diario indio

Severo Sarduy

 

Buenos Aires - 2014

76 páginas / 14 x 20

ISBN 978-987-3760-03-7

 

 

Entre maderos que arden, el cuerpo. Junto a la pira, por el suelo cubierto de ceniza, un perro deshace en bandas de lino y lame el turbante blanco, ensangrentado. Más allá, bajo un alero, otro montón de troncos. Alrededor se apresuran los técnicos de la quema. Un dios-elefantito juguetea entre las flores. Campanillas de cobre. La muerte –la pausa que refresca– forma parte de la vida.

Arroz a los pies, embarrado de polvo rojo, en su templo de cemento, un dios-monito ameniza la aldea –los ojos bolas de vidrio, en el hocico pétalos pegados. Azoradas, como cigüeñas que oyen ruidos nocturnos, tres cabezas lo vigilan sobre un cuello: azul de metileno, azafrán, blanco de cáscara de huevo.

Collar de flores, un toro mostaza pace.

Prólogo, de Roberto Echavarren

o

Severo Sarduy perdió su patria, vale decir no volvió a Cuba desde su partida en 1960 hasta su muerte en 1993. Francia fue su patria adoptiva y su patria imaginaria la India. El orientalismo de Sarduy corresponde a una tradición de la poesía modernista hispanoamericana de lo exótico (la cubana japonesa de Julián del Casal y la peruana japonesa de Darío, el Buda de basalto de Amado Nervo, el carnaval de las épocas de La torre de las esfingesde Herrera y Reissig). En Diario indio el orientalismo literario se complementa con el viaje. Acentúa el costado politeísta de la contemplación exótica. Estos elementos aparecen a modo de precipitado, intercalados, sin orden aparente, como los arreglos vidriados de un caleidoscopio, sin intervención ni emergencia de ningún yo salvo episódica puntual.

Estimulado por Octavio Paz, viajó por primera vez a la India en 1971. De ese primer viaje surgieron a modo de instantáneas las descripciones de lugares, de ritos, de decorados. Tiene la fijeza de instantáneas bien que su vehículo sea la lengua. Eso siempre me llamó la atención en sus novelas, quizá especialmente Maitreya. Los “gestos” de sus personajes parecen detenidos en ese momento eterno de la pintura. Estudioso del arte y pintor él mismo, sus descripciones (y su narrativa tiende a ser eso, descripciones) son pictóricas, de una pintura diversa de la que practicó con los pinceles, un abstracto francés segunda mitad siglo veinte, muros agujereados de una segunda piel. Las descripciones verbales son figurativas y muy precisas en cuanto al detalle escénico y a la naturaleza de las ofrendas.

Los fragmentos incluyen otro diario de un descubridor de otras Indias, Colón, India por India, India por Cuba. Colón describió a los mancebos cubanos de cabellos no crespos salvo corredíos y gruesos, como sedas de caballo. Los cubanos son mirados por Colón como Sarduy mira la India, describe lo que ve, le llama la atención en términos figurativos, el tipo de imagen exterior y pictórica compuesta que ofrece su viaje. No obstante esas imágenes en Sarduy son ya ritos, religiones, profesiones, secuencias complejas que yuxtaponen en hileras lo nuevo y lo viejo, lo tradicional y lo industrial, el Gran Lama y el material plástico.

Es peculiar de este diario imagístico la ausencia de primera o de tercera persona narrativa. Aparece tardíamente un yo falo, un lingham, que penetra las nubes de apsaras en el firmamento. Y en la página siguiente este yo participa en un ritual. El mundo, entonces, existe sin primera y sin tercera persona. La persona emerge en cierto momento como falo imaginario y se hace cargo del mundo a través del rito.

El primer diálogo aparece cerca del final. Un personaje de la novela Cobra (que Diario Indio remata) llamado Tundra pregunta al Gran Lama.

TUNDRA: ¿Qué tengo que hacer para convertirme al budismo?

EL Gran Lama: Rasparse la cabeza. Ah, y por favor, si de verdad quiere “entrar en la corriente”, detenga ahora mismo toda violencia. El embajador de Francia vino a verme por la mañana; por la tarde, en el Rajasthan, su hijo mató un tigre. De aquí se fueron al Ashoka Club y bebieron cerveza de arroz. De cierto os digo, bikús de Holanda, que es la Sed lo que os impide ver lo no-compuesto, lo no-creado, lo que no es ni permanente ni efímero. ¿Qué les parece esta pintura tan antigua, regalo de un lama encarnado del Bhutan?

Tundra pregunta qué tiene que hacer para penetrar en la corriente del budismo. El Gran Lama le responde a dos puntas: si quieres de veras sumergirte en la corriente de esa duración debes empezar por suspender toda violencia y ser verdadero contigo mismo, que tus palabras, tus pensamientos, tus actos coincidan en la no-sed. La verdad es la correspondencia entre dichos y actos. Ciertas personas preguntan por el budismo pero están envueltas en contradicciones, el embajador de Francia por ejemplo, cuyo hijo mata un tigre, tanto como los bebedores de Holanda. Violencia (matar a un tigre) y apetencia (beber cerveza) coinciden en algún nivel. Moderar el apetito permite una concentración que rompa la cadena mental de las apetencias, permite “ver lo no compuesto, lo no creado, lo que no es permanente ni efímero”. Lo innombrable. No se puede categorizar pero está ahí. Ésta es la primera parte de la respuesta.

La segunda parte de la respuesta ocurre en un registro diferente, aunque relacionado. El Gran Lama le ofrece en venta a TUNDRA una pintura supuestamente antigua. El amuleto, el fetiche. Agárrate al fetiche si no tienes integridad, si no puedes prescindir de algo. El fetiche está en venta, pero la fantasía también le puede “labrar prisión”, según el verso de Juana Inés de la Cruz, sin comprarlo, sin pagar. El Gran Lama no obstante tiene que vivir y alimentarse. Mercadea objetos de devoción. Símbolos, simulacros, huellas. Mementos. Fuerzas. El mercadeo no falsifica el pensamiento búdico del Gran Lama. La transacción económica por un lado, los “valores calientes” de la meditación por otro, no se contradicen entre sí. Uno es el registro de la meditación en un ámbito de autonomía personal, otro el intercambio económico entre los hombres. Un aspecto no desmerece al otro. Salvo que haya comercialismo de alma.

Sarduy hizo su salida del socialismo tropical autoritario y machista y se realizó como escritor y como persona en Francia. Su impulso de fuga no se detiene allí. Busca circundar el planeta hasta llegar a las antípodas. Viaja a la India, Indonesia, las estribaciones del Nepal donde ve a los budistas tibetanos. La estupa es el monumento budista que guarda las cenizas de Buda. Su adaptación china es la pagoda. Ya que el budismo fue prácticamente erradicado de la India por el hinduismo y el islam, las referencias búdicas del Diario se remiten a Nepal (igual que los campesinos cherpa que aparecen en cierta escena), y refieren a los lamas tibetanos refugiados en el norte de la India a causa de la invasión china del Tibet. Banderines blancos colgados en cuerdas al viento, tsampa (té de mantequilla y cebada), la flor de loto, diamante, lamas de Bonete Amarillo, monjes de manto rojo, bodisatvas, mandala, molino de plegarias, Sidarta Gautama, Avalokiteshvara el Piadoso. Estos son los ingredientes búdicos del Diario. El climax del libro es el encuentro con el Gran Lama y a la vez la única instancia de diálogo. Allí es donde el Diario coloca su interrogación. Allí interpela, se abre a la pregunta. Por lo demás, lo búdico es tratado como decorado o puesta en escena, igual que las referencias a la religión hinduista y al jainismo.

En el hinduismo el Diario coloca los elementos eróticos y vitales, la corporeidad , la danza, el poder terrible de la muerte y el poder regenerador de la vida, el lingham, el falo llevado en procesión: “En los pequeños templos corroídos van apareciendo, en hileras, los falos. Las mujeres que los perfuman, el bermellón y el oro de sus vestidos, interrumpen a veces, un instante, la sucesión perfecta de los cilindros.” Otros elementos de religión hinduista: las dos naga, las dos cobras que sobre una tortuga sostienen el mundo, aunque la cobra también protege al Buda. Los gurus, uno de los cuales cegó a un hippie de una pedrada, otro que fuma chilom (pipa larga para hachís u opio), un dios que baila, un dios elefantito, una diosa, quema de cadáveres, tirar los huesos al río, apsaras de voces roncas (aquí las hijras, hombres castrados vestidos de mujer que bailan y cantan en las calles pidiendo dinero), dios monito, monos, faisán, dios andrógino, bramines, ofrendas, esculturas de dioses hacinados antes del festival, la diosa de la muerte (Kali), bazares que rodean a los templos, Vishnú enano barrigón, Shiva el destructor y Shiva el regenerador.

Aparece una referencia a Mahavira, un reformador de la religión jainita, contemporáneo de Sidarta Gautama, de similar origen y biografía. La religión jainita precede al budismo en la India y en cierto modo lo prepara. Como Sidarta, Mahavira dejó sus bienes y anduvo peregrino y viviendo de la caridad pública. Recorrió un largo itinerario desnudo, igual que Diógenes el cínico, víctima del desprecio y del insulto de los muchachos. El jainismo es una religión sin dioses. También lo es el budismo. Ambas predican el despojamiento, la no violencia, el vegetarianismo. En el caso de Mahavira, su filosofía está basada en ahimsa o no violencia. Cada ser viviente tiene una dignidad propia y debe ser respetado como esperamos que se respete nuestra propia dignidad. Debemos mostrar compasión hacia cada partícula de naturaleza. Algunos devotos usan un velo delante de la boca para no atrapar involuntariamente y matar a ningún insecto. No matar, no robar, decir la verdad, moderar los placeres, desprendimiento, despojamiento de posesiones. En vez de correr hacia un fin sin final, encontrar la calma, volverse ecuánime. Los escépticos jainitas recomiendan empezar cada proposición con un “como si fuera así”, quitando rotundidad a cualquier afirmación. La opinión propia no se da por segura, un número indefinido de puntos de vista es posible en relación a cada cosa.

Es muy escaso en el Diario el componente musulmán. Sólo en una escena aparece una mezquita y el creciente de oro (aunque el creciente de oro también corona las estupas o monumentos que guardan las cenizas de Buda, de donde lo tomaron los musulmanes).

En la India Sarduy estaba tratando de escapar al cristianismo y de un modo más comprensivo a las religiones monoteístas o religiones del Libro (judaísmo, islam). Según nota David Hume, se han probado las más violentas e intolerantes. Las religiones politeístas son más tolerantes hacia las creencias de otros, no suelen predicar la exclusividad.

Al construir este espectáculo barroco amanerado acerca de la India y sus religiones, Sarduy mezcla lo sagrado y el humor. Sublima a la vez que desublima. Le quita solemnidad a lo religioso, lo vuelve estético. No quiere decir que lo vuelva trivial. La estética es una actitud filosófica, que participa del rito, atiende a los detalles, es capaz de devoción, pero no dogmatiza. No legisla, busca sólo mostrar.

Roberto Echavarren 2014

La exótica India en la Argentina, por Fredy Yezzed

 

Es una verdadera hazaña editorial y un lujo sin precedentes para el lector argentino, tener por fin entre sus manos el desconocido libro El diario indio del escritor cubano Severo Sarduy (Cuba, 1937-Fancia, 1993). Sabemos gracias al acompañamiento del rico prólogo del poeta uruguayo Roberto Echavarren, que Sarduy escribió el libro cuando viajó por primera vez a la India en 1971 por consejo de Octavio Paz.

El diario indio está construido por 48 fragmentos –de difícil categorización genérica–, pues son fotografías que describen lugares, ritos, comidas, rostros, decorados, y me atrevería a decir que descubre de esta forma –con su manto de exotismo– el color y la belleza de la India.

Imaginemos por un instante la idiosincrasia cubana maravillada desnudando el alma de la India, algo tan complejo, lleno de espesor lingüístico y de referencias del orden de lo sensorial y espiritual, que es fácil conjeturar que será otra India, como otro el cubano que retorna. Orientalismo, dicen los especialistas, que se llaman los estudios sobre Oriente, y en esa etiqueta usualmente ubican El diario indio. A mi juicio, por el contenido de imaginación que involucra hasta la más sosa y seca descripción lo prefiero en el orden de lo bello, es decir de la poesía.

El sello de la escritura de Sarduy es inconfundible, ya desde su segunda novela De dónde son los cantantes (1967) se arma de aquello que los críticos y él mismo denominó –neobarroco– un lenguaje difícil, lleno de plasticidad, entregado a los sentidos, cargado de voluptuosidad, desbordante de referencias, atiborrado de detalles, poseído por un ritmo particular, como si una escondida fuerza erótica lo robara constantemente, así es también en el fondo El diario indio, a pesar de su reservada y difícil sencillez.

Para los lectores curiosos, El diario indio, sin embargo, tiene su gemelo en Colombia, en El sueño de las escalinatas (1964) de Jorge Zalamea (Bogotá,    1905-1969), uno de los libros inscriptos dentro del género del poema en prosa y que goza de ser de los más reeditados de la poesía colombiana. Son asombrosas las correspondencias donde supura el color de la sangre, el gesto de crueldad del sacrificio y un aura de ruina y misticismo. Los dos libros con su estilo respectivo dibujan la India, pero es una la que es entregada al lector.

Finalmente, Severo Sarduy repetirá en varias entrevistas que lo que menos le importa es la historia –lo que se cuenta– porque en su literatura, lo importante es la materia, el color, el perfume. Eso es cierto y se aplica en El diario indio, pues como él deseaba “el Oriente termina invadiéndolo” porque “pinta con las palabras”.

Fredy Yezzed

 

Diario indio / Fragmentos Pájaros Lanzallamas

Entre maderos que arden, el cuerpo. Junto a la pira, por el suelo cubierto de ceniza, un perro deshace en bandas de lino y lame el turbante blanco, ensangrentado. Más allá, bajo un alero, otro montón de troncos. Alrededor se apresuran los técnicos de la quema. Un dios-elefantito juguetea entre las flores. Campanillas de cobre. La muerte –la pausa que refresca– forma parte de la vida.

Arroz a los pies, embarrado de polvo rojo, en su templo de cemento, un dios-monito ameniza la aldea –los ojos bolas de vidrio, en el hocico pétalos pegados. Azoradas, como cigüeñas que oyen ruidos nocturnos, tres cabezas lo vigilan sobre un cuello: azul de metileno, azafrán, blanco de cáscara de huevo.

Collar de flores, un toro mostaza pace.

Aspas rápidas los brazos, shaking the world, un dios displicente baila. A su lado –medias esferas los senos, la cintura estrecha y muy anchas las caderas– ondula una diosa en cuyos brazos, encaramado sobre un ratón, retoza un elefante –con la trompa ensortijada le acaricia una oreja. De trecho en trecho afloran en la piedra tallada espirales de conchas, caballitos de mar fosilizados, estrías de una roca amarillenta donde viene a posarse un pavo real.

Escaleras que suben hacia ninguna parte, muros inclinados, hemisferios vacíos. A su paso por los bordes numerados las sombras reproducen la curva de la Tierra, cifran la altitud de los astros, postulan un Sol fijo. En las escaleras borradas por la lluvia cada tarde reitera las medidas. Astrolabios de bronce han quedado entre las ruinas, desechados, rotos.

La hora exacta.

Bajo los techos cónicos, los demonios abren mujeres por las piernas, rompiéndolas. Para que los fieles puedan dibujarse los signos prescritos sobre la frente hemos instalado espejitos móviles en todas las paredes.

Una cinta de metal desciende desde lo alto de la pagoda, por los techos superpuestos, hasta el más bajo, lo toca.

Entre las esculturas del patio, fornican en tropel los corderos sagrados.

Olor a hachís y a sándalo.

De Diario Indio (Zindo & Gafuri, 2014)

Severo Sarduy

Nació en Camagüey (Cuba) en 1937,  y murió en París en 1993. Fue un narrador, poeta, periodista, crítico de literatura y arte, considerado uno de los representantes más brillantes del neobarroco latinoamericano. En 1958, con el triunfo de la Revolución colaboró en Diario libre y Lunes de revolución; en 196o viajó a París para realizar estudios de Historia del arte. Nunca más regresó a Cuba. Estuvo vinculado al círculo de pensadores y escritores que hicieron la revista Tel Quel y trabajó como lector en Editions du Seuil, y como redactor en la Radiotelevision francesa. Entre sus novelas, se destacan: Cobra (1972, Premio Médicis), Colibrí (1984), Cocuyo (1990), Pájaros de la playa (1993, póstuma); entre sus libros de poemas: Mood Indigo (1970); Big Bang (1974); Daiquiri (1980); Un testigo fugaz y disfrazado (1985); Un testigo perenne y dilatado (1993). Entre sus ensayos, Barroco (1974), La simulación (1982),  Nueva inestibilidad (1987).