orange

Silvina Mercadal

 

Buenos Aires - 2017

60 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-3760-69-3

I

Lila terminó de cruzar el cañaveral

porta una corona de trenzas, otra

de cintas. Es larga, espiralada

lleva botas azules, las cintas del deseo

ondulan invisibles, caireles delicados

el maletín de oro. En la esquina

canta el fresno, con voz grave

empuja el viento las semillas

castillo de azúcar ocre, vuelan

otras pócimas, canta el fresno

grave alegre despedida: -¡Oh!

pequeñas luces. ¡Oh! dulces

violines. ¡Oh! andariegas

toda la fuerza de céfiro

las lleve al monte, lejos.

Rayon, por Romina Freschi

 

Leer Orange es estar dispuestx a una aventura fabulosa, aquella que propone el través (travesía/travesura): la posibilidad de transmutar y permutar reinos:

“Con la aplicación/de ensueños, placas/ irisadas lacas/campos magnéticos/ tensados entre/ los abismos”.

Una historia embrollada, como definía Deleuze en La lógica del sentido, en la que cada punto (poema, verso, letra, imagen, historia, tópico, lógica, podemos tomar la unidad que sea) propone el contacto con otra serie, que abre a su vez otro mundo.

La intertextualidad está puesta en primer plano, como comprobamos con la nota que la autora nos dona al final de la serie.

A partir de las primeras oraciones de la novela Reina Amelia de Marosa Di Giorgio, se abre una “línea – torsión recursiva, encastre, caja china…”, “reescritura divergente”, en la que la divergencia es el sostén para la convergencia.

En el final de Reina Amelia, el autor (no Di Giorgio, sino uno de los personajes de la ficción) otorga a su protagonista, Lavinia, un “nombre secreto de flor”.  Es así cómo despega Orange, como un gajo en flor y con un fruto, que es un mundo.

Si lo construido como cotidiano nos previene de la inminencia de caer por hoyos, en la literatura ése es el meollo, su inmanencia es su capacidad conductora:

“En la salita de los libros / de meditar, la enciclopedia/ de gruesas tapas doradas/ las letras de mineral / y de colores preciosos. / Decía ‘Lo sé todo / lo sé todo’, abría / el pórtico, las edades / de la tierra y del cielo / estampas brillantes / abría, el majestuoso / cortejo de cosas / desconocidas “.

En el cortejo de libros de Silvina Mercadal encontramos portales intertextuales desde el inicio. Constitutiva y reiteradamente Marosa Di Giorgio, pero también Delmira Agustini, Tim Burton, Lewis Carrol, Tzu Lang, Reynaldo Jiménez ¡hasta Echeverría!. Es una obra que busca la vida, la desalienada, y en ella, la lectura es un pasaje entre y hacia muchos otros; paisajes, lógicas y reinos. La autora nos va dejando pistas y homenajes.

Lila, la protagonista que transmigra de la Lavinia de Reina Amelia, se nos expone, también como en la novela, en una acción-semilla: cruzar el cañaveral, vista desde distintos poemas y tiempos particulares de esa acción (mejor que subir al colectivo en Ejercicios de Estilo).

Los objetos que la acompañan, sus cintas, trenzas, caireles y un maletín de oro – sucintos pero potentes – inician líneas de recorrido en distintos transportes: voces, melodías, bocas, vientos, brillos, espejos, espejismos, memoria, todos amigos del asombro. Porque seguir una línea es encontrar otra, y otra, y otra, y cruzar un cañaveral puede tomar una vida, o un libro (o dos), enteros.

Al final, aquellas líneas se tornan estrellas muy poderosas, “púlsares”, no solo divergentes sino “refulgentes”.

Y sin embargo, no hay estallido ni exceso de materia. Hay precisión.

El brillo, que lo hay y mucho,  es el de un oro cotidiano: oro del lenguaje y de la aventura. Sensual convivencia de rozar el mundo e ir raspando las capas que no veíamos: lo oculto, lo olvidado, lo que otra luz devela.

A cada paso nos hundimos y nos salvamos y está claro:

“el dispositivo / lógica sinrazón / las notas, las partículas / cayendo oblicuas / y a la vez precisas”.

Lo puntual es precioso. No hay desborde. Cada palabra está medida y trabajada como una joya que formará joyeles o murales, prendedores, amuletos que se adapten a los distintos tamaños que nos exijen los mundos a atravesar.

Hay un contraste – producto de meras convenciones de legibilidad –  entre lo pulido del encastre, la apariencia simple y limpia de los objetos con el efecto rutilante y abismal que producen.

En ese claroscuro hay una fuerte política poética.

La palabra se inserta preci(o)sa en el verso, que hará plegarias, oraciones en el sentido de invocaciones y de conjuntos de pliegues.  Orar en Orange es desdoblar los pliegues, o doblarlos,  así se multiplicarán y oficiarán de panes, semillas,  mapas, retornos, conversaciones… Cada poema es fractal y más.

Y entretanto ¡entra tanto!. El embrollo es pluridimensional, abarca la lectura, la escritura, la labor, el recuerdo, el reflejo en el espejo.  Todo en una simultaneidad calibrada minuciosamente para que el poema no se desintegre en la tensión, sino que la tensión lo integre. Como una propia ley de gravedad.

En lo diminuto se juega la dimensión de lo justo. Porque el poema es huella, cifra; cada punto es artefacto, valija, botón que hay que pulsar para apreciar los efectos. Infinitos cuidadosamente plegados en objetos finitos.

“Allí la vía recursiva/ (…) El sendero Lila explora/ bucles de tiempo / retiene el sonido/ el fluido arrullo/ de cascadas”

A la manera de un mundo mágico, el reino de Orange puede alzarse como un pop-up al encuentro con una voz que lee. “Cada ser revela parte de su secreto melodial”  dice la cita de Eguren, que inaugura. En esta secreción que es Orange, se oye la voz preci(o)sa de Silvina Mercadal pero también la propia de quien lee, si se atreve a leer en voz mágica.

Y en los alrededores, La meseta de Lis confirma, entre sus guijarros finísimos y pulidos, el desvío que envía, el portal que porta y el eco de “seres de seres dentro”; un deseo de la literatura y del intenso vivir: sostener el presente, o mejor dicho, el sinfin.

Sobre Orange, por Mariana Robles en Telares de intemperie

 

XIV

Cuando Lila alcanzó a cruzar

el cañaveral, los honderos

de narices afiladas, arrojaban

gruesas piedras, cáscaras

cristalizadas, de sierpe

pieles contra la secuela.

Entonces la desviaba

el más simple canto

dulce ensalmo, al bosque.

Allí descansan

bajo la techumbre

enramada del búho

hablan tropelías tentación del mal

su antojo.

Las aventuras de Lila en un cañaveral, Lila reina o Lila búho, con cintas y trenzas despeinadas, coloridas colgando de su cabello. Lila con un atuendo magnifico es epicentro mágico del asombroso mundo de Orange. Su viaje es iniciático como aquellos que promovían los poetas románticos, paseantes al origen de las cosas y el lenguaje.

El espacio, el sitio vegetal del cañaveral, se teje y desteje en el poema, las palabras hilvanan la extrañeza de esa morfología donde animales y humanos se mezclan y confunden. Inspirada en los poderosos versos de Marosa di Giorgio, Silvina Mercadal crea Orange, engendrado de la palabra abierta, erotizada, dando a luz.

Escribe Marosa en Reina Amelia: Lavinia terminó de cruzar el cañaveral yendo / hacía la escuela. Portaba una trenza, / un pendiente, largo, de plata. / (Es flaquísima y lleva también una cartera / en grueso cartón castaño oscuro / y protuberancias ígneas).  Así se fecundan y contienen dos universos poéticos, en esas mujeres-niñas atravesando un cañaveral, ocultas en las altas y doradas extensiones vegetales, propiciando el misterio. Lila emprende en su viaje deslumbrada por un cortejo cosas y amuletos, necesarios utensilios para ese viaje de transmigración y deseo.

Meseta de Lis es la segunda parte, u otro desdoblamiento de la poética de Silvina, donde y hermosos poemas se congregan para decir nacimientos e imágenes: La noche secreta / el gusano aterciopela / una rosa púrpura. Destellos, estrellas, un parpadeo en el atardecer. Las copas de los pinos / alfileres ardientes, rozan / el dobladillo del viento. Un artefacto en pequeña escala donde la lengua y el verbo supuran el evento y son, portales, flor, incendio.

Silvina Mercadal