Consumo personal

Diego Gerzovich

Buenos Aires - 2013

62 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-45079-7-6

Bordes de encierro

Ahora desborda, querida

la necesaria tensión del encierro

resquebraja paredes

fórceps natural

afl oja toda resistencia

sucesos o procesos que suceden así

y uno está ahí para narrar;

llegado un momento, querida mía

uno se ve forzado a tensar el encierro

con su arte

arrastrado por una fuerza exterior.

Pero no se trata de algo exterior

sino interior, no, tampoco, no es eso:

es esfuerzo forzado por deshacer el encierro

nos damos cuenta que encerrados es inútil

que no son ganas ni motoras fantasías

sino el imprescindible

involuntario artifi cio

(¡qué tentación el encierro!

indómito juego de menesundas y fantasmas

tan incorpóreos

como inasible es nuestro amor: como todos

todos los amores).

No es más el motor de la fantasía

el que da brillo a mis ojos, como vos decís

ni siquiera la voluntad, la inefable voluntad

de superar

Sobre Consumo personal, por Ana Guillot

Ana Guillot sobre Consumo personal, de Diego Gerzovich

 

Este libro es una incitación constante, la entrada a un terreno resbaloso. Es que al avanzar y volver sobre él, se percibe continuamente la dificultad para seleccionar y/o definir un centro, una única raíz. Al leer y releer, buscando pistas, sus versos se corren (escapan, esconden, desdibujan, se deslían) de la lógica, de cualquier itinerario previsible y hasta del lector. Es justamente por eso que cautiva (captura, nos camina por encima). Consumo personal es un libro para “des-leer”, para fluirlo como si abriéramos la canilla y sencillamente observáramos el agua que se va. No hay margen para acotar, sino más bien espacios que se abren y auto-disuelven (canilla abierta y el agua que se va) y que, sin embargo, dejan marcas (tal el título, además, de su segundo capítulo).

Gerzovich abre puertas (tres), entra y sale de sus cavilaciones, consume, se consume, confunde (nos confunde), funde y refunda una semántica que se instala en, por lo menos, tres niveles de sentido: una historia sentimental (o confesional al menos) que incluye un apelativo (“ahora desborda, querida”,  “…como inasible es nuestro amor: como todos los amores”); un paisaje de obturaciones y aperturas en las que, luego veremos, los lazos filiales son preponderantes (“uno se ve forzado a tensar el encierro/ con su arte”, “qué tentación el encierro”) y, justamente partiendo de esta última cita, un ars poética(y/o literaria a secas) que nos habilita para interrogar e interrogarnos acerca del proceso de la escritura (“y uno está ahí para narrar”, “escribir es copiar”, etc.). Como si lo biológico, lo amoroso y el acto creativo pudieran no sólo asimilarse, sino nombrarse de manera equivalente, con las mismas palabras: dificultad, encierro, expansión, nuevos intentos, eyección (¿eyaculación?), contracción, contradicción, etc..

Para eso, reitero, el uso del apelativo habilita a una segunda persona (¿el lector?, ¿alguien a quien llama “querida” pero que, evidentemente, no es dicho lector?). Y, en reversa, el autor parece encerrarse cada vez más en sí mismo para observar su génesis y su estar-en-el-mundo. Universo multiforme, rico y plurívoco a pesar del aparente onanismo que pregona (o justamente por eso).

Así es como habla y se dirige a madre y padre (en diferentes poemas), a su identidad y a su nombre (con y sin iniciales, como si se tratara de un mantra o de la omisión ortográfica y reverencial de las vocales en hebreo: circunstancia lingüística y religiosa al mismo tiempo; y, otra vez, plurisignificación y densidad feliz en su lectura); pero también podría suponerse una especie de cercanía al acto prostibulario (“y salgo de espaldas/ a tu boca voraz/ a mi masoquismo/ me uno a los hombres/ puerta de voces/ mientras otro entra”). Y es nuevamente ahí donde el agua que corre se desliza, atomizándose en diferentes propuestas: ¿se trata sólo de una escena de prostitución?, ¿es el mundo (el otro, todos los otros, el otro de mí) una especie de mujer devoradora que va deglutiéndonos uno a uno (recordar a Circe y sus hombres/cerdos; y a Escila y Caribdis, según la interpretación de Jean Houston[1], se hace inevitable), ¿no se trata de una prostituta sino de una hetaira; por lo tanto, una mujer que inicia al elegido (y que, entonces, dirige una ceremonia que entra también en campo sagrado)? Y si habla de “consumo personal”: ¿refiere a alguna adicción que fagocita a su secuaz? O, si refiere a la línea del verso y no a la otra (la adictiva), ¿es tal vez la inspiración esa mujer sagrada, absoluta, omnipresente, voraz la que no le permite descansar? (“¿Quién me dicta ahora?/ ¿Sos vos ahí escondida?”)

Nada se dilucida y, sin embargo, todo perturba, abre (canilla y agua que se va), todo sugiere e inaugura campos semánticos diversos: “puedo pasar por goi”, se define; pero antes dijo también: “mi padre hace valer su contrato/no permite mi circuncisión” y “…debajo de los calzones/ soy uno/ más”. Ambigüedad aparente (¿es o no es?), desidentificación consigo mismo y con aquellos que pertenecen a una cultura específica y, al mismo tiempo y en el fondo, una definición contundente: él es el que es; por lo tanto, es uno… (sólo después agrega el adverbio “más”).

En la construcción y deconstrucción de su yo, madre (que lo insta a integrarse), padre (pagan juntos, aunque cada uno se va por su lado), y esa mirada y actitud masturbatoria de auto-analizarse y centrarse en un ombligo que, más que cordón umbilical, parece habilitar un hilo de Ariadna, el autor (“hijo/higo”, dice) va asemejando el acto creativo a la búsqueda de sí (“peca o lunar detranseúnte”): se cansa del poema, pero lo violenta hasta lograrlo; abre (como dije) tres puertas y en tres movimientos asegura: “Tras la primera/ renglones/ tras la segunda/ lápiz/ la tercera es la vencida/ libro”. Entonces, ¿arte y vida son equivalentes?, ¿se auto-referencian y completan (complementan, consagran, conspicuamente se impregnan y diluyen en simultáneo?).

Textual y sexual, me dejo llevar (ya me entregué a este chorro, no pienso cerrar la canilla). Y aíslo dos secuencias: una, cuando en la “epopéyica noche” se pregunta: “¿Cuánto tengo que remar/ para llegar al término/ justo?”. El lector se dejará llevar también, y cada uno llegará a donde quiera y pueda; pero a esta altura me siento Caronte (guiando la barca, cruzando y cruzándolos al otro lado) y tiro algunas interpretaciones al menos: él dice: “al término”, yo pregunto: ¿de la vida?; y agrego: ¿el “término justo” es aquel al que, por mandato o herencia o moda o  convicción, habría que llegar?, ¿“justo” de exacto o “justo” de justicia?, ¿el “término” como final (o acabamiento) o el “término” como nombre, como palabra sustantivada? No hay caso: el líquido de esta laguna Estigia es frondoso y desemboca en el mar (al que también nombra en su segundo poema). Y él es un “mago tuerto” a punto de deseo de abrir las grandes aguas y que, a su vez, insinúa a su interlocutora: “Imaginá que quieras hacer colores/ y los hagas”. Magia pura, una instancia nueva y latente. La irrupción de lo maravilloso y/o la intensidad febril de la imaginación, ¿que más da?

La segunda secuencia involucra a su último poema, en el que tanta muerte lo lleva a preguntarse qué hacer con ella: romperla en pedacitos, repartirla (al otro, a todos los otros, al otro de sí), para concluir: “pero yo/ me quedo mi parte/ la mía/ para cuando sea/ para consumo personal”.

El minotauro que soy, que somos, no muere ni se rinde (Borges dixit). Pronuncia una onomatopeya y abraza a Teseo. Comprende y se comprende en su humanidad bestial. Y nosotros también comprendemos, entonces, que tal vez Gerzovich ni siquiera ha estado refiriéndose a su consumo personal, sino al de cada uno de nosotros. Y que, por lo tanto, ha estado todo el tiempo incitándonos a mirar el propio/lo propio (si lo hacemos, si no, si nos consumimos, si nos vemos consumidos, si somos consumidos por otros, si lo hemos sido). Y, en paralelo, ha deslizado la posibilidad de que la creación, aunque inquietante, puede ser quien se anuncia (revela y rebela) como uno de los caminos para consumarse y/o consumar nuestro mejor rostro. Una especie de minimal reivindicación.

Con poemas de diferente versificación, según la necesidad; con imágenes siempre perturbadoras y, sobre todo, con un desplazamiento atrevido, lúdico y a la vez intencionado de la sintaxis y la semántica habitual, el autor va siempre por + (y habrá que leer el libro para decodificar el signo).

Ana Guillot

Diego Gerzovich