Conspiración de perlas que trasmigran

 

Ana Claudia Díaz

 

 

Buenos Aires - 2013

100 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-45079-1-4

Ahí también estaba yo

rodeada de ananás gigantes

 

para persuadir tu protesta.

Diario de playa, por Marcelo Díaz

 

“el mar es el ruido que se fija/ en la palabra mar: ni espuma ni agua,/ solo el rumor del mar que lo marea,/ solo el mar tartamudo que repite/ mar, mar,mar, sin dejarle nada más/ que el amargo sabor del mar marcado/ en la lengua”

Carlos Shilling

 

No sé del todo por qué cuando pienso en los poemas que arman “conspiración de perlas que trasmigran” tiendo a formular relaciones con los sonidos de una playa como si se dibujara un paisaje acústico en el que se narra una historia en la que los personajes conviven con objetos, tormentas, animales e insectos comúnmente identificados con la geografía del interior tejiendo un campo magnético de significados que se integran y se replican a lo largo de todo el libro.

Hay una conectividad con el mar y los sentidos que lo rodean vibrando como en la frecuencia sonora repetitiva que nace desde el centro de un caracol marino: Entiendo/ las cerezas son como piedras que se acomodan en un río/ si se desbarranca el océano brillante/ capaz después encuentro/ la llanura fértil igual / y el invierno, como rastro de un naufragio. Naufragar, imagino, es una imagen recurrente en el universo costero y una analogía que se literaliza si tenemos en cuenta la posición y el lugar desde el cual se ubica la voz poética, una zona fronteriza entre la provincia y esa pileta natural infinita que es el océano refractando y materializando la luz solar en las otras voces que circulan en el texto: Ajeados también nuestros rostros, de tanta arena que vuela/ ahí arriba repleta de vestigios/ quedaron señales que eran signos de realidad/rasgos entrelazados, y cada una de las partes del tiempo/ en las que elegimos regresar hasta la culpa, luciéndonos. Habitar una región de provincia evoca una serie de representaciones que representan el interior como un recipiente vacío, o hueco, una especie de limbo desde el que se observan las repetidas sucesiones de codornices, de cerezos dando frutos, de rutinas pueblerinas con sus baldíos y sus negocios de barrio o de topos escarbando y enrollando cuadrantes de tierra una y otra vez.

De esta forma la subjetividad de la voz que está presente en los versos se disgrega o dispersa. Una explicación física sostendría que el movimiento de las aguas es una vibración consecuencia de una alteración en su propio equilibrio así los poemas se integran o enlazan como ondas que se propagan siempre en diferentes direcciones pero, por más que suene contradictorio, entre alteraciones programadas que terminan por desaparecer en un mismo punto. En un momento se nos explica: Retener el tiempo/ como forma de impedir que avance y desaparezca/ la imagen que queremos y mostramos de nosotros mismos. El libro funciona de una forma parecida a una caja de resonancia que artificialmente captura los sonidos de su entorno y los atrapa dentro suyo mientras el ambiente exterior contenido en las paredes se amplifica y nos devuelve nuestra voz como una fuerza increíble y lejana hecha de sonidos desarticulados vibrando en una frecuencia intraducible.

Marcelo Díaz.

Escenas, por Valeria De Vito

     La semana pasada vimos una película dirigida por Wes Anderson “El gran hotel Budapest”. Me gustan las películas que además de un argumento sólido aportan a lo visual un juego óptico desde la estética que presentan hasta movimientos originales en el modo en el que fueron filmadas. La película resultó por momentos como una presentación de diapositivas, o como estar viendo fotografías en la pantalla grande donde un personaje interrumpía la quietud fotográfica y de pronto una escenografía pintada a pulso intervenía un espacio del cual como espectadora yo también formaba parte. Cuando terminamos de ver la película y llegamos a casa mi hija me preguntó: “¿Mamá, tenés el libro de la película?” Sobre mi escritorio seguía el libro de Ana Claudia Díaz Conspiración de perlas que transmigran,  con el fin de cerrar la reseña estaba tomando notas sobre el libro, corrigiendo y ordenando algunos apuntes. Inmediatamente me acerqué hasta el escritorio y tomé el libro con las manos. La tapa del mismo me remitió a los colores que me dejó la película en los ojos. Fue entonces el momento oportuno de cerrar la idea que deseaba escribir sobre este libro.

     De la poesía se dice mucho, mucho más de lo que se la lee, se la edita o se la piensa. A la poesía se la etiqueta en términos como “surrealista” o “realista”, se la encasilla de profunda o superficial. Lo cierto es que si hay algo que realmente me apasiona de la poesía es sólo una cosa: el estado en el que hay que estar para leerla.  Y al hablar de estado hablo de subjetividad, de mirada, de un modo de concebir el mundo en general, que incluye las ideas y los prejuicios que tenemos de la literatura. Porque no nos olvidemos que escribir poesía es hacer literatura, que hay un hecho ahí que involucra el lenguaje y que cuándo ingresamos a las carreras de letras lo primero que nos han preguntado en las asignaturas sobre teorías literarias es “qué es la literatura” y los estudiantes que creímos habernos leído todo nos quedamos con la boca abierta porque es algo que nunca antes nos habíamos preguntado. Con la poesía pasa algo similar, sólo que algunos poetas nos contestan a esa pregunta cuando los leemos.

     Conspiración de perlas que transmigran es un libro que desde la acción poética responde a lo que muchos entendemos por poesía: un modo de decir que enriquece el  lenguaje,  que pinta el mundo o lo entrega como una fotografía, fotografías que se construyen de instantes,  como tesoros y que luego en el devenir el lenguaje las traduce con palabras para que otros podamos verlas y apreciarlas. Vemos mientras leo este libro una constelación de perlas, de piedritas de colores, de arena mojada en la mano, recuerdos sostenidos en el tiempo como diapositivas a las que emitía también la película y comparo el libro de Ana Claudia con una puesta cinematográfica, donde imágenes humedecidas como la arena condensan todo un mar, una orilla, un sueño o simplemente el amor o el recuerdo de un ser querido. Y todo a partir del color, como una pintura al óleo, como una escenografía estática a la que el yo poético le da vitalidad y le aporta movimiento:

“Sé, el cielo no es más que texturas de un papel tapiz  (…)

Los pájaros resguardan

la comunidad de fábulas que se adentran

en  el hechizo de los alpes. ”

(“Deslumbrante cantar de los búhos”)

     La poesía es  movimiento, es lenguaje, es acción, aunque exista la Pausa que es la que emite a menudo el tiempo:

“Los campos ya están blancos

huelgo, indefinida

para adivinar lo que se juzga oculto

sembrado ya

el tiempo para interrumpir cosecha

y busca atravesarse en la palabra

mientras

no haya viento impetuoso que pueda

aprontarse en una conversación”

(“Pausa”)

     La fotografía es una pausa en el tiempo, es una visión estática de algo que aconteció y que fue necesario capturar para siempre. Lo que vemos luego en ella son escenas que  permiten movilizarnos a través de la misma, ya sea por una sensación, por la emoción o el olvido, incluso. Ana Claudia con la poesía que ofrece en Conspiración de perlas que transmigran nos hace partícipes de ese movimiento, nos estampa en ese mural con suma minuciosidad, como el director de un film hace mover a los actores para que la escena sea perfecta, sólida, creíble. Ana Claudia nos conduce al vértigo de una poesía que necesita de la percepción, del vuelo y de la lectura sin solemnidades para hacernos parte de su lenguaje:

“La montaña se inclina hacia abajo

si mirás para arriba, hay un degradé de colores

poblándolo todo justo ahora

y yo yendo hacia el precipicio…

el otro día vi nevar en el mar.

Vi la nieve como en el cine

como si fueran cantos rodados en pendiente

o como si la lluvia trajera desde el cielo

quinientas ostras blancas que se rebalsan hasta acá…”

(“Fotografía”)

Ana Claudia Díaz. Conspiración de perlas que transmigran. Zindo & Gafuri, 2013.

Poesía de sentidos, por María Eugenia Olazarri

Leer poesía es siempre una experiencia inédita para mí. Es que uno se sumerge en la particularidad de cada autor, en universos absolutamente subjetivos y únicos. Leer poesía es, también, una experiencia agotadora. El lenguaje alcanza, en ella, posibilidades fantásticas: se desarma, se fragmenta, se multiplica, se vuelve pura escasez. Y el lector debe andar y desandar la geografía de las palabras para entender su esencia. Sí, el lector de poesía debe ser un viajero incansable, de otra manera no podría llegar nunca a destino. Un viajero que lleve, en una mano, la evocación del significante; y en otra, la certeza del significado. Por eso cada vez que elijo acercarme a un libro de poemas o a una poesía solitaria, sé que empiezo un camino nuevo.

En el momento en que decidí reseñar Conspiración de perlas que trasmigran de Ana Claudia Díaz , yo andaba releyendo a los elegíacos latinos. Y tal vez fue influencia de ellos, pero percibí algo de elegía en la voz de esta poetisa.

Se trata de un libro estructurado en tres partes: El eco de NarcisaConspiración de perlas que transmigran (que da título a la obra) y Perihelio. Hay una juego en ellas en cuanto a la forma, porque la autora se desplaza del verso y la estrofa breve en la primera parte a la prosa poética algo extensa en la segunda, para cerrar con ambos recursos en Perihelio. Y en ese vaivén parece esconderse una dinámica implícita: la voz del yo lírico se estira, se vuelve más densa; más abigarramiento de imágenes y metáforas en Conspiración de perlas… para dar lugar a la expresión más breve y, por tanto, más contundente y precisa, hacia el final. Otra particularidad es que, en la última parte, ninguno de los poemas lleva título ni epígrafe, a diferencia de los que conforman el comienzo. Hay, sin duda en ello, una necesidad de recortar, de volverse más preciso, de ir al centro, de estar “más cerca” del núcleo significado, tal como lo indica el subtítulo Perihelio de esta tercera parte.

El eco de Narcisa: empieza el juego, la búsqueda a través de lo predominantemente visual y táctil. Existe una redundancia en las imágenes que van construyendo el universo personal del yo poético. La presencia de la naturaleza, sobre todo la evocación del paisaje costero, es fuerte y se enreda en cada una de las vivencias, de manera tal que al lector le resulta difícil separar lo íntimo de lo externo. El paisaje acompaña -casi un poco a manera de los Románticos- el sentir de la poetisa, como en estos versos de Discusión en la escollera o cambio de luna: “Ahora, echado el decir sobre estas piedras, escolleras verdes/ me tiendo sobre la mustia arena fría, marchita/ y el espacio que ocupa mi cuerpo en el agua/ es como un dique de defensa contra el oleaje/ contra el fondo de sal o el espasmo.” Casi hipálage, la arena refleja el estado anímico del poeta, que es, a su vez, objeto -dique- que surge para detener la violencia silenciosa de las aguas.

Conspiración de perlas que trasmigran: esta segunda parte, caracterizada por las enumeraciones y el abigarramiento de imágenes que se superponen, que se repiten, que van y vienen a lo largo de las páginas, es casi pura prosa poética. Y despliega una temática que nos recuerda la primera parte y que se proyecta sobre la tercera, como comprobamos después. Es un puente perfecto entre dos realidades: “ Círculo de instante limpio. Desboca en cauce como revelación: puente certero.”

Perihelio: Desaparece la superposición incesante de metáforas. La palabra toma conciencia de su propia limitación. El mundo del yo lírico, tan incesante en eso de despertar los sentidos del lector mediante imágenes que evocan sonidos, colores, aromas, movimiento, va acercándose a su mínima expresión. Poemas breves, condensados en su significado, ricos todavía en significante, que mantienen esa puntuación particular que rechaza, por momentos, la pausa escrita y abunda en puntos seguidos, en asíndeton permanente, llegan casi al interior del universo poético. Al centro. El lenguaje entiende que para mostrar la desintegración o la permanencia basta con poco. Porque él también es fugaz como aquello que relata: “Mi hebilla rodó hasta lo efímero,/ hasta la inmensidad que huele a naranjas de plata./ Ya no hay una fuerza insoportable para modelar/ el progreso. Eso fue una tregua./ O eras vos.”

Ana Claudia Díaz es una poetisa que apela, fundamentalmente, más que al intelecto, a las sensaciones que pueden despertar sus versos. Hay un trabajo arduo sobre la musicalidad de las palabras y una búsqueda clara de imágenes que evoquen, despierten, emociones, que creen puentes entre el universo del lector y el del yo lírico.

Poesía del significante. Esa es, sin duda, la poesía de Ana Claudia Díaz.

 

El secreto de la ostras, por Pablo Gungolo

De la lectura de este cuento de hadas comenzaré rescatando los escenarios que refieren a la naturaleza, un espacio con aire donde las palabras acompañan las ideas de mar y de bosque que por presencia explicita o nostalgia implícita funcionan de paisajes que comparten con la llanura y el agua en sus múltiples vertientes: laguna, lluvia o río, la malla de contención de los poemas. Los colores siempre puros, por ser previamente anunciados son intensos; los rojos, los azules, los verdes: “…qué verde es la libertad.”  Afirma y pregunta al mismo tiempo la parte final del verso delpoema patriótico con pantera rompiendo con la mera descripción y cuestionando a partir del verde que tonalidad o adjetivo encuentra el lector para contestar. Los colores son fundamentales a la hora de la construcción, salvo este ejemplo y alguno más, son más bien parte de la escenografía por donde recorre la vista de la poeta, aunque también hay otra excepción, en la segunda parte, Conspiración de perlas que transmigran;  el color blanco es nombrado porque se busca: “…El otro día vi nevar en el mar. Vi la nieve, como en el cine…” “…Levanté los ojos, vi la mera y pura desambiguación // Pregunté indefinidas veces ¿Qué pasa con los blancos? Esos. Espacios inhabitados. Dóciles…”. El misterio es otro de los fundamentos que atraviesa los poemas que conspiran y se encierran en una misma atmósfera donde es imposible entender la parte sin el todo, cada poema tiene una comprensión superior en el global, porque lo que se esconde pocas veces es nombrado apenas sugerido como “…para adivinar lo que se juzga oculto / sembrado ya” entonces una red subterránea surge para dar identidad y unidad de libro. La infancia es la voz que narra en varios de los versos, la niña se inmiscuye en la narración sobretodo en los dedicados a familiares, las dedicatorias conforman otra red, otra novela más intima crea un sendero que se extiende por sobre los dos primeros tramos y que el tercero Perihelio corta, no solo en esta lectura de dedicatorias y epígrafes, con otro ritmo en base a la puntuación el sprint final del lenguaje se vuelve telegráfico, las imágenes se suceden y ganan en velocidad, el verbo rodar, otra presencia importante en el entramado de la obra comienza acelerarse para llegar de tan rápido a un final que se pasa y remite al primer poema, de esta forma se vuelve una gran estructura anular: “Mi hebilla rodo hasta lo efímero…Eso fue una tregua./ O eras vos.” … “Ahí también estaba yo / rodeada de ananás gigantes / para persuadir tu protesta.”

El eco de Narcisa: Los poemas agrupados en este primer título tienen sus características particulares, una relación de pronombres que denotan posesión: “mi cartera”, “mis zapatos”, “mi cuerpo en el agua”, “mi escafandra plateada”, “mi vista” se contraponen a “tu bici” o a “tu voz de cristal o de remolino”,  lo mío y lo tuyo, esa tensión que al comienzo demarcada los roles se va abriendo para dar lugar a la infancia: “como vos y yo caminando por la calle” u otro verso que reza: “Éramos uno / para volver a echar raíces”. De esta manera los posesivos se diluyen a la vez que se produce una irrupción de tiempo: “retener el tiempo como forma de impedir”, “aquietando el mundo”,  “el ave pauso el tiempo”. Así la posesión, la infancia y la intensión de detener lo que acontece en un lugar crea las imágenes oníricas que continuarán en la Conspiración de perlas que transmigran: donde la pequeña niña hornera puede dejarlo todo atrás. En esta segunda etapa los poemas se estructuran en párrafos y a medida que van rodando se alimentan y se hacen más fuertes. La sucesión de imágenes e ideas concatenadas mediante el punto y seguido recrean en los versos pequeñas unidades de silencio que cargan a la siguiente de sentido, así llegamos al tramo final, Perihelio: se retoma la brevedad, se ausentan los títulos y como dijimos también los epígrafes y las dedicatorias, los versos que se van desnudando: se muestran más directos y propositivos. El libro se comienza a cerrar; retumban los ecos de las primeras poesías, y por eso no es casual que el poema conclusivo de cada apartado en su decir ruede como las ruedas de la bicicleta, las ciruelas cuesta abajo y mi hebilla hasta lo efímero. Así una circulación o una nueva pregunta asoman desde el fondo del mar y quedan.

La conspiración de Ana, por Claudia Romina Freschi

 

Como si los lugares tomaran consistencia al viajar, es un verso de Roberto Echavarren. Su poema, Ombligo, reza también direcciones y velocidades siderales: el ombligo del universo es la tierra entera y una letra desatada como por un tornado abre las bahías del mundo.

En la velocidad se juega una relación con el espacio-tiempo. En la velocidad también se juega el ritmo, y en ese jugar, algo ocurre. El título de este poemario nos da la clave. Algo trasmigra, va de un lugar a otro, de un tiempo a otro, de un estado a otro. Y en todo eso que cambia, cambia el cuerpo, al tiempo que cambia el alma: toma consistencia al viajar.

De pronto

todo se ha vuelto una confusión acoplada

el crepúsculo desértico de la repetición.

Cae la noche

se desliza entre las algas y los tamariscos

rueda levemente

hasta quebrar las fronteras

narcisa, arremolinándonos la memoria.

(la noche en serpentina)

Reina del vértigo, Ana Claudia propone un espacio sideral. El escenario para sus poemas es la tierra entera y sus revoluciones. El tiempo es lo único que pasa, pero con eso, todo el movimiento. Algo tan cotidiano como el día, o el año, la noche, el verano. Pero con atención constante a lo que el cosmos propone: un moverse incesante, vertiginoso.

Las “estaciones” son claves, lugares que marcan un recorrido son también los cambios climáticos, el perihelio y el afelio del cuerpo celeste de la tierra. Y sin embargo, no se trata solo de ese empujar mecánico de los astros, hay que agregar otros tiempos: el tiempo de los sueños, el tiempo de la razón, el tiempo del arte, el tiempo de caminar o correr, el de la ola, el del viento, el de la arena…

Y además, si todo pasa es que perece: registrarlo es estar atento a una fragilidad incesante, una fuga que, indetenible, solo podemos apreciar con detenimiento, como lo hace Ana Claudia.

Así es como fluye el camino, siempre, el paisaje se desdibuja en planos que incluyen varias opciones, negando siempre la fijación de lo real en una sola imagen. El camino que hacemos al andar, es siempre otro camino. ¿Cómo no perdernos así? La tierra viene entonces a auxiliarnos con sus medidas, su “geo”- “metría”. Las líneas, los caminos, se forman como la unión de dos puntos.  “Yo y vos”, “Vos y yo” podemos cada vez formar una línea. Ana Claudia concibe así una geometría propia, poética, relacional.

Cierto es que Ana Claudia alude en ocasiones a la fotografía, pero esos casos son una escama más de una hojarasca de imágenes siempre en movimiento. La foto fija siempre es engañosa, puesto que es la piedra fundamental de un maremoto, una traslación que en ese mismo punto en el que estamos,  nos transforma. La foto es finalmente una reflexión, eco u espejo que al reproducirnos, da forma al pensamiento.

Dividido en tres partes: El eco de Narcisa, Conspiración de perlas que trasmigran (dando título al volumen)  y Perihelio, este libro logra dos cosas – por lo menos – que hoy por hoy nos son muy necesarias por dos motivos que se bifurcan también como senderos y jardines: una es la de devolvernos en el lenguaje un aluvión que parece seco en el coloquialismo de la media poética; la segunda, no sin relación con la primera, es la de la posibilidad que nos ofrece  de migrar a través de la poesía. Y todo eso es refrescante, porque estamos secos en la media (el zoquete)  y porque el poder de la poesía está en sacarnos, cambiarnos, aliviarnos, hacernos tomar consistencia: no en modelar medias (otra vez los zoquetes) verdades con prolija, formada, occidental, paternal enunciación.

Como reza el final de este libro “Ya no hay una fuerza insoportable para modelar el progreso. Eso fue una tregua.

O eras vos.

Romina Freschi

Sobre Conspiración, por Celeste Diéguez

 

Las perlas naturales se forman cuando un cuerpo extraño penetra al interior del molusco, el cual reacciona cubriéndolo lentamente con una mezcla de cristales. Al cabo de un periodo variable la partícula termina cubierta por una o más capas de nácar; formando una perla.

Este libro de Ana Claudia Díaz  puede leerse como  el viaje estético de un  humor solidificado,   lagrima vuelta joya desde  lo recóndito de la herida  hacia  la luz, travesía hacia un tiempo  o  un espacio- cuerpo  diferente, de lo profundo a la superficie, de lo  mismo hacia lo  otro, hacia otra formación  luminosa y bella: “brillos para ocultar la molusca herida que me condena. La cicatriz, la espina invernal”.

Siendo la perla ese sedimento  interior, ocasionado  por la fuerza de lo externo   ; es el poema lo que cae  rodando tornasolado hasta quedar  expuesto a la luz, fuera de su refugio:   “adivinar lo que se juzga oculto/ sembrado ya / el tiempo para interrumpir cosecha/y busca atravesarse en la palabra”

Lo interno  y todas las  figuras del adentro , aquello que debe ser resguardado de la intemperie, del contacto, aquello que recibió  alguna vez  la herida, aquello que gestó el artificio de defensa; lo externo y  todo lo que es  el afuera, cuya superficie máxima y mínima de contacto es la piel, lo que veo del otro, lo que el otro ve de mí, lo que me separa del mundo, lo que me comunica con él; estos  son los dos mundos que organizan el texto :  dentro,  fuera  y  “la palabra puente” tendida  a través del amor y  del deseo.

El epígrafe de Elif- Ha,  sigue este recorrido:”como si no fuera/a traerte desde esta caverna/latiendo afuera”. Pero  “  la piel /desnuda al héroe siempre en la fuga” y   simultáneo al deseo aparecerá  el temor a esa  “desnudez arenada y mansa”, a la ausencia de la valva que envuelve  la  fragilidad blanquecina,    el  miedo crudo al  sol; y  el horror  a exhibirse  , a quedar dentro de la luz.

La voz poética acusa la herida : “vahído arisco que convierte al caracol en un refugio”  ; se resguarda de los movimientos no controlados, “ el espacio que ocupa mi cuerpo en el agua/es como un dique de defensa contra el oleaje/contra el fondo de sal o el espasmo” ;  se protege  envolviéndose en sus  “vestidos bilingües”;  el idioma del mundo  repleto de imágenes, colores y especies ; diferencias  y distracciones que se superponen , y esa otra  lengua íntima de  animal viscoso e indefenso,   el  ”rumor que nos habita”,   la discreta belleza  interior  de ”las maravillosas algas pardas/ sus almas”.  Pero este espacio de reclusión opera también como caja sonora, donde las “palabras que quedan resonando y se repiten contra la pared”   duplican los “trazos mundanos” del otro lugar deseado y temido:”  Y todo es eco. / O  todo se dice en otra parte”. Desde ese  interior profundo sale el poema.

En el  libro abundan  las formas  naturales que repiten el concepto de lo acaracolado “el mundo es un pozo caracol” , lo que se vuelve sobre sí, el espiral ,el ovillo,  la hélice, “todo lo que se enrosca tienen forma de hélice” , el remolino , lo femenino por definición ;  “el camino repleto de piñas” que conduce hacia adentro.  Aparecen  otros  animales  marinos acorazados:”el cangrejo que vela con su armadura mi destino” o esas  tortugas inmensas “con la agilidad de un niño” y  proliferan envoltorios y cáscaras , velos y pliegues: “yo, me protejo en los  pliegues de sus plumas naranjas”, escamas, cortezas, corazas , todo lo que sirve para recubrir, para guarecer ,pero también para  ocultar, para separar lo mismo de lo otro;  así como el  reflejo, que  refracta   para distraer la herida creando  imágenes y efectos acerca de nosotros mismos : “El reflejo seguro de mí en las baldosas/ insaciable, lo interviene todo/comulga con los espejos distorsionados/y el brillo”; el sistema de velos del artificio barroco se ha  proyectado  a todos los  reinos.

Y si bien ese  ámbito defensivo  opone   dificultades al ingreso “laberintos artificiales para confundir a quien se adentra. Y se enreda en todo”;  también alimenta   la esperanza de alcanzar una  identidad entre ambos espacios   : “   hasta que eso mismo se entienda al derecho y al revés. Igualdad”. La fuerza de la perla, que se ha gestado “guarnecida, murada” pugna por salir a   ”Poblar el sol, sufrir las nieves.”  rodar  en pos de su  deseo  hacia  la transmigración luminosa y sonora. Es  a partir del encuentro con lo  otro donde se puede “dar vuelta la defensa”  y emprender el  pasaje de vuelta al sol:   “Romper las clavijas. Desenvolverme”. La segunda persona  con quien constantemente dialoga el texto adoptará diferentes rasgos ; en ocasiones  es  paisaje  :  “te vi eras como un jardín todo de margaritas o perlas…un sol”  y en otras  funciona como  pasaje “un umbral esmerilado que la lluvia después lava/  O un camino a lo lejos de caracoles estelares /que se quitan la corteza cuando llegan a vos”.

La  externación  de ese yo acorazado, medio animal, medio desecho, medio trauma deviniendo joya,   se expresa muy bien en Lucernaria: “Al final, casi sin querer me di cuenta que detrás del techo de las habitación, vislumbro el verdadero cielo (…) me había rodeado de lunetas empañadas, de lentes, de boveditas para iluminarme. De lupas, de espejos.”

El yo perla desfonda el  abismo que  lo  separa  del conocimiento  del otro  :“de esa asfixia emerjo” explorando   el riesgo de  caída que conlleva toda   acción:  ”y yo yendo hacia el precipicio/ con diez antorchas en las manos/ que no me dejan palpar ni agarrarme de las ramas/en caso de que me suceda eso de caer ” pero  en el movimiento  encontrará   la   liberación : “me desprendo de las mascaras vertiginosas/mi escafandra plateada/me abalanza como un abanico de aire silvestre”. Hay un rodar que a la vez es un salir,   ”la claridad del día se gobierna en el andar”, la perla renovada,  ahora plenitud estética;  “Vuelo, remolino, vuelo. Emparaíso otra vez” se  cuestiona   si   ”llevar las plumas del pavo real” “o dejarlo todo atrás y ser  una pequeña niña hornera”, un ave que vuela suelta, expuesta a la luz y al aire  , pero con  el refugio construido por su propio trabajo para protegerse cuando lo desee ;  sin volver al encierro, punto de partida del texto.

“Ya no hay una fuerza insoportable para modelar el progreso .Eso fue una tregua. / O eras vos.” .Se ha abandonado la cáscara   , el caracol ha caído, ya no hay medida para el progreso, para la posibilidad, ya no hay un techo bajo o  un cielo falso abovedado en base a lunetas empañadas y vidrios, el cielo se presenta  infinito, las estrellas son nuevos arcos de pasaje, se puede transmigrar de adentro hacia afuera, de piedra a luz, de perla a pasto o a viento. El poema de  Díaz  sale mojado, recién nacido, brillando desde la herida   ,  para elevarse entre “plantas que ya no nos enredan los pies al andar”, inmerso en  el movimiento que todo lo permite, la voz  y el  vos ya no son  sólo un eco que rebota contra paredes imaginarias, vuelan y se desenvuelven, proliferando, procreando, cada vez más cerca del sol. Y así  como en los orígenes  del término barroco se encuentra  la voz  portuguesa  barocco  :“perla irregular “, este segundo libro de Ana Claudia Díaz hace  reverberar sus irregularidades en un estilo  que llega  hasta nuestros días con  plumas siempre renovadas.

“El crispante ruido de las olas estalla puro/ aloja su voz en los caracoles/ se fuga/ se hunde debajo del agua/ y construye puentes de una realidad/ se revela el resplandor, lo pone en evidencia/  la superficie etérea   , aguarda.”

 

Ana Claudia Díaz