Hotel insomnio

Charles Simic

Buenos Aires - 2017

144 páginas / 14 x 20

traducción
María Negroni & Federico Barea

ISBN 978-987-3760-61-7

Nubes a la vista

Parecía el tipo de vida que queríamos.
Frutillas con crema por la mañana.
Sol en cada cuarto.
Nosotros caminando desnudos junto al mar.

Ciertas noches, sin embargo, algo
nos inquietaba.
Como actores trágicos en un teatro en llamas,
con pájaros sobrevolándonos,
los pinos negros, extrañamente quietos,
las piedras, ensangrentadas por el atardecer.

Volvíamos a nuestra terraza a beber vino.
¿Por qué siempre ese pálpito de un final aciago?
Nubes, en apariencia casi humanas,
se avistaban en el horizonte, por lo demás agradable
con el aire templado y el mar en calma.

De pronto, la noche sobre nosotros, sin estrellas.
Tú enciendes una vela, la llevas desnuda
a nuestro cuarto y la apagas enseguida.
Los pinos negros y los pastos, extrañamente quietos.

Cabaret Simic, prólogo por Maria Negroni
Cabaret Simic
Descubrí a Charles Simic hace muchos años, cuando encontré (y traduje) su pequeño libro dedicado a Joseph Cornell. Desde entonces, no he dejado de leerlo. El sesgo disolvente de su imaginación, la irreverencia de su voz, su expresión escurridiza hacen de él una voz única dentro de la poesía norteamericana actual.
Es cierto: Simic nació en Belgrado, donde pasó su infancia, en condiciones sórdidas. Pero eso no lo transforma en un poeta europeo: él no admitiría la adscripción.Sus referencias provienen todas, sin excepción, de la cultura norteamericana a la que emigró junto a sus padres después de la Segunda Guerra Mundial. Basta medir el lugar que ocupa en su imaginario la ciudad de Nueva York. Contra ese telón de fondo, desatinado y copioso, proyectará después sus recuerdos de infancia, los teatros mágicos y siniestros del amor, las desgracias de la historia y el tiempo, registrando cada detalle, como si fuera un coleccionista de detritus (y otros fragmentos de lenguaje), un ladrón tenaz de lo que ofrece la casa urbana.
No hay, quiero decir, otro cuerpo en Simic que ese festival de imágenes para seres desahuciados que se alza en el gabinete fantástico de Manhattan. No hay más gesto que esa suerte de extraña decepción feliz que se festeja sin estridencias. Como si hubiera encontrado, en una estrategia hecha de jirones, miniaturas, tonalidades callejeras y cierta mirada piadosa frente a los absurdos de la sociedad contemporánea, un modo paradójico de protegerse del orden y su crueldad, y también, de rebatirlo.
Lo ha dicho él mismo en una entrevista publicada en la revista The Paris Reviewa fines del 2005:“Las ciudades europeas son como grandes escenarios de Ópera. Nueva York, en cambio, siempre me pareció una suma de tinglados de feria donde, en cualquier momento y a la vuelta de cualquier esquina, podían aparecérseme la mujer barbuda, el traga-cuchillos o cualquier otro personaje circense.”
Más afín a James Tate, HartCrane, Mark Strand, W.S.Merwin o James Wright (y otros integrantes del grupo Deep Image Poets) que a los poetas del New York School of Poetry, Simic despliega una codicia material y espiritual, a la vez adictiva y propensa al extrañamiento, que todo lo trastoca. Un velatorio, un sex-shop o un cuarto de pensión (lo mismo da) pueden servirle de escenario para albergar las apariciones más insólitas: una esfinge que habla, un maniquí eléctrico que ilumina el deseo, una mosca neurótica que se posa en la sopa.
No se trata sólo de una combinación rara; se trata de una simbiosis paradojal entre una imaginería inaudita y un estilo narrativo terso, aunque elíptico, donde nunca falta el humor. ¿Cómo podría faltar? El humor es indispensable en esta ecuación que busca, por medio del descaro, e incluso la blasfemia, molestar al poder.
Ninguna intención didáctica, ningún deseo de alabar “la belleza” o de contarle al lector cuánto se sufre. Cualquier cosa, menos la solemnidad. Porque la solemnidad está asociada a las religiones, las ideologías y demás ortodoxias del pensamiento, es decir a todo aquello que quiere reeducar al individuo, encorsetarlo, coartar su imaginación y por ende, su libertad. Simic es más explícito aún: “Una verdad separada y purgada de los placeres de la vida, en mi opinión, no vale un rábano. Hay que poner a prueba las grandes teorías y los nobles sentimientos, primero en la cocina –y después, por supuesto, en la cama.” El objetivo es escribir un poema que “hasta un perro pueda entender”.
No confundir. Hay aquí, es cierto, una valoración de la frescura, la torpeza y la ineptitud que pueden contagiar veracidad al poema, pero hay también una dicción sofisticada y una preferencia por lo anómalo que favorecen la desorientación y vuelven todo más conjetural.Yo hablaría de una falsa sencillez, un poco desopilante, que funciona precisamente porque nunca se pierde de vista la irrealidad que, como bien sabía Hládik, el personaje de Borges,es condición misma del arte.
Como fuere, Simic propone un juego impar: ir a lo profundo de la verdad del alma, sin abandonar jamás los desvíos, la perturbación, la flânerie intuitiva. Atraído él también, como Stevenson, por “el encanto de lo circunstancial”, registra lo que ve su desobediencia, sin énfasis ni derroches, sin más finalidad que interrumpir la manía concatenatoria de la lógica, y reemplazar la clausura epistemológica por un banquete celebratorio de revelaciones (aparentemente) sin importancia.
Para decirlo quizá con más claridad: no hay fijezas en estos poemas de errancia. Ninguna epifanía que no aparezca calculadamente prostituida por la parodia ni insistencia que no acabe desarticulada.
De alguien que afirma: “No existe preparación para la poesía: cuatro años de cavar tumbas con un buen libro de filosofía en el bolsillo pueden servir tanto o más que cualquier universidad”, puede esperarse mucho. Al menos, no encontraremos sufrimientos viscosos ni retóricas chatas o anémicas o estériles; no habrá indigencias verbales ni optimismos higiénicos y deportivos.
¿Qué más se puede pedir?
Simic tiene, sin embargo, sus detractores. A pesar de haber recibido numerosos premios (fue, entre otras cosas, Pulitzer en poesía en 1990 y poeta laureado en la Biblioteca del Congreso de los EEUU en 2007), se lo acusa de flirtear con el surrealismo y de ser anti-intelectual, dos críticas, a mi entender, incompatibles. Por lo demás, a Simic no le cabe bien ningún rótulo. Su afinidad con el surrealismo—evidente en su embeleso con la ciudad y el cine negro, y en su percepción perspicaz de los vínculos entre sexualidad, crueldad e infancia— no lo afilia por fuerza a los severos manifiestos de Breton. Mucho más cerca de Tristan Tzara, de Alfred Jarry o de Apollinaire, esta poesía inaugura su propio Cabaret Voltaire al otro lado del océano.
Como las cajas de Cornell que tanto le gustaban, sus poemas son espacios donde desplegar una experiencia estética que es también una manera de entender el mundo. Después de todo, ¿no es acaso el poema una teoría de la poesía y esta última una teoría de la realidad?
El arte –pareciera decirnos Simic– lee siempre un libro interior que habla de la ciudad del alma. Pero, en ciertas conjunciones o geografías temporales, ese libro y esa ciudad pueden coincidir y proyectar una suerte de museo no figurativo, lleno de juguetes verbales y enigmas sensuales, y un carozo de sombra también, porque no ver es hermoso. Lo que sigue es una fiesta de perspectivas más que humanas.
maría negroni 2017
Dos poemas, Charles Simic

Hotel insomnio 

Me gustaba mi pequeño agujero,
su ventana daba a un muro.
El vecino tenía un piano.
Algunas tardes al mes
un viejo inválido venía a tocar
“Mi cielo azul”.

Por lo general, sin embargo, no había ruidos.
En cada habitación una araña con abrigo de piel
cazaba su mosca con redes
de humo de cigarrillo y ensoñación.
Tan oscuro,
que no podía ver mi rostro en el espejo de afeitar.

A las cinco de la mañana, arriba, el sonido de pies descalzos.
La “Gitana” vidente,
que tiene su tienda en la esquina,
va a mear después de una noche de amor.
Una vez, también, el sonido del llanto de un niño.
Tan cerca se oía que, por un momento,
pensé que era yo quien lloraba.

 

Primavera

Esto es lo que vi – nieve sucia en el suelo,
tres mirlos acicalándose,
y mi vecina saliendo en camisón
a colgar la ropa de su marido en la soga.

El viento de la mañana dificultaba el tendido.
Le alzaba tanto el camisón,
que tuvo que parar
y cubrirse, mientras reía a carcajadas.

Charles Simic

 

Nacido en Belgrado en 1938, es un poeta serbio-estadounidense ganador del Premio Pulitzer de Poesía por El mundo no se acaba (1990) y finalista para el mismo galardón en 1986 por Selected Poems/1963-1983, y en 1987 por Unending Blues. Fue nombrado el quinceavo poeta laureado por la Librería del Congreso en 20071 y es considerado uno de los autores imprescindibles de la poesía norteamericana actual. Desde 1954 reside en Estados Unidos.