piedra grande sin labrar

Verónica Yattah

 

 

 

Buenos Aires - 2018

66 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-3760-80-8

Contamos nuestros pasos

Como en una película del oeste
el camino era de tierra.
Todavía siento tu espalda contra la mía
todavía cuento los diez pasos que dimos
hasta llegar cada una al extremo de la calle.
Las botas de cuero hacían sonar
las piedritas y el polvo.
Al unísono giramos, sonreímos,
hicimos fuego.
Después no morí.
Me quedé mirando el cielo y no vi nada.
Soplabas tu revólver
y lo hacías bailar en círculos.
Apareció una bandada de pájaros,
aparecieron dos.
El cielo pasó de blanco a cobalto.
Y entendí que seguir adelante
era cuestión de ver el cielo, las nubes.
La danza de esos pájaros que no lloraban.

 
PRESENTACION: Natalia Romero sobre Piedra grande sin labrar

Piedra grande sin labrar es mucho más que un libro de poemas de una poeta que admiro. Es un libro de poemas que escribió mi amiga Vero, Patti.

Estamos sentadas en la terraza de su casa, es verano, tomamos vino, hay luz de farol, Vero lee sus poemas. Creo que estos son los últimos del libro Nat, me dice.

Podría volver a pasar por todos sus poemas, como si sonaran en voz alta en mi cabeza, con el sonido de su voz. Si bien ahora los leo en el libro, eso no cambia. Siguen sonando así de íntimos para mí. Y cuando creo que ese es un tesoro de nuestra amistad veo que sí, claro, lo es, pero que además los poemas de este libro, la poesía de Vero, crea esa intimidad. Puedo leerla como si ella estuviera contándome un secreto al oído. Algo que se le desprendió, algo que terminó de caer. Cae la piedra, hay un poema. Vero escribe así.

Podría decir o repasar los poemas también con el modo en que ella pone las manos sobre las hojas para leerlos, toma con los dedos erguidos a la altura de la mitad, las manos prolijas, siempre, puedo verla con el mentón apenas inclinado, el volumen justo. Poema tras poema. Las pausas, el silencio, la velocidad. Leélo de nuevo. Este no lo conocés. Fijate esta parte, ¿se entiende?

Como dos hermanas que juegan a lo mismo siempre. Una y otra vez, una y otra vez, sin cansarnos. Leer poemas, escucharlos sonar. Escribirlos. Patti, escribí un poema, te lo paso. Nat, escuchá, a ver, cómo suena esto, qué te parece.

Y así.

No puedo entonces hablar de este libro sin antes hablar de esto, de nuestra amistad. De la forma en la que fuimos acompañándonos en la vida y en la escritura. De la forma en la que aprendimos que van de la mano, que a veces son lo mismo. Exactamente lo mismo.

Una tarde me dijo, Nat, vos a veces, mientras vivís, ¿no te pasa de pensar, acá hay un poema? ¿No te pasa?, de estar viviendo y decir, ¿esto es un poema?, ¿está acá? Me acuerdo de los ojos de Vero. Los ojos de quien ve algo que antes no estaba. Seguro eran los mismos que los míos.

Es como haber tenido el privilegio de trabajar con ella. De que Vero me diga, hagamos un taller, hagamos esto, hagamos lo otro, de que ella no viera nunca las barreras que yo veía. Y viceversa, para eso somos un equipo. Nos turnamos. Cuando una ve borroso la otra ve nítido, y así.

Entonces este libro es para mí mucho más que un libro, es una forma de reunión.

Vero corta un quesito (ella le dice así, cuestiones caseras de lo doméstico que mi amiga se apropia a la perfección, quesito, pancito, tomatitos), elige los cuencos en los que van las aceitunas, la pasta de zanahorias que preparó. Así, una luz acá, otra luz allá.

Todo dispuesto.

Así podría armarse el poema. ¿Así se arma el poema? es como una conversación, como una casa, como un encuentro, como la forma que tenemos de ir y venir por el mundo. Como la posibilidad de acompañarnos. Eso aprendimos. Del poema y de nosotras mismas.

Por eso la piedra grande, sin labrar, es una piedra que no se labra nunca. Porque labrar la piedra es darle un destino fijo, y eso no es la vida.

La piedra es la piedra pero permanece sin labrar. Como si la vida fuera de materia fuerte y dura pero también deslizable, desprendida, algo que puede volar. Algo que es posible de moverse. Algo que no retiene nada. La marca en la piedra no es más que una marca adentro. Algo invisible, algo del corazón. La suavidad de una pica un revolver que punza, duele y después se vuelve un bálsamo.

El primer epígrafe del libro cita a Depeche Mode:

Finalmente veo

que pertenecía a este lugar

Pertenecer, como devolvernos a la raíz, a la tierra. Pertenecer como habitar, como estar en la casa, poner la pava para hacer un té en la cocina, regar las plantas. Y claro, también pertenecer a la poesía, al lugar adonde está nuestra piedra.

Dice Vero en el poema que abre el libro,

Abro los ojos y giro a un lado

Apoyo el hombro

Con la mano sostengo el peso del cuerpo

Porque dicen que es mejor, no levantarse de golpe.

El flujo del día comienza y aquí voy

Tratando de recordar que de noche

fui un corcel en la espesura.

Un poema sobre el despertar, sobre el nacimiento, diría. Diría que nuestra vida a través de los poemas es nuestra vida vuelta a la vida.

El centro del plato caliente es lo último que Vero elegía para probar de la polenta que su mamá dejaba en la mesa cuando era chica, me contó una vez. Me gustaba saber que lo bueno llega a su tiempo, dijo. Hablaba del punto justo de un plato de comida, pero hablaba también de algo más. De eso que no se dice, ni tampoco se labra en la piedra, pero que está.

Sabemos lo que es la compañía, me dice. Lo sabemos porque sabemos lo que es la soledad.

Este libro es el recordatorio de que los sueños pueden abrir nuestro estado de vigilia. En Piedra grande sin labrar se encuentra la forma de los días y la forma del amor en los días, no sin antes haber pasado por las noches. Como dice Mary Oliver: la forma en que el agua del río fluye, para no volver.

Si algo no vuelve en los poemas de Vero es la duda o la confusión. Cada poema se dice y se desdice para encontrar su claro.Cada poema como una piedra que se encuentra a sí misma. Que dice, sí, estoy acá. Este es mi río.

Cuando el poema es una puerta entornada, la piedra es un prisma. La piedra por labrar siempre en el poema, en la vida.

La casa, el cuerpo. Lo que la vida muestra. El lugar adonde pertenezco.La cercanía con las cosas. Como si el poema fuera la forma de ir a la propia historia. Al río que se conoce.

Me acordé de Lázaro, levántate y anda. Cuentan que Lázaro estaba en una cueva tapada con una piedra grande. Para que Jesús le devuelva la vida, primero hubo que correr la piedra. Aunque en realidad, más precisamente, para que Lázaro pudiera oír la voz que lo haría despertar, había que mover la piedra.

Este libro de Vero se parece bastante a esto.

Hubo que quitar la piedra y hablar, nombrar las palabras que puedan traer lo olvidado, Lázaro se levanta, vuelve de la muerte, y anda. Todos esperamos ese llamado, que es propio, que nos diga, levántate y anda. Así el primer poema del libro abre el comienzo, la vuelta a la vida, viniendo de la vida. Y así los demás.

Para vivir en esta casa hay que morir un poco, dice en otro de los poemas.

Y eso implica un renacimiento. Volver a la forma de pararse del corcel.Volver a ser otra vez el animal que recién nace. Cómo se camina. Cómo se hace el amor, cómo se ama.

De brotes ramas, de ramas flores. Así señala Vero el curso de las cosas.

Los poemas de Piedra grande sin labrar arman un cruce, un puente (como el de los paseos con el padre). Cito:

La melancolía es un río que nos lleva atrás para avanzar.

O, cito: la primera noche de otra era.(…)

Y mi deseo de darle un beso siendo ella como yo,

una mujer,

y mi deseo de escribir sobre todo lo que pasaba alrededor.

O, siguiendo el poema:

Lo que se tuvo una noche, si de verdad se tuvo, se tiene otra vez.

En Piedra grande sin labrar Vero despierta para decir su propio nombre, como lo remarca la cita de Rukeyser.

Si el padre sabe dar sus pasos para irse, ella también, ella es un corcel que despierta para moverse. Para ir a su río.

Poder detener el poema en el punto más alto, dice, como en el asta del molino, un poema piedra que cae, un lugar secreto.

 

Eso es el poema para Vero. Eso es la escritura. Una piedra que no se labra nunca. Mantener el secreto, saber dónde queda ese río, el agua propia, dónde queda y cómo es.

 

 

 

Poesía de este lado de la puerta, Prólogo por Paula Jiménez España

Así como en aquella novela de Claque Michelet, La gran muralla, en la que el personaje hereda una tierra pedregosa sobre la cual construye un muro y ese trabajo termina siendo la razón de sus días, Verónica Yattah ha recibido arena, otra materia en apariencia inútil. El ayer de una piedra o su pulverización: una consistencia volátil con la que sólo puede montarse lo que se desarma y sin embargo, otorga sentido: “Confiábamos en la belleza de eso que éramos capaces de hacer/ con arena”, dice. O más bien, entrando en el corazón de la metáfora, podríamos decir que confía en la belleza (salvadora) de la que las palabras son capaces. Pero no por sí mismas: esas palabras, tan bien elegidas, necesitan ser escritas por su mano alquimista, la de un mago transformador como el del Tarot –al que alude en uno de sus poemas, para hablar de la figura paterna- que devuelve a la simpleza de una escena su poder de milagro. Porque lejos de perderse en lo agraciado o seductor de una forma, Yattah nos reconduce al valor real que el torbellino de los acontecimientos oculta. Para eso, no es jamás brusca, su estilo, a veces elíptico, es suave y tan preciso como sugerente: “Los poemas se parecen más a una puerta entornada –define a modo de ars- y quiero seguir mirando eso que apenas muestran”.

Frágil, pero sin miedo, el amor habla en estos versos inspirados en la piedra sin labrar de la vida cotidiana. Celebrando el presente y recomponiendo el pasado de la historia personal, estos poemas nos cuentan cómo cuerpo y escritura constituyen, si quieren, el mismo refugio identitario: “… lo que se tuvo una noche, si de verdad se tuvo/ se tiene otra vez. Fui alguien conduciendo un auto/ en medio de una ruta/ hasta cruzarse en mi camino, algo/ que me hizo frenar el paso./ Ese algo fue el beso que le di a otra chica/ la noche en que mi cuerpo/ fue por primera vez además de mi cuerpo/ mi casa”, dice. Sutil y al mismo tiempo visceral, la de Verónica Yattah es, sin dudas, una de las voces que más y mejor brillo le dan a la poesía de su generación.

Punto de partida: Lugares propios, por Diego L. García

Piedra grande sin labrar (Zindo & Gafuri, 2018) es un libro sobre lugares. Unos en que el sujeto habitó encontrándose, otros que habitaron al sujeto para que aprendiera a perderse. Así, la autora habla también de la escritura como un traslado.

Poder revisitar las palabras de otro tiempo y sus texturas implica a su vez renovar la potencia del lenguaje:

“Cuando mi papá y yo entramos a un bar
no estamos entrando a un bar
sino al pasillo, al cuarto, a la cocina de nuestra casa”

La palabra es ante todo cuerpo y se desenvuelve como ritual: pienso en la piedra donde imprimieron las manos de las antiguas pinturas rupestres, no para ganarle al tiempo sino para entrar en él. El sujeto de estos poemas labra en la memoria del cuerpo una postura ante el acto de escribir. Casi digo “labra una identidad”, pero ¿quién no lo hace, aún cuando absorba un estereotipo? Lo que Yattah hace es darle una vuelta de tuerca mucho más compleja; se pregunta quién soy en mi escritura, y esa es otra cuestión.

“me prefiero en un lugar secreto,
me canso.
Y encuentro calma en esa huida
como el zorzal que va a parar
al aspa más alta de un molino”

“ahí, hay un mundo pequeño pero mío.
En ese mundo todavía no hay sogas
que me unan o desaten al amor
bastan las piedras, las nubes, el agua del río”

Una vez que el lector ha advertido ese sistema estético y político, pensar el tema del sexo en esta obra puede habilitar un análisis que no despegue, infantilmente, lo erótico de lo poético. Y entonces, como tópico problemático aparece el término “intimidad”. Si el sexo y sus experiencias funcionan como la propulsión de un yo que manifiesta una mayor densidad del sujeto (es decir, que se eclipsa el objetivismo y se aclara su contracara), la intimidad no es más que una posición enunciativa. ¡Ni nada menos! Pues, esa elección lingüística suele electrocutar las convenciones de no pocos lectores afiliados al Club De Lo Solemne. Una ficción de intimidad (qué otra cosa puede proponer la lengua) que problematiza la frontera entre lo propio y el mundo, que traslada el sentido de lo anecdótico a lo combativo.

“Fui alguien conduciendo un auto
en medio de una ruta
hasta cruzarse en mi camino, algo
que me hizo frenar el paso.
Ese algo fue el beso que le di a otra chica,
la noche en que mi cuerpo
fue por primera vez, además de mi cuerpo
mi casa”

Me parece que cuando la poesía logra abrirse camino entre los muros más descascarados del pensamiento social, es porque ha encontrado la forma y el contenido. Un libro de lugares. Qué mejor para interpelarnos en tiempos de expulsión masiva, de usurpación y de invasiones veladas por el diseño patriarcal. Verónica Yattah no acepta en este poemario alquilar un nicho conceptual para caer en las trampas hegemónicas (como aquella que califica “escrituras femeninas” a cierta producción literaria): ejerce su propio plan para triturar, tallar, pintar, tocar la piedra que habitamos.

JÁMPSTER

Verónica Yattah

Nació en 1987 en la ciudad de Buenos Aires. Publicó Ella salta la espuma de las olas (2009: Del Dock), Allá es mañana (2013: Funesiana,  2015: Diezmil cosas, 2017: Sierpe) y Los perros también se van (2014: Viajero Insomne, 2017: Sierpe).