Tándem para un animal pink

Nicolás Pinkus

 

Buenos Aires - 2012

52 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-26279-5-9

Lumbre

 

 

Bajo el ala liviana de un parapente Dios,

la mano del amor lanza su intento

y no atrapa

más que la potencia nunca transferida

al acto. Bajo el manto de pluma,

la caricia que no, las falanges elongan su capacidad innata por aferrarse

al deseo de ser con el otro, que allí levita

como un buda estilizado de ojos claros,

profano y sagrado, lejano

y encima

los cartílagos, las pieles, el desierto dérmico de la palma

cubierta por la sombra

del ala

inmóvil

no se rinde, se hace puño,

jabalina se hace

asume todas las formas que una extremidad posibilita

y otras

que nunca imaginó, pero nacen

como red

como tenaza

y la mirada

sensible logra su trofeo: la ligera deidad ha reaccionado,

se ha sumido en un destino compartido

y la lumbre solar es escandalosa en su ilumine: el brazo de ave

celeste ha retirado el cerrojo nocturno,

ha librado a su suerte a los embriones

dos,

 

de naciente conciencia.

El amor es el nosotros que le falta a una lengua que no es la nuestra, por Matias Moscardi

Matias Moscardi sobre Tándem para un animal pink, de Nicolás Pinkus

El amor es el nosotros que le falta a una lengua que no es la nuestra.



Tandem: en latín es un adverbio temporal que significa después de mucho tiempo, pero también después de mucho esfuerzo. No sé cómo, la palabra pasó a designar, en castellano, esas bicicletas para dos personas y, por operación transitiva, incluso puede referirse a cualquier actividad en común, a dos elementos que se complementan. Esa mezcla de larga duración y esfuerzo pueden pensarse, entonces, como líneas de sentido que se anudan en la primera palabra del título y que expresan algo del vínculo amoroso.

Quiero decirlo de entrada: Tándem para un animal pink es un libro de poemas de amor. Me gusta mucho algo que leí, hace poco, en un ensayo de George Didi-Huberman. Didi-Huberman dice que no tenemos que dejar que los lugares comunes debiliten, e incluso destruyan, las figuras de lo común. Por el contrario, la tarea del arte –de la poesía, podríamos decir en este caso– es la de no dejar languidecer el lugar de lo común en cuanto cuestión abierta en el lugar común entendido como solución prefabricada. Y el libro de Nicolás Pinkus se encarga precisamente de eso, porque dentro de ese lugar común que es el amor, los poemas abren un perímetro singular, en donde las figuras de lo común del amor –las cosas que nos pasan todos los días, digamos– se robustecen y se vuelven complejas, cargadas de matices y detalles que, por lo general, pasamos por alto.

Las primeras preguntas fueron: ¿por qué pink? ¿por qué no directamente rosa? ¿qué se abre en el orden de ese vocablo extranjero que aparece en el título, además de un eco distante de la estética pop? Y si bajamos la vista, esa palabra del título, pink, empalma, hacia abajo, paradigmáticamente, con el apellido del autor, Pinkus, así:

tándem para un animal pink

nicolás pinkus

Y entonces, como en un golpe de ojo, irrumpe, de abajo hacia arriba, el orden de una sustracción: el us, el “nosotros”, que le falta a pink, como si cortando algo de su propio nombre, Pinkus expusiera a la vez una estética –que aparece en ese cuasioxímoron entre animal y pink, entre lo primitivo y lo estetizado: pero ¿acaso no es en un cruce entre la biología y la cultura donde se construye toda posibilidad de amor?– y la marca de una partícula faltante, el nosotros, el us de ese idioma extranjero que es el inglés y que vuelve en el libro bajo distintas referencias y citas literarias –Ezra Pound, Marianne Moore, W.B. Yeats– como una huella que nos conduce a ese otro idioma, el idioma que quiere decir, o repite, lo que no hay, lo que tuvo que suprimirse, cortarse, escindirse, para que exista el poema, es decir, para que haya. Leemos:

expulsados de un edén barrial, asumimos

el destino de caminar

sobre astillas

sangrantes; caminar

sin rumbo y beber a como de lugar,

dejar caer por la garganta una untuosa posiblidad

de un lugar mejor,

con quien sea,

pero lejos

de esta comunicación deshidratada,

de estos restos

exiguos como el último aleteo de un animal

empetrolados.

Y eso que no concuerda entre el singular y el plural, eso desfasado entre el sustantivo y su atributo, entre “animal” y “empetrolados”, parece ser la sintaxis del hundimiento de una pareja. Un animal, la pareja que fracasa, adjetivado en el título del libro con ese color al que le falta una parte del nombre del poeta, y para la cual se demanda un “tándem” es decir, un tiempo, un esfuerzo colectivo, un pedaleo de una bicicleta para dos: una resistencia.

Pero el lenguaje que elige Pinkus para escribir el amor no es aquel lenguaje “llano como una imagen”, del que habla Barthes en su Fragmentos de un discurso amoroso, ese lenguaje del desollado que “quiere siempre restaurar una superficie legible de las palabras”. Por el contrario, si esa superficie efectivamente aparece, lo hace en forma de ramalazos, como si lo legible fuera el chispazo al que se accede por medio de la sofisticación, incluso del refinamiento, y entonces adquiere toda la potencia de traducción necesaria para transferir algo –una carga, la fuerza de una idea, de una imagen– porque cuando llegamos a versos como “son todos procesos del orto que no caben/ en las palabras que leés”, que encontramos cerca de otros como “y sufro/ como un cerdo/ rozagante/ pink/ animal// en su piara huérfana de hogares”, entonces esa legibilidad se transforma en otra cosa, porque no sólo tiene la virtud de la transparencia: también adquiere su propia textura:

y yo quiero que sepas

que nunca vas a entender mi Dolor;

que ni lo intentes, no estás para eso

yo estoy para eso,

vos tenés que saber

lo que ya sabés

que soy un tipo extraordinario, lleno de placeres y conquistas

y que me río mucho

y que, a pesar de las gangrenas del alma,

disfruto un montón

y que amarte es una bendición

y un paracaídas que no necesito

y un avión,

para planearle al mundo desde el cielo nocturno…

y cuando bajemos con el sol de la mañana,

tendrás que mirarme atrapar el pan en el aire y planificarle un

colmo de jalea

de higos con arándanos

maduros;

servidos en un plato Celeste,

para que te despiertes de a poquito

y sin noticias de posibles

catástrofes aéreas…

 

No hay, entonces, legibilidad del amor sin una distorsión particular, sin ese sistema de imágenes únicas, y a la vez compartidas, que se arman en toda pareja. Y finalmente rosa –pink– es el color del que sufre “como un cerdo” por algo que no tiene. Como si eso que (le) falta –us, nosotros– sólo pudiera decirse en otra lengua. Y si el amor sólo pareciera vivir –y por lo tanto morir, estrellarse como un avión– en la lengua materna, entonces la poesía –como traducción de esa huella que nos lleva hacia un afuera de nuestra lengua para señalar el nosotros como lugar común de lo que nos falta– es también la posibilidad misma del amor, su discurso privilegiado, porque los poemas le ponen el cuerpo, hacen de resistencia, a toda carencia: en el libro de Pinkus, en definitiva, la poesía es la plenitud de lo que, para bien o para mal, tenemos en común, incluso estando separados.

 

Matias Moscardi  

Nicolás Pinkus