Devociones

Alan Ojeda

Buenos Aires - 2017

74 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-3760-63-1

LA CONDENA DE LO FRÁGIL

Fragmentos II y X

 

Buscamos un medio, un espacio
inspirado, sonorizado, iluminado
tomado, atravesado, disuelto
Sentirnos envueltos por otro
y vernos reflejados
en las burbujas tornasoladas de Dios
donde todo brilla
con fulgor cálido
pero las reventamos
allá lejos
no fuimos nosotros
pero las reventamos
y cada intento nos invita
a crear una nueva esfera
burbujas, globos, la espuma
nos enamora lo liviano
lo que flota
ese hálito que sobrevive sin nosotros
con una parte nuestra
Entonces soplamos burbujas
como un niño
y contemplamos en éxtasis
esa fragilidad flotante

.

Un suave delirio arregla entre dos el mundo
Un suave delirio
Un suave delirio
Éxtasis

 

agujas y sustancia, por naKhlah Khan
Devociones es un título anomal para el minuto de la interzona. Por eso damos un mediopaso hacia el costado y hacia atrás: en el invierno de 1623 el poeta metafísico inglés John Donne compone sus Devotions, y en el prólogo de Alberto Girri a la edición castellana de Editorial Brújula, 1969, se lee: “en Donne la poesía es el medio de conciliar fuerzas discordantes”. Cuestión fundamental para la poesía barroca, sea metafísico-isabelina (Inglaterra) o propiamente conceptista (Siglo de Oro español) o manierista (Italia especialmente) en las que la figura de la discordia concors cobra un contorsionismo que usa los conflictos carnales/espirituales como materia prima para toda suerte de ideas/criaturas.
Desde las devociones de Alan este período parece ser doblemente encantador: el mago y astrólogo de la Reina Isabel, John Dee, apenas cuarenta años mayor que el otro John, inspira la figura del mago Próspero de La Tempestad, de Shakespeare, y es el instilador máximo de la metafísica propiamente mágico-cabalística a la que la poesía isabelina recurrirá por los mismos años. Las Devotions de Donne están guiadas por una meditación ligada a la enfermedad y la muerte, con una visión de iatropoeta barroco, que en Alan no deja de soplar, si bien su auscultación va buscando meridianos más acotados, no menos terminales.

Lo propiamente excéntrico de estas Devociones es que cuatro siglos después y bajo una situación generalizada de anecdotismo para la platea, la escama de meditación conceptual que aquí prima, aporta un renovado sesgo metafísico no-idílico ni dramático. Gracias a ciertos filósofos del siglo XX recuperados por Gilles Deleuze (Whitehead y Bergson, especialmente), captamos que no era que la metafísica había muerto (sick!), sino que había para ella un plano que no remitía a la historia de la trascendencia platónico-romántica, sino a la cosmología físico-metafísica de una siempre soterrada ontología vibratoria, que se dispara desde poetas-filósofos como Heráclito. Nunca estuvo lejos de esta sapiencia la poesía conceptista, manierista o “metafísica” hasta hoy, y hasta este libro, que sin portar la pesada carga de aquellos movimientos, los sesga velozmente para usarlos sin adhesión ni recuperación. Aprovecha, además, que la metafísica en su fase conceptista es un arte de agudeza (lejos de lo plomizo y apesadumbrado del profundo) de la correlación aguda entre palabra e idea, bajo un manto –nada tranquilizador– de concisión, y de veloces fintas. Porque esta austeridad, por su estrecho contrapunto consigo misma, logra abrir los conceptos a sus percataciones existenciales (Existenciales, de paso, es el título de un libro de Girri, de 1986).
El arte de agudeza en estas Devociones del siglo XXI se deja leer pronto: “hacer / con la penetración de una aguja / para introducir un concepto” = la finta se esgrime desde el inicio. Busca inocular el concepto desde un temperamento de suma austeridad que mezcla al párroco y al hombre mundano (John Donne mismo) aspirando a penetrar lo antes posible el pensamiento y sus existenciales (“antes de dar tiempo a más mentiras” –decía esa otra suerte de párroco mundano: William Burroughs–).
Jamás cabría preguntarse, sin embargo: ¿cuál es el concepto?, ni siquiera respecto a los conceptistas, ya que sería malentender el procedimiento. Así como frente al arte conceptual del siglo XX tampoco se plantea de esa manera la pregunta, ya que todo quedaría respondido al mero golpe de vista o lectura (no es para esa trivia que se nos pincha). El concepto se lee menos en el contenido de lo que se siente en la aguja, al calor de su sustanciación, que es su poder existenciador mismo. Da toda la sensación de que Alan planta carteles de siete o quince versos por poema, para instilar cuanto antes su sustancia a fin de mellar rápido la coraza aural, cerebral, física: “introducir un concepto / que una vez / penetrada la resistencia / se inflama / quebrando la coraza / volviendo endeble lo firme / calando en la carne”.
Entonces el concepto es un desprogramador que mina la carne, lejos de un programa de pensamiento o de acción. Una poesía de estas características viene a poner las cosas en buen lugar: sin filosofía a la vista ni adhesiones estéticas, el concepto, sin embargo presente, se vuelve un arma (el arte conceptual piensa así su performance): llega para hacer eclosión en la carne. La metafísica no-filosófica (de la poesía, del arte, del esoterismo de algunas religiones) siendo esta carne calada por una aguja de concepto, detona agudamente para abrir una situación –aun cuando efímera– de lectores y poetas agudos (nada de enfermos graves, pero tampoco de vanalidades regaladas), ya que estas devociones buscan el tipo de penetración que sólo la agudeza logra, gracias a las fintas escuetas de su jeringa, que sin embargo inyecta su “vino fuerte”.
Alan empalma a un linaje de cautos lectores (por exagerar hablamos de un Girri, si atravesado de Donne(s)), pero también citaríamos lectores y poetas nada cautos, con rasgos directamente incendiarios, de guerra total o santa, como el Rimbaud que pasa por René Daumal, ambos apuntándole a Dios desde cada esquina terminal de su lírica, sea por la teosofía, por el cuarto camino o por la aventura iniciática de las sustancias: “para conquistar así / la densidad del mundo / la sustancia: / esa cosa / que las palabras no tocan”.
Por fin, cabría apuntar un acto deliberado más de Ojeda, ligado a los títulos que elige, con reacciones en cadena: llamar Guerra Santa a la última parte de su libro, es ponerse a cabalgar con el mismo título usado por René Daumal en uno de sus libros más emblemáticos (así como antes lo hiciera con uno de Donne). Que es también vincularse a los hermanos simplistas (fraternidad fundada por Daumal), nombre que se mide respecto al oxímoron vital que aquellos contrabandeaban: buscar el conocimiento absoluto (que resuena con El Amor Absoluto de Alfred Jarry, claro), las bioquímicas de la percepción y del pensamiento, la iniciación según las vías ocultistas, el aventurerismo de la lírica desmadrada, más esa suerte de resuello existencial que mencionáramos, que hace de la guerra santa de Ojeda una cuidadosa
obra profana: “llegarán también las bestias / a dar la bienvenida”, nos avisa, por si creyéramos que viene algún togado. Y de más está decir que su eco ambiguamente simple le permitirá indicar: “salvar lo que merece ser salvado”: la claridad.
Así operan los hermanos simplistas: bajo “la claridad del sol dorándoles la piel”, lanzan sus más agudos dardos contra el mundo, que son armas conceptuales. Entonces se realiza una de las propuestas más dinamizadoras del libro: aligerar. Su (meta)física no agrava, ni es de notas graves, al contrario le devuelve a aquélla su poder de flotación primera, su ligereza de flecha iatromédica, como quería Ítalo Calvino para toda la literatura del siglo XXI. Cosa que Alan deja ahí en puerta, para que la detonemos desde el primer émbolo o verso,
ahora.
naKhlah Khan

sobre Devociones, por Juan Salzano

Henry David Thoreau, al inicio de su breve pero contundente “Walking”, nos estampa en la cara esta declaración, como un desafío frente al fetichismo de la Cultura que prima hoy en día:

“Quisiera decir unas palabras a favor de la Naturaleza, de la libertad absoluta y lo salvaje, en contraposición a una libertad y una cultura meramente civiles –considerar al hombre como un habitante, como una parte o parcela de la Naturaleza, más que como un miembro de la sociedad–. Quisiera hacer una declaración extrema, si se me permite el énfasis, porque ya hay suficientes defensores de la civilización; el ministro y el comité de escuela, y cada uno de ustedes se encargará de eso.”

Claro que esa Naturaleza naturante está lejos de la imagen que la Cultura culturante tiene de ella, está “más allá de la imagen” (como reza el título de una de las secciones del libro de Alan): esta Natura no tiene nombre y produce, como cierto bosque en Alicia, la pérdida del nombre. Ni siquiera está incrustada en una oposición Naturaleza-Cultura, siempre y cuándo aprendamos de memoria (es decir, par coeur; literalmente: de corazón), la primera lección bergsoniana, que consiste en preguntar: ¿cuál naturaleza, cuál cultura, de qué tipo, cómo, cuándo, dónde? Lejos de una simple robinsonada, esta Naturaleza (que bien podría ser, a su vez, una Cultura nueva, si asimilada por el poro) es, más bien, lo que el teúrgo y teósofo dieciochesco Martínes de Pasqually llamaba: “La Cosa”, y que Alan, en su “Devocionario”, llama: “esa cosa”. Lo que tampoco implica, más bien todo lo contrario, una distancia inefable respecto de nuestra percatación. Porque esa Cosa nos inunda, a través de las heridas que las cosas –sus expresiones– provocan en nosotros (“Lo Real me inunda”, dicen estas “Devociones”, poniéndoles coto a ciertos prejuicios del “conventilleo de lo real”, porque lo Real, si inundación, es una correntada que se carga todo, palabras y escamas, botes y voces y vates), desmintiendo una y otra vez el estado de separación en relación a ese absoluto que, para seguir esquivando el auto-corrector platónico, llamaremos positivamente “enigmático”; separación que tanto el racionalismo crítico como el culturalismo contemporáneo como la teología negativa promovieron por igual, a pesar de su ilusorio antagonismo. De ahí que surja, al fin, otra posibilidad para una práctica devocional. Porque estas devociones agencian una especie peculiar de adoración, alejada, a la vez, tanto del cinismo aplanador de un cierto materialismo reductivo como de la trascendencia excluyente de cierto idealismo inflado: el fuera del mundo, acá, irrumpe en el mundo para transfigurarlo energética y dinámicamente, para revelar ese afuera acá mismo, ahora mismo, en este detalle y en ese matiz. Es el mundo irrumpiendo en y desde sí mismo, es la muda muta en las matas del mundo. Los magos ogdoádicos tenían un mantra: Mundos dentro de mundos, entre los mundos y a través de los mundos. En toda su variedad, si captada en cada punta de brote. Es este arremolinamiento, precisamente, el signo de la revelación. Porque la devoción, como el arte, no espera al hombre para existir. Lo sabe bien el heliotropo, cuyo movimiento de rotación es un silbido, un canto, una oración a su fuente lumínica: su adoración al Sol, tal y como puede hacerlo una planta. Tropismo hacia su germinación nativa. Henri Michaux dio la fórmula de este tipo de devoción hace décadas, cuando hablaba de una “fe por vía vibratoria”, de aquella “onda que ayuda a adorar” (aunque se estuviese refiriendo, claro está, a la mescalina: “la irrupción de la planta en nosotros”, decían Deleuze y Guattari).

Por supuesto que hay líneas –líneas quebradas, sin duda, no-lineales e involutivamente futuribles– que, en el trans de la cultura y la historia, tienden puentes o vasos comunicantes entre los distintos adoradores de este tipo (ahí aparece la otra Cultura naturante que desmiente el binomio heredado de la Cultura culturante y la Naturaleza culturada). Como dice NaKhlah Khan en el posfacio: en el título del libro de Alan, “Devociones”, resuenan aquellas “Devotions” del poeta John Donne y el perfume del mago isabelino John Dee, en su reincidencia metafísica mientras comparten la tienda de campaña a través de los Eones. No es usual encontrarse, en poesía, con alguien que admira metafísicamente, que combate metafísicamente, que intenta “salvar lo que merece ser salvado”, en especial en el caldero de aquello que nos atraviesa. No es usual que el combate se sostenga en este tipo de adoración, en lugar de pender de cierto hilo cínico que todo lo desprecia aun cuando pretenda celebrarlo.

Dice, también, NaKhlah Khan en el postfacio:

“Lo propiamente excéntrico de estas Devociones es que cuatro siglos después y bajo una situación generalizada de anecdotismo para la platea, la escama de meditación conceptual que aquí prima, aporta un renovado sesgo metafísico no-idílico ni dramático. Gracias a ciertos filósofos del siglo XX recuperados por Gilles Deleuze (Whitehead y Bergson, especialmente), captamos que no era que la metafísica había muerto (sick!), sino que había para ella un plano que no remitía a la historia de la trascendencia platónico-romántica, sino a la cosmología físico-metafísica de una siempre soterrada ontología vibratoria, que se dispara desde poetas-filósofos como Heráclito. Nunca estuvo lejos de esta sapiencia la poesía conceptista, manierista o “metafísica” hasta hoy, y hasta este libro, que sin portar la pesada carga de aquellos movimientos, los sesga velozmente para usarlos sin adhesión ni recuperaciónAprovecha, además, que la metafísica en su fase conceptista es un arte de agudeza (lejos de lo plomizo y apesadumbrado del profundo) de la correlación aguda entre palabra e idea, bajo un manto –nada tranquilizador– de concisión, y de veloces fintas. Porque esta austeridad, por su estrecho contrapunto consigo misma, logra abrir los conceptos a sus percataciones existenciales”.

En la concisión del libro de Alan (aunque es una concisión estilística del tipo “extracción alquímica, quintaesencial”, de breves sentencias, como las del Viel Temperley de “Humana vitae mia”) se percibe, no obstante, un in crescendo, a la manera de un protocolo experiencial que va redoblando la apuesta, de una penetración metafísica concreta que depone las categorías fijas de registro y por eso, ¡zas!, se vuelve mística, en tanto variante de una cierta metafísica práctica, como dirían algunos sufíes o el mismísimo Schopenhauer (¿Un poeta místico en Argentina? ¿Por qué no? Los hubo y los hay, a pesar del desencantamiento nuestro de cada día). Poco se entiende la mística cuando se la lee desde el dualismo escapista, pues lo que despunta es su sentido de mystés, el candidato al misterio o silencio o latido cardial en las fibras de las cosas que hay que captar de un golpe, no necesariamente cordial en la medida en que lo que se entabla es un combate (una guerra, insiste daumalianamente el libro –cfr. el poeta René Daumal y su “La guerra santa”). Pero este combate no es cualquier combate: se entabla contra un cierto mundo, el mundo humano, demasiado humano, de la circunstancia y el miedo, del consensorespecto del miedo y la circunstancia.

En este sentido, si hay algo que aporta este libro al panorama poético reciente, consiste en desestimar y deshacer el consenso de los lamentos contextuales, consuetudinarios, anecdóticos, para instalar un grito central, por fuerza inactual, que inmediatamente se transmuta en guerra santa: “Si no hay palabras gritaré / como un animal tratando / de herir el cielo”. Por parafrasear a Artaud, otro devoto del espíritu en la médula: “creemos que los poetas deben pertenecer a su época, pero no creemos que puedan hacerlo más que declarándole la guerra”. Los pasos de baile de este itinerario –las poses o posiciones de combate, diría Libertella- están marcados por los títulos de las secciones del libro: de la percatación de la ligereza y la fragilidad a la puesta en temblor del imaginario, de los márgenes del combate cuyo locus es el cuerpo pinchado de claridades, a la franca guerra santa que es, en definitiva, una tormenta de salvación o redención: de ahí la asunción de una comunidad pneumática por venir y a la que se encarna mientras se la llama, inflamándose de aquella ligereza invocada. Y digo “pneumática”, porque para el que se adentra en el desierto, es la brisa como aire o respiración aquello que le acompaña, “como Dios”. Ese “pneuma” es lo que en nosotros (entre nosotros, entre las cosas y nos-otros) inspira y conspira, co(i)nspira, para crear “un cuerpo / nuevo / donde el egoísmo no comulga”. Esa era, una vez más y concretamente, la revelación, o al menos el umbral que abre el camino hacia ella: “Así se camina / hacia la revelación”, dice Alan. Un común de la materia-espíritu, para una comunidad de pulmonáutas: esa comunidad que viene (como dice el título de otra de las secciones), que va y viene, como el aire incubado en la respiración de las cosas.

Para terminar, no habría que entender moralmente la salvación o redención que esta guerra santa pone en juego (descartemos desde ya los fundamentalismos bélico-religiosos, vengan del monótono-teísmo que fuere, incluido el de la “razzia” de la Razón desencantadora, también producto de la secularización e interiorización de una “fe” colonizadora). Porque la guerra santa, en el libro de Alan, es además un fenómeno de tipo meteorológico: una tormenta espírita concentrada en un puño. La salvación, también: una claridad, un destello en la carne. Redención se dice en griego: “apolytrosis”. Los antiguos gnósticos de los primeros siglos de la era cristiana, en palpable desmentida de la naciente Iglesia de Roma, entendían este término como: “liberación”. Podría añadirse, como insisten los teúrgos martinistas: “liberación incluso de la misma liberación”. En suma, no se trata sino de una experiencia iniciática, dependiente de un combate elemental, en el cual la fragilidad y la ligereza son asumidas como fortalezas, como potencias interiorizadas y sin nombre: interiorizar la propia mortalidad como potencia “eterna” más allá de las circunstancias (contra los “aliados del tiempo” cronométrico, y a favor de la eternidad como duración o complicación creadora del Tiempo: su punto germinal). Darle “sustancia”, “densidad” a la Cosa. Porque sólo así, en el intervalo atmosférico de las palabras, se toca “La Cosa…”: “esa cosa / que las palabras no tocan”. Sólo así: respirando. Un poco de aire fresco para este encierro de civilizados. Una guerra santa contra esa: su Polis. Contra ese: su Mundo. “Contra el mundo / no / Contra su mundo / sí”, aclara Alan. Aunque sea así, a base de ideas o sentencias vitales, jeringadas a una carne ahora transfigurada por su hálito: “con la penetración de una aguja / para introducir un concepto / que una vez / penetrada la resistencia / se inflame / quebrando la coraza / volviendo endeble lo firme / calando en la carne y el hueso / del mundo”.

Y una jeringa de este tipo es una bocanada de aire pensátil que siempre, siempre, independientemente del estilete bajo el que se presente, vamos a agradecer.

Juan Salzano

Prólogo, por Francisco Stiiglich
Hay personas acechadas por lo divino.
Tal como le ocurriera a Jacob (quien combatió toda una noche con Dios mismo) existen algunos seres para los cuales la vida es una lucha, una disputa con la misma luz. Hay personas a quienes la luz las acorrala, las persigue, las acosa en forma de palabras que pujan desde dentro, pretendiendo subir por la escala del alma hasta llegar a la conciencia, el corazón o la carne.
Hay personas azoradas por la claridad del día, personas acorraladas por la belleza, la cual es una marca, una estela, un signo que la verdad ha dejado en el cuerpo, en el alma, en el mundo, en los seres o en las cosas.
Hay quienes entienden que, en algún lugar de su ser, existe un rastro, una huella de un olvido, un recuerdo del olvido de lo eterno; individuos que buscando la luz han encontrado un puñado de cenizas, las cuales no son una mera materia muerta y devaluada ya que estas son la memoria del fuego, una manifestación de aquel fuego que desde la memoria no cesa de gritar.
El fuego habita a estos seres. Ellos son aquellos que tratan de arrebatar el reino de los cielos, pues el reino es de los valientes y solamente ellos lo conquistan. Estos seres, luchan con la diafanidad, tratando de arrancarle un mínimo jirón de su manto, un beso de su boca, una mirada leve. Estos seres combaten día a día con la luz, pues: Así se camina hacia la revelación…
Algo de todo esto, algo de esta guerra santa entre el hombre y la luz se encuentra de manera veraz en la poesía de Alan Ojeda.
Dios estira la cuerda y toca la melodía oscura de las cosas que nos duelen. Dios estira la cuerda y toca, la melodía oscura de lo bello y eso duele, bien sabemos cuánto nos duele…
La guerra a todo o nada de la poesía, por Gustavo Grazioli

Escribir poesía es un desafío con la vida y la experiencia. Crear imágenes que conmuevan no es algo que se pueda lograr tan sólo con voluntad. Hay cruces y confrontaciones que se ponen en conflicto con estéticas mundanas que juegan a ponerse trajes que, con el tiempo, quedan en impostaciones únicamente para decir cosas y llenar un espacio. Tomarse en serio las palabras es una postura y es la que decide llevar adelante Alan Ojeda en su poemario Devociones (Zindo & Gafuri, 2017). La guerra a todo o nada de poner el cuerpo en cada ritmo y sospechar del éxtasis prematuro que grita una victoria desaforada sin salir de la zona de confort.

Ojeda no teme a esa búsqueda y tiene apalabrada a la soledad, porque cada momento de esas páginas tiene un desarrollo que se traduce en las oscuridades de borrar y corregir hasta que la prosa pueda tararear una melodía personal. “Haciendo endeble lo firme”, dice en uno de sus poemas y va buscando ese empuje de mover la estantería de los legitimados por una amistad minuta. Por el borde, para no lidiar con un “circuito” y hacer que su poesía vaya por algo más que la lectura en voz alta y una foto.

Los plebeyos sobreviven/ hay en la cadena de su ojos/ un testimonio que se remonta al día/ que un traidor dijo/“la tierra es mía”, pone en otro de sus poemas, que aparece en el apartado “La guerra santa”. La memoria, que no se sienta en la mesa de cualquiera, grita con pasión y deschava una historia que no reza por benévola sino por condescendiente. Ojeda, entonces, encuentra una frescura para ir más allá de una moral complaciente y desata intervenciones que se pueden definir como herramientas para reflexionar, vehiculizadas por la poesía.

Cuando el hombre se supere en el hombre/ llegarán también las bestias/ a dar la bienvenida/ y la guerra será total/ para conquistar así/ la densidad del mundo/ la sustancia:/ esa cosa/ que las palabras no tocan, refuerza Ojeda en este poema. Y así define su porvenir con un estilo que busca asaltar los intersticios que va dejando el sentido común.

El Furgón

La guerra a todo o nada de la poesía

Lo que las palabras no tocan, por Gustavo Yuste

Ahora todo intento nos dice/ ‘hay que ir demasiado lejos para llegar’”. 

Esos versos son unos de los primeros del libro Devociones (Zindo & Gafuri, 2017) de Alan Ojeda y sirven como antesala para lo que vendrá a lo largo de todo el poemario. Con un estilo corto y directo, que muchas veces roza el género de los aforismos, estos poemas hacen de la brevedad una eficacia que logra impactar al lector.

Lejos de caer en atajos narrativos, Ojeda propone en Devociones repensar el concepto de guerra sin una connotación a priori negativa y sin estar necesariamente delimitada a la batalla con un otro. La guerra puede ser con uno mismo y su cultura: ese lenguaje que al fin y al cabo muchas veces es una manta en invierno que no llega a cubrirnos del todo. Ya lo dice el propio autor: “Compartir con la suerte y el cristal/ los riesgos de todo lo que se hace pedazos fácilmente”.

Uno de los riesgos que asume este libro es rechazar las expresiones y los modismos de su coyuntura, sino asumir un registro propio de otros tiempos para hacer que el mensaje llegue a quien tenga que llegar. En la actualidad, tomar esa decisión a la hora de encarar un libro de poesía, no es poca cosa. Sin embargo, a lo largo de las páginas se puede ver una decisión y un objetivo planeado por el autor de antemano, donde difícilmente se pueda encontrar algo azaroso en los versos que integran Devociones. Dueño de la orquesta, Ojeda afina los instrumentos para que todo vaya en la misma dirección.

Por último, este libro de poemas editado por Zindo & Gafuri deja una especie de breve glosario con definiciones potentes, donde no se tiene miedo a ser determinante. Puede leerse, por ejemplo: “la sustancia:/ esa cosa/ que las palabras no tocan”; o o también: “Polvo y ceniza/ no son lo mismo/ Ceniza es la memoria del fuego/ polvo, la huella de un olvido”. Esa intención por dar nombre y sentido es, quizás, una de las batallas más antiguas de la poesía. Si bien siempre va a parecer perdida de antemano, nunca va a haber suficientes intentos para alcanzar aquello que las palabras no tocan. En ese sentido,  Devociones es claramente uno de ellos.

La Primera Piedra, Reseñas caprichosas

 

La cuerda que tensa, por Pablo Méndez

para SOLO TEMPESTAD/ Reseña 747

El primer poema confisca la atención de los lectores: Y dios estira la cuerda/ y toca/ la melodía oscura/ de las cosas que nos duelen. Un dios sin mayúscula que no digita, solo se apoya en las heridas. Devociones (Zindo & Gafuri, 2017) de Alan Ojeda trasviste la elocuencia divina para que sea un pozo sin fondo con una vuelta de tuerca en la reflexión poética. Cada poema es una esquirla que se hunde en la carne en un destino lúdico, la minúscula parte de un razonamiento  mayor. La obra se desarrolla con la intención de auscultar un universo de engranajes invisibles: Buscamos un medio, un espacio/ inspirado, sonorizado, iluminado/ tomado, atravesado, disuelto. La astucia metafísica, inclemente, con la que el orbe creativo nos devuelve otra visión de mundo.

El autor traza un confrontamiento permanente a lo largo de todo el poemario: el individuo contra el mundo convencional; la poética híbrida contra la poética contemporánea de situación, el futuro transcripto en cada vuelta de página pero desde la silla inamovible del presente. Pero esa unicidad espectadora es una forma de entender la soledad como concepto. Esa observación es vital, y como dice el prólogo de Francisco Stiglich, “(…) algo de esta guerra santa entre el hombre y la luz se encuentre de manera veraz en la poesía de Alan Ojeda”, entonces la luminosidad y su laberinto son una marca poética en busca del conocimiento.

¿Qué son esas entrañas espesas

ese calor materno que me rapta

y me arrebata el nombre?

Ninguna boca puede

articular

esos sonidos

En esas entrañas

sin hablar se entiende

la comunidad que viene

El poema es una esfera, un oráculo donde las palabras se articulan para asomarse a lo que vendrá. Un presagio del instante para la guerra interna que construimos. Para salvaguardar el presente y sus múltiples posibilidades. Ojeda no trata de fraguar su escritura acomodándose a convenciones de época, cruza su escritura con otras miradas, otras disciplinas, otras fuerzas de entendimiento. Se aleja de cualquier forma de moral creativa de moda con el propósito de iniciar un proceso que mire de soslayo la interpretación imperante. Todo se ordena al compás de la vibración de una cuerda en una sinfonía inconclusa.

Devociones (2017)

Autor: Alan Ojeda

Editorial: Zindo & Gafuri

Género: poesía

 

 

 

Alan Ojeda
Nació en 1991. Es Licenciado en Letras (UBA), Técnico superior en periodismo (TEA) y se encuentra cursando la maestría en Estudios Literarios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Tres de Febrero. Es docente de escuela media, periodista e investigador. Coordina los ciclos de poesía y música Noche Equis y miniMOOG, y conduce el programa de radio Área MOOG (https://web.facebook.com/area.moog); colabora con los portales Artezeta (www.artezeta.com.ar), Labrockenface (www.labrokenface.com), Danzería (www.danzería.com) y Lembra (https://revistalembra.com) . Es editor de los portales www.nocheequis.com y la revista del CBC Código y Frontera. Publicó los poemarios Ciudad Límite (Llantodemudo 2014), El señor de la guerra (Athanor 2016) y Devociones (Zindo&Gafuri 2017). También participó de la antología de poesía 20 años de llantodemudo (2015). Actualmente se encuentra realizando investigaciones sobre literatura y esoterismo.