasta que se encendiera el nuevo amanecer, que en comparación se veía anémico?
Poemas como cometas con su cabellera desplegada aun si su núcleo está extinto, porque así son los poemas, que rasgan el cielo y las vidas en dos. Luces sin sombra en la tierra. Un esqueleto expuesto a los elementos. Océano sólido. Sin brillo. La veta mineral y adentro la gema suculenta y virgen, sin tasar, guardada en su capuchón de berilo y cromo por miles y miles de años, como la nuez antes de nacer, la que no es para comer. En carne viva, en silencio.
En el más absoluto silencio, poemas: los peligros del bosque. Y lianas, donde no hay palabras, como fogatas, fuegos. Como la rosa de los vientos fraguada en plata con forma de Cruz del Sur, llamada de Agadez, que los padres tuareg dan a sus hijos “porque no se sabe adonde iremos a morir”, antes de salir al desierto a seguir las rutas como los perros el rastro, a lomo de camello. Porque el fuego devora la vida del aire y el aire vive del cuerpo vivo que lo devora.
Lianas porque no hay palabras porque hay poemas.
7
La primera comunidad cristiana organizada, en el siglo I, fue la de Egipto, y la iglesia de Alejandría aventajó a la de Roma, extendiendo la influencia de la nueva fe entre los bárbaros y los celosos clanes del cercano oriente hasta la distante Antioquía, ciudad portuaria cuyo trazado replicaba el plano original de Alejandría, cuna del perro continuo y rival de Atenas, cuna del cinismo que Antístenes impartía en un gimnasio conocido como Cynosarges, nombre que significa “perro blanco” o “perro veloz”, en un círculo de vacío perfecto perfectamente completo; como en una cacería.
          Era una carrera desenfrenada.
Tan solo un siglo más adelante, Panteno, su seguidor Clemente y el poeta Orígenes ya habían establecido allí un centro de irradiación teológica perseverante y sutil como el Khamsin, un viento que sopla en paralelo al Zonda: una corriente cálida, turbadora, envolvente.
Las hordas nativas de hombres menudos, de piel oscura y áspera e idiomas guturales que habitaban ciudades, pueblos y campamentos en construcción y destrucción permanente, y los viajantes marítimos, esclavos de los esclavos de las sedes 28 imperiales, todos ellos homúnculos o casi animales por no haber sido iniciados todavía, eran persuadidos en masa con el minucioso tramado de tapiz de fiestas, conjuros y terrores para asumir un nuevo orden de la carne, y con ello del espíritu, como hombres–perros detrás de una jugosa pata de cordero o un amo más protector, más poderoso, un rey de reyes.
*
Cristóbal de Licia, mártir del siglo III y santo patrono de los viajeros y el granizo, habría sido bautizado en la magnífica ciudad de Alejandro.
Habría nacido en África del norte, en los territorios móviles del Tamazgha o en la Media Luna fértil, primogénito y gigante.
Y habría sido un cynocéfalo (con cabeza y rasgos físicos de perro) o de alguna de esas subespecies, a causa del prodigio natural tan frecuente en esas regiones o en castigo por su belleza lobuna, encarnada en una figura de hombre enorme, de suavidad salvaje y brutalidad semisalvaje, tentadora para los ejemplares del otro sexo y las aguas femeninas de los ríos que él cruzaba mordiendo el aire, los remansos tramposos que olfateaba mientras cargaba a los creyentes, uno por uno, a través del tamiz del río.
Hasta que se presentó en la orilla el propio Cristo infante, aseguran las versiones no canónicas, el peso más pesado, inamovible, quizás el lastre espiritual definitivo.
Entonces Cristóbal, además de perro, monstruo y hombre, fue héroe.
Pero como nada es eterno, las tierras que habían estado por los siglos de los siglos apartadas de Dios pronto volverían a estarlo.
Y los perros, a pasar hambre.
Bárbara Belloc
Nació en Buenos Aires en 1968. Poeta, traductora, editora. Entre sus obras se destacan Bla (Último Reino, 1992), Sentimental journey (La Rara Argentina, 1995), Ambición de las flores (Tsé-Tsé, 1997), Ira (Nusud, 1999), Orang-utans (La Rara Argentina, 2000, con Teresa Arijón y traduc. al inglés de Hillary Gardner), y Espantasuegras (Pato-en-la-cara, 2005); Tribus porteñas (Perfil, 1998); y Obrero artificial (con Mónica Girón, 2000).  Desde 2005 es coeditora, con Teresa Arijón y Manuel Hermelo, del sello díscolo pato-en-la-cara. Desde 2013 codirige con Teresa Arijón la colección Nomadismos (de ensayos de artistas), ya con cinco títulos en Argentina, tres en Ecuador y ocho en Brasil de Hélio Oiticica, Oscar Niemeyer, Ferreira Gullar, Waly Salomão, Alfredo Prior, Arturo Carrera, Diana Bellessi y María Moreno, entre otros. Realizó también obras en colaboración con artistas visuales y músicos de Argentina, Estados Unidos, Canadá y Filipinas que se exhibieron en galerías de arte y museos de estos países. Administra el blog “Glossemata” en WordPress y “Evolucionaria_Revolucionaria” en Blogspot.