Soltería

Santiago Castellano

 

Buenos Aires - 2012

60 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-26279-8-0

parece de un cuento de hadas

puedo contarte un secreto?

quiero robártelo

y ponerlo juntito al mío y fundirlos

tiene muchas llaves?

ay

olvidate lo que dije

para qué abrí la boca

no quiero que nos dejemos de ver

ni perderte

olvidate por favor

hacé como que no lo escuchaste

me voy temprano

por lo que digan, sabés?

Sobre Soltería, por Silvio Mattoni

 

Quizás la única cita del libro de Santiago Castellano, si exceptuamos los epígrafes que tienen su importancia porque abren y enmarcan secciones, sea la de Kierkegaard, cuyo principal problema no era tanto, como solía decirse, la existencia o la angustia, sino más bien la decisión –sobre temas que en principio no pueden decidirse: ¿tener o no tener novia?, ¿casarse?, ¿enamorarse? Y la “soltería”, si puede definirse, es el momento, a veces prolongado y que puede abarcar la vida entera, de tomar decisiones imposibles o sufrir las decisiones ajenas. Así, el problema del noviazgo no es sólo un asunto del yo, que en este caso podría aguantar su cinismo implícito, la relación falsa que se basa en el malentendido, sino que sobre todo puede cortarse a cada instante por la clarividencia del otro, que aquí llamamos “ella”, aun cuando parezca ser más de una. La chica para coger, evangelista y de ojos verdes, se extraña, porque siempre fue rara, es decir, creía en algo que alguien que escribe no puede suscribir. Pero la felicidad del goce sexual estaba ahí, brillaba en el verde de sus ojos. El poema se escribe después, porque ella se casó con otro, un creyente quizás. El poema es el extrañamiento de aquel placer extremo, la belleza que se fue y que ya no se puede tener: “casi cristiano me vuelvo/ cuando salí con la evangelista”. El desconfiado es el que escribe. ¿De qué desconfía? De lo que le gusta, del exceso de felicidad. Pero en ella, en la felicidad verde, intensa, acaso piensa cuando coge con otra: “adentro de otra pensaba/ en ella y no se me/ notaba”. La rima del haiku roto, la falsa rima y el falso haiku son la exposición formal de la mentira, meterse en una para amar a la otra, la perdida.

En última instancia, todos los encuentros de juventud parecieran saber lo que son, trabajos de amor perdidos. Pero coger no tiene nada que ver con el trabajo, no se acumula. Son puntos: se prende y se apaga el placer en el olvido, en la melancolía de lo que fue. Pero lo que se dejó escapar para poder escribir, ¿puede olvidarse? En las cartas inolvidables que arman la segunda sección de Soltería se encuentra la respuesta. No hay olvido, quizás tampoco felicidad constante, pero es preciso arreglárselas solo, o sea: escribir, incluso citar, copiar. “Como dice Kierkegaard/ ‘ha comprendido ese gran secreto/ que   incluso amando   uno debe/ bastarse a sí mismo’.” Sin embargo, este secreto esconde un estado perturbado, ya que la única manera de bastarse a sí mismo, sexualmente, no deja huellas ni nostalgia, tal vez angustia. Y el libro, como toda poesía lograda, se encamina más bien a la alegría, lo que llaman “amor”. La soltería aparece entonces como una temporada, un paraíso o un purgatorio, de donde nos sacará algo más real, como quien se despierta y se da cuenta de que tiene al lado todo lo que más quiso y querrá, como si la soledad hubiera sido apenas un sueño. El que sabe que no puede bastarse a sí mismo se abandona a la alegría, a la poesía que siempre fue amiga de las sábanas, por decirlo de algún modo.

“la alegría más grande del mundo:/ despertarme con vos por las mañanas/ por las noches con vos dormirme”, estos últimos versos, sencillos, hablados o susurrados, que encuentran el endecasílabo del despertar perpetuo y el eneasílabo del reposo feliz, bastan para probar que un poeta ha tenido lugar, que ha visto luz más allá de las palabras, que ahora sólo tiene que decidir sus temas y el futuro.

 

Silvio Mattoni

Córdoba, julio de 2014

Soltería / Fragmento

            

A la luz que tu amor trajo a mi vida se iluminan
Ciertos hechos tristes del pasado
Y ubicados en el lugar que pertenecen dejan
De sollozar y se desvanecen
Como niebla que al amanecer el sol vuelve rocío

Tus ojos alegría 

   

 

Santiago Castellano