limos club

Diego Bu

 

Buenos Aires - 2018

82 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-3760-83-9

ESTO ES UNA PIPA

Como comido
en los hidrotermales barrenado
de grafitos, apatías.
En los carbonatos. Mala cosa.
Lo que me hace más gordo.
Como comido un codo
escándalo de la postura.
En los huesitos invisibles del abdomen
crece un bulbo extasiado,
o un adminículo no más rabioso que perro:
mala cosa.
Toma la forma de una almeja y como sé
muy bien
de qué va:
lo que me hace más gordo.
Como comido en lucubraciones
irreflexivo con insensato higo abdominal,
insípido
como consultar el clima:
mataré lo malo.
(…)

 
notificación para ingresantes, Prólogo por Fernando Molle

¿Quién es Diego Bu? ¿El seudónimo de Diego Burich? ¿Uno de sus heterónimos? Para saberlo, debemos trasponer las puertas del Limos Club. Pasar tiene un costo: entramos a un territorio virgen, un horizonte verbal que se oculta por delante de sus definiciones. Es una de las atracciones del lugar: el vértigo de perdernos sin encontrar el camino de vuelta. Sin encontrarnos. Es el precio por entrar al club, su letra chica.

No sería arbitrario ubicar a Diego Bu y su Limos Club en la constelación del neobarroco latinoamericano. Podría ser. En su poética, ciertos ingredientes neobarrocos saltan a la vista: la profileración significante (homofonía y paronomasia), la hibridez léxica, la renuncia a “nombrar una concretidad discernible” (Eduardo Espina dixit), y un soterrado humor feísta pegado a la corporalidad. Sí, Limos Club podría ser un libro neobarroco. Pero sólo si no olvidamos que el neobarroco contemporáneo no implica un solo estilo ni un solo método de experimentación.

Famosamente se ha repetido que el barroco (el de todas las épocas) sufre de cierto “horror al vacío”, y que desde ahí emite su proliferancia, precisamente para conjurarlo. Limos Club viene a desmentir este supuesto. Porque este primer libro de Diego Bu, entre otras prerrogativas, nos conduce, por saturación, al puro desierto. Traficando palabras degradadas (como muchos hacen) para inyectarles brillo estético (como pocos pueden hacerlo), Bu desovilla un paisaje verbal heteróclito pero vaciado, conmovedor en su gelidez. No faltan aquí la fiesta y la risa. Pero apenas son una lejana resonancia: la comparsa ya pasó y nos quedamos solos en medio del papel picado. Una obra unipersonal sin público ni teatro. Mente que es desierto, voz que replica a nadie:

Ven al piélago humano / o al humanoide / que bebe de un vaso / el agua dudosa.// Ven cyborg / al tú / lo hacen los días / si heló o si amanece.

Muchos de sus poemas avanzan y se potencian por modulación de imágenes, con aliteraciones y leitmotivs magnetizados, que nos llevan puestos en un alud de figuraciones desconcertantes:
Ante esa exhalación de adobe negro, / desde el hueco de su mano un ciclón desaparece.

(…) A diez milímetros el centímetro del vértigo / –a los nueve dejó de contar.

Son poemas que se resisten a representar; muestran una realidad sin referencialidad previa. Un mundo desconocido, pero que podemos reconocer. Lo que nunca vimos y ahora recordamos. Y si bien Limos Club no escatima asociaciones surrealizantes y maridajes insólitos, nunca se escuda en una “abstracción” estéril ni en un hermetismo preseteado, de esos que aluden a “profundidades” que no están en ningún lado. Nada hay en este libro que no signifique. Pero todo lo que se dice aquí, se dice de otro modo. Y se dicen cosas que nunca antes se dijeron.

Y el yo. Su comedia y su tragedia. Sabemos que cierta poesía contemporánea, de las vanguardias históricas hasta hoy -desde muchos antes, en realidad- ha jugado a elidir, enmascarar, suprimir o ficcionalizar a ese maniquí un poco desvencijado que es el yo de la lírica. Limos Club tiene algo que ofrecer al respecto. Su poética continúa esa tarea de demolición y nos droga con paisajes yoicos gélidos, extraterrestres, en donde las tragedias “personales” refractan sus sentidos. Muy lejos de la “literatura del yo”, ésta es una poesía “biográfica” (¿será?), pero que tendremos que decodificar de frente a un espejo monstruoso:

Cayó / como relámpago. / Un relámpago que llega tarde a su trueno. / Trueno: dibujo de luz tardía, / o más: profusas luces que vacilan / en suaves cabeceos. // Con pincel de cerda, a un ojo Cíclope. / Sin párpados. / Dado que todo estrépito es un dibujo.

Poemas que marean con un tono íntimo e impersonal a la vez, brumosamente experiencial. Una voz hecha trizas. Aislada. Un estancado sin brújula y sin nafta, que sigue la divisa del peruano Rodolfo Hinostroza: “Nadie: me llamo nadie”. Cuerdas vocales exangües que emiten, como los payasos terminales de Beckett, un llamado descompuesto. Y un yo, además y sobre todo, que se funde y confunde con su paisaje, en una extraña apropiación de la poética-río de Juanele Ortiz (claro que en una modalidad y tono muy diferentes).
¿Seudónimo, heterónimo, anómino? No sabemos quién es Diego Bu. Él tampoco. Pero escribió: fundó un espacio. No podemos mirarlo de frente. Es el único socio vitalicio de este club inaudito. Las puertas están abiertas.

Fernando Molle (2018)