Pareidolias

 

Alejandra Saguí

 

 

Buenos Aires - 2014

64 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-3760-05-1

Anhedonia

 

La ciudad de reojo
por la ventanilla
como las páginas
que pasan sin
leer realmente sin
noción de horas ni
ruedas

Así la vida

Marca con señalador
Cierra

Megaoperativos verbales/Prólogo, por Roberta Iannamico & Mauro Lo Coco

Seguro que John Zindo quería los poemas de Alejandra para su colección de bichos raros. Mariposas con chaleco antibalas que escapan a los alfileres, bisbisan. Molestos como moscas, se meten en los lugares menos caretas de la materia orgánica, incluyendo a las palabras. Cantan chicharras haraganas provocando a las hormigas y después se une a sus filas,con verbal cargamento hasta que

cri cri

te la deja picando.

Pareidolias es un catálogo de intentos de reunión. Los trazos del absurdo se funden con locuaces alocuciones sobre eso que cualquier señora en la esquina acordaría con la poeta en llamar realidad. ¡Perturbarse no es una vanguardia, ni siquiera un invento! Perturbar es el oficio de lo real. El intento de reunir en un poema eso que pasa es ya un acto de una fe: “hay que estirar bien/liso que quede/derrape más sin hundirse”.

Como un explorador en tierras vírgenes o un juglar que ve la ciudad como páginas que pasan, como un señalador que marca la vida, esta poesía es noticia del pueblo para el pueblo (“mejor al fondo haciendo piso/ entre las latas”). Noticia de sí mismo y de su verdad sin disfraz:  “Los ojos/bajos atentos a encontrar rastros /de chicles ora escarba”; “Soy el decorado/que se hunde”; “quebrar se/ es volver/ al plano/ vital”

Este libro es una casa de ejemplares extraños, Hay escenas de quietud, pero también se organizan fiestas. Ahí es donde se lucen los pelajes exóticos, las joyas del acontecimiento verbal, los decorados artificiales que sabemos adoptar como naturaleza. Y Alejandra, como buena bardo, hace bardo. Como la mujer que descarga el pomo en las caras de los que pasan, como la mandarina de su poema:

la mandarina renueva ese gesto

de prenderse al riesgo

de explotar contra el suelo

como invitando al resto

El gesto renovado de trovar rapeando, porque el ritmo iguala la escritura, el cuerpo, el universo y el tiempo. Ellos funcionan como una sucesión de formas que disparan más formas y en ese traqueteo me hundo en su mundo profundo y mundano, hasta el ano, en ese punto donde convergen los versos. ¿Será este hechizo un megaoperativo verbal? Todo tiene su lugar, en su fiero jugar, junto al sol y los trastos ¡justicia con los abandonados! Y eso hace Alejandra, que se pasea como un camaleón al acecho, escondido bajo cualquier forma, escudriñando cada rincón, a la pesca del poema.

                        Roberta Iannamico / Mauro Lo Coco (2014)

El libro enduendado, por Gervasio Monchietti

 

El primer libro de Alejandra Saguí es una colección de amuletos, un amuleto es un objeto que porta una posibilidad.  La esperanza de modificar, luego del trayecto, algo que no funciona o que está obturado o que está incompleto.

Por momentos Pareidolias es sintético. Conserva algo del misterio que rodea a la poesía. En algunos textos va dejando los elementos mínimos necesarios y en otros suelta la lengua y genera inversiones, rimas, fraseos. Entre los primeros, alguna familiaridad con la poesía de Hugo Gola, entre los segundos, la oralidad juguetona de Ricardo Zelarrayán.

Poemas como “De burro la loma”, “Una torre en la palma”, “Cala duro el viento cala”, “Delata”, o “Te la encargo tanta rima” dan la pauta de la respiración, que dice y no, que exhala y contrae, que suelta y retiene, sí, se parece a la doma de un animal primitivo:

Una torre en la palma

“para circo está/  equilibrando/ da probar/ sin compromiso/ en su frente el membrillo/

del sol el sudor/ recién saliditos/ noventa grados / su muñeca/ flaquita/ ¿cuántas tardes/

habrá amasado/ cada pie? / Más rico con grasa/ dice que pasa/ para que no se atoren/

con el palito/ de la yerba”.

Las poemas traducen, entre las voces posibles, una que García Lorca llama “la voz del duende”. El lector se encontrará, tanteando en el poema, en una dirección nunca lineal:

“La virtud mágica del poema consiste en estar siempre enduendado para bautizar con agua oscura a todos los que lo miran… La llegada del duende presupone siempre  un cambio radical en todas las formas. Sobre planos viejos, da sensaciones de frescura totalmente inéditas, con una calidad de cosa recién creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso”[i]

El ritmo del libro es el galope y la suspensión. Como si hiciese funcionar un mecanismo personal de asociaciones, casi, infinitas. Un fragmento del poema que da nombre al libro, dice:

“es así, todo pliegue en la tierra es culo/ ombligo: cada punto seguido/ domingo/ el canto depre de los loros/ polvo: esa gaviota que sube/ el grito: cada voluta del polo”

El verso “Acá sentada: sólo siluetas difusas” me remite a un poema de Hugo Gola que empieza así: “Sólo sonidos sordos/ silentes/ silbantes/ salvajes/ sucesivamente ciertos/ suelen subir o someterse”. De alguna manera ambos intentan nombrar esa presencia difusa que dispara el poema.

Imagino, pensando hacia adelante, que los textos de Alejandra podrían encontrar en la dramaturgia y el teatro una zona de expansión y de soltura. Es una hipótesis que arriesgo, una zona posible para su lenguaje y su manera de mirar el mundo. Pareidolias, por lo pronto, es un auspicioso primer libro,  una buena muestra de su manera de desconfigurar y reconfigurar el mundo.

Delata

La plata que aplasta

Pisaron tu pizarrón

Como palta

La arveja como abeja

Zumbando al plato

Pasa revista

Vertiste el llanto

(el trapo no alcanza)

Pena también la panadera

Sin su pizzera

Tu lapicera

Salta atlas de papel

Tu espalda te porta

Ya apenas importa

¡ni un triste tigre!

Grité

 Gervasio Monchietti

Alejandra Saguí