imitación de los pájaros

Mercedes Álvarez

 

Buenos Aires - 2013

64 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-45079-5-2

ojalá volaran murmurando…

 

ojalá volaran murmurando
los aviadores bajo sus trajes grises
y me dijeran
que las señales del cielo son buenas señales
que los pájaros pasan, pensativos
dibujando la curvatura exacta de un arco florentino
y que todos esos trazos de nubes
no son sino pistas
las piedras de Pulgarcito
el camino a una casa
–qué palabra tan ambigua–
aunque uno no sea deseado en ella

Las lecciones de los pájaros de Mercedes Álvarez, por J.S. de Montfort

 

 

 “He renacido con el signo de los pájaros”, escribe el poeta y narrador mexicano Daniel Saldaña París, en su primer poemario, La máquina autobiográfica. Y algo así podría decirse de la escritora argentina, también narradora y poeta, Mercedes Álvarez, autora de la novela Historia de un ladrón (Caballo de Troya, 2010), una de las mejores óperas primas publicadas en España en el año 2010, y del poemario Imitación de los pájaros (Zindo & Gafuri, 2013).

 

Este signo diferente, nuevo y parcial, en el caso de Mercedes Álvarez, y que sirve para que la autora cambie de género (de la novela a la poesía), sería algo como mirar el mundo con un solo ojo, como hacen los pájaros. Esto es: secuestrar del material narrativo apenas el detalle, la idea, el gesto, el tono, y disponerlo poemáticamente, verso a verso. Quiere decirse con esto que la fuerza de la poesía de Mercedes Álvarez resulta de un trabajo rítmico, de síncopa. Y su función es la del despiece, el de la pura demolición.

 

Uno de los rasgos más llamativos de los textos, en cuanto a la composición formal, es la del instinto práctico y la actitud de consejería moral (pero postmoderna) con la que se nos enuncian los primeros poemas (y que se titulan así: ‘Recomendaciones’). Rigidez de la forma que pronto se destensa y en su laxitud el poema va perdiendo título, puntuación (que ya de por sí comienza escueta) y número de versos. Esta tendencia se altera en el último poema del libro, que es un cierre largo, pero igualmente sin título (aunque sí aparece con título en el índice).

 

Decíamos que Imitación de los pájaros se abre con una serie de recomendaciones, donde se aconseja prudencia, piedad y templanza (así, en general), y se regalan también admoniciones a colectivos concretos: “a los trabajadores de mi generación”, “a los futuros amantes” y “ a las futuras novias”. Los poemas se caracterizan por su estilo didáctico y por un leve tono reprobatorio que no esconde, a su vez, una dulce ironía.

 

En la segunda parte se mantiene un cierto tono de sugerencia, pero esta vez a una misma (al yo poético). Aquí, el modo de proceder es diferente, pues se prefiere que la fuerza poética recaiga no en la elocución sentenciosa, sino más bien en la secuencialización de los textos. Es decir, que en bastantes ocasiones se alternan los poemas más largos con otros más breves y estos segundos sirven para matizar lo dicho antes. Y no como una coda, o al modo enfático, sino más bien en tanto que sutil, pero categórica, contra-réplica.

 

Aquí se podría interpretar que los consejos de la primera parte se van aplicando de manera personal. Y el yo poético de la autora da cuenta de esta dificultad; gestiona, de alguna manera, el conflicto de ver aplicados esos mismos consejos generales a la particularidad de su carácter. Y, así, el ritmo de los poemas va funcionando al modo especular, o del ping-pong, pues la probidad teórico-filosófica de los temas (y su complejidad) poco a poco va encontrando acomodo en una filosofía mundana. Por ello, nos encontramos con poemas que se vuelven más interrogativos, que se tuercen por el camino del discurso privado, allá donde el cuestionamiento íntimo no puede ser sino hipótesis, violencia e incredulidad. En resumen: esta parte es una brisa frágil, pero que rompe la quietud estática de la forma del poema (del poema más convencional, establecida su forma en el primer bloque del libro).

 

La tercera parte comienza con una invocación a los pájaros, un llamado a su sapiencia intuitiva, a su modo diferente de percibir el mundo; a su retorno y, de alguna manera, a su simbología, pues se aparecen como mensajeros oraculares. El resto de poemas (o poemillas, más bien) que le siguen, en un deliberado tono menor, como de mística doméstica, trabajan con fuerza una serie de símbolos femeninos (el anillo de matrimonio, la relación amo-siervo, los pendientes, y el rojo de la sangre). Se cierra el bloque con la (re)institución de la culpa, en un fraseo que hace pensar –por un instante– en la poesía de Chantal Maillard.

 

Ya dijimos que el poemario se cierra con un poema intitulado (o titulado de rebote, oblicuamente) ‘Las mujeres de mi familia’, que sirve para re-conectar la historia familiar (la de las mujeres) con la animalidad averiada del cuerpo. Y es que Mercedes Álvarez da cuenta de la inoportunidad de los tiempos en los que la enfermedad se ha venido presentado en la familia y cómo de ahí nace un forzado sentido práctico de la vida, profano, pero que no esconde su tristeza, su pena. Una amargura que en Imitación de los pájaros se nos ofrece con la virtud de su distanciamiento, como si la intimidación que nos producen las cosas del mundo, al ser mirada de soslayo, perdiese –al menos– la mitad de su vigor.

 

 

 

Mercedes Álvarez, Imitación de los pájaros, Ed. Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2013

Imitación de los pájaros / Fragmentos La Balandra

Recomendación a las futuras novias

Que sea blanco el vestido
para que destaque sobre él el rojo de la sangre
si por casualidad se pinchan un dedo.
Que sea azul la ropa interior
pero solo si sus ojos son azules
para poner en consonancia
lo que se ve con lo que no se ve.
Los zapatos, de taco fino.
De raso la cinta que anude
el talle –también fino–
de la cintura marcada
por los dedos de tantos impúdicos amantes.
Cásense si están hartas
de repetir siempre la misma ceremonia
pónganse la corona de flores
maten con su perfume el perfume del jazmín.
Como los perros
elijan al marido por olfato.

 

Recomendación a los trabajadores de mi generación

Si va a trabajar
piense en la generación que lo antecede:
ellos lo hicieron mejor que usted.
Sus padres madrugaron
sacrificaron las horas de ocio
cayeron rendidos los domingos
sobre sofás comprados
con el sudor de sus frentes.
Si va a trabajar
piénselo dos veces.
Recalcule, amortigüe.
Hay magníficos sofás mullidos
de segunda mano
y mesas de mármol
que desechan los jubilados desprendidos.
A veces las tías muertas dejan en herencia
copas de cristal europeo.
Si va a trabajar piénselo, medite:
ellos lo hicieron mejor que usted. [*]

Sesgada, por Patricia Suárez

Tal vez para ser mujer y estar bien parada en el mundo, lo mejor es no ser mujer del todo. Tener ciertos hábitos de, por ejemplo, los pájaros y mirar la vida de costado, con un solo ojo. Tal el pensamiento de Mercedes Alvarez (Tandil, 1979) en su libro de poemas Imitación de los pájaros. A caballo entre la inocencia submedicada de la Amélie de la película y la desfachatez  en verso libre de Idea Vilariño, Alvarez surca con sus poemas el universo de las mujeres que pasan mucho de su tiempo –sobre todo el mental- dedicado a los hombres. No tiene nada malo, casi es una inclinación natural, o mejor dicho, una segunda naturaleza: después de todo las mujeres inventamos el amor para tolerar a los hombres. (Y los hombres, por supuesto tienen el derecho a decir la misma cosa, aunque ellos pongan el acento en el deseo y nosotras en el relato de la fábula amorosa). ¿A quién un mal amor no le rompió el corazón? ¿Quién no pensó alguna vez, que de amor nadie muere, aunque los hospitales estén hasta el tope de estadísticas que afirman lo contrario? ¿Quién no corearía el poema Desesperanza de Anne Sexton cuando afirma “ ¿Quién es él? / (…) /¿El amor que dijo siempre, siempre / y luego te atropella como un camión?” ¿Quién no se pasó a veces el día y las horas crepusculares, con el pulso agitado, parada en una pata como las aves zancudas, esperando por aquello que la madre y la abuela, las tías, la madrina, dijeron que existían, y empezando a cavilar que si existe, quizá es mejor que pase de largo? ¿Quién no leyó afanosa la vida de las grandes actrices, o más aún, de las rubias comediantes de la industria del cine, para darse cuenta que las cosas no parecen ser como las contaba en tal o cual ocasión Goldie Hawn, ni Meg Ryan, ni Cameron Díaz? ¿Quién no sintió que la carga cultural sobre lo que debe ser la vida amorosa de una mujer, puede llevarte a vivir media vida –o una vida entera- equivocada?

En Imitación de los pájaros hay consejos asépticos y escépticos sobre el vestido de novia, apreciaciones sobre las ex esposas de los actuales amantes, recomendaciones a los futuros amantes, a las futuras novias. Vivir de acuerdo a la comedia romántica de Hollywood no puede traer sino decepciones; también Mercedes Alvarez tiene sus propio vademecum sobre el arte de perder. Hace sesenta años, Bishop escribía: “El arte de perder no es difícil de aprender / Basta perder algo cada día / para aprender que / perder no es –¡convéncete!– una catástrofe”. Hoy, Alvarez escribe: “Fuimos / grandes amantes / de una sola noche. / Tuvimos / una pareja perfecta / de una tarde entera. / Todo matrimonio / debería durar / un solo día.” Sin duda, la poesía es una herramienta bastante avezada para hacer comprender a los lectores (y al poeta en cuanto lector de su propia poesía y de la poesía toda) la fragilidad de los afanes y nuestro estúpido aferrarnos a una moral que no hace sino momificarnos.

Imitación de los pájaros es un compilado de 54 páginas sobre la vulnerabilidad y la decepción de la femenina. Y siempre, sobre eso, hay algo que aprender.

Mercedes Álvarez

Nació en Tandil en 1979. Entre 1998 y 2006 residió en España, donde se licenció en Sociología por la Universidad Pública de Navarra. Realizó un máster en Gestión Cultural. En 2013 ganó el premio Edmundo Valadés de cuento latinoamericano con el relato “Grow a lover”. Obra publicada: Vecinos (Baile del Sol, España, 2010), Historia de un ladrón (Caballo de Troya, España, 2010), Imitación de los pájaros (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2013), Ficciones súbitas (comp., Eds De aquí a la vuelta, Buenos Aires, 2013), Saigón (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2015) y El cuerpo intacto (Pen Press, NY, 2016).