Esta historia es la mía

Emmanuel Hocquard

Buenos Aires - 2015

88 páginas / 14 x 20

traducción de Patricio Grinberg

ISBN 978-987-3760-26-6

Método Robinson

 

Cuando Crusoe aterrizó en su isla después del naufragio, no
era todavía Robinson. Será Robinson a partir del momento en
que, no habiendo encontrado ni una lapicera ni un lápiz entre
los restos, desentierra un cutter y algunos libros. De estos
hallazgos nacerá el método al que le dará su nombre.
Robinson habla solo (V. Soledad), con las palabras que
aprendió cuando todavía no era más que Crusoe, palabras
que dispone como recuerdos, es decir, como objetos de la
memoria-lenguaje. Robinson, en su isla, actúa como Crusoe
antes del naufragio pero hace que las mismas cosas resuenen
de forma diferente.
La isla es elegiable (V. esta palabra). Separado del mundo,
con los medios improvisados que le son propios, Robinson
reproducirá el mundo de Crusoe. Es un copiador (V. esta
palabra). Y todo copiador, incluso el pequeño copiador del aula
que copia la tarea de su compañero de banco, es un isleño.
Futuro, antiguo, fugitivo de Olivier Cadiot es, como Yo me
acuerdo de Perec, una elegía soberbia.
Esta lectura es la mía, por Marilia García
Postfacio a un diccionario autobiográfico, seguido de una entrada imaginaria

De inmediato llama la atención el título de este libro: Esta historia es la mía. Al final, ¿quién está hablando? Y en seguida, en el subtítulo, surgen más preguntas: Pequeño diccionario autobiográfico de la elegía. ¿Cómo puede ser un diccionario en primera persona, conteniendo marcas personales como el pronombre mía? Nos enfrentamos a una contradicción de términos: un diccionario, en principio, no es una forma autobiográfica. Sin embargo, al determinar que lo sea, somos llevados del campo de los diccionarios hacia el campo de las elegías. Según él la elegía es una forma autobiográfica y su funcionamiento consiste en relacionarse con el pasado. De inmediato el título establece: es la elegía quién está hablando y ella va a contar su historia en la forma referencial del diccionario.

Al mirar esta forma con desapego, vemos que pone en escena en miniatura la propia obra de Emmanuel Hocquard, que está llena de referencias y vaivenes . No sólo algunos de sus libros contienen índices remisivos/referenciales al final (cf. Un privé à Tanger o Ma haie), sino que también los temas, anécdotas, personajes y muchas veces fragmentos enteros de poemas se desplazan entre los libros y vuelven a reaparecer en diferentes contextos produciendo otras formas de lectura de lo mismo. Además, es un texto performativo, haciendo lo que dice mientras que dice lo que hace, como, por ejemplo, en la entrada Literal: para explicar el procedimiento literal (que sería una copia al pie de la letra), copia literalmente un fragmento completo que aparece en otro libro (cf. Ma vie privée).

Para entender un poco más el contexto de este Pequeño Diccionario, cabe recordar una nota a la edición en la que Hocquard cuenta que la primera versión fue una conferencia dada en la Maison des écrivains en París en 1994. La siguiente versión, más cercana a ésta que el lector tiene entre las manos, fue presentada en 1995 en un coloquio en la Universidad de Bordeaux, cuyo tema era el sujeto lírico. En esa ocasión, los participantes fueron invitados a debatir el lugar del sujeto lírico en el contexto de los años 90 en Francia a partir de de algunas cuestiones planteadas por los organizadores: “¿Cómo situar al sujeto lírico? ¿Cuáles son las relaciones que establece con la autobiografía? ¿La modernidad no se caracterizaría por un desplazamiento del sujeto lírico o por las la multiplicación de los lugares que puede ocupar?”

Frente a estas preguntas, el lugar común sería esperar que un poeta conectado a la poesía objetivista, como es el caso de Hocquard, condenara al sujeto lírico poético enumerando entre sus características el uso de la primera persona, el tono confesional y el derrame penoso de su pasado. Mientras que la poesía objetivista, dentro de este discurso cliché, tendría como característica un lenguaje en tercera persona, la supresión del sujeto y un desvío de lo autobiográfico. El libro, sin embargo, responde de una manera más sutil a las preguntas planteadas y construye una especie de poética que trabaja a partir de los dispositivos de su propia escritura. Imagino que desmantela la máquina de escribir y piensa conceptualmente a partir de sus propios procedimientos.

Desde sus primeros libros, Hocquard utiliza etiquetas líricas, nombrando algunos textos como elegías, odas y sonetos. Él se apropia, así, de elementos de la tradición lírica, pero a su modo, ya que los textos desentonan bastante de las formas clásicas. La oda que escribe, por ejemplo, se llama oda no triunfal y los sonetos los define como “textos realizados en 14 líneas sucesivas.” Cuando se lo llama a hablar sobre el tema lírico, responde por el uso que hace de la elegía, sacando lo que le interesa en ésta y produciendo una división entre el elegíaco clásico (que todos conocemos) y el elegíaco inverso, categoría en la cual él se inserta.

El elegíaco clásico puede escribir tanto en primera como en tercera persona, porque su interés es, sobre todo, traer de vuelta el pasado. Para él, lo importante es una representación de la intimidad, generalmente hecha con tono de lamento; la persona del discurso es la misma. En cambio el elegíaco inverso utiliza la primera persona, porque ésta no privilegia la representación del pasado y, sí, la fabricación de algo cuya identidad es verbal (no personal). El pasado sirve como material para esta producción que se ha transformado para, en esta transformación, llegar al hombre rehecho. Aquí la historia de una vida tiene más que ver con un problema gramatical que con un problema de memoria. Las anécdotas pueden ser autobiográficas, pero se utilizan como ventanas que no se refieren a un origen sino que sirven para crear relaciones.

Volviendo al título, pienso ahora en la figura de la prosopopeya, recurso que consiste en un pasaje de tercera a primera persona. Cuando la voz de la elegía habla, ésta es una prosopopeya y su sujeto gramatical necesita mantenerse: Esta historia es la mía, dice. Y con este tono que bordea lo irónico puede imprimir en el elegíaco inverso la idea de superación de la pérdida del pasado.

Por último, si yo pudiera hacer un postfacio imaginario con una nueva entrada para este diccionario, como los diccionarios que incorporan nuevas palabras; si pudiera hacer ese postfacio y añadir una nueva entrada aquí, pensaría en el termino Montalbán (v. Infancia)

Montalbán fue un arqueólogo español que trabajaba en las Grutas de Hércules, en Tánger, Marruecos. Su trabajo consistía en recuperar los restos de algunos murales romanos del siglo I. Estos fueron, en su época, arrancados de la pared y destruidos, y sus restos, abandonados en el suelo, fueron cubiertos por la arena y olvidados durante siglos. Así Montalbán recogía algunos lotes de fragmentos de colores de los antiguos frescos, los lavaba y disponía en grandes mesas en un intento de volver a montar los paneles y encontrar el modelo original. Sin embargo, estos fragmentos se revelaban no aptos para los intentos de reconstrucción y se vio obligado a aceptar la pérdida de soporte. (Al igual que los paneles de azulejos rotos en el terremoto de Lisboa, que aparecen en la entrada Fragmento 2).

Esta anécdota aparece por primera vez en la obra de Emmanuel Hocquard en una plaquette publicada en 1975. Después la historia vuelve a aparecer (copiada) y será utilizada como una herramienta conceptual para hablar de su procedimiento de escritura. Como herramientas o como una anécdota del tipo descrito en este diccionario: anécdota que sirve como ventana, como posibilidad de abrir nuevas pistas. Al girar hacia el pasado y hacia la historia privada, la producción del elegíaco inverso se da como el trabajo de Montalbán ante las piezas: él busca los 82

restos, pero no puede llegar a una representación de lo que fue; necesita utilizar los restos para producir algo más. Él sería una especie de arqueólogo inverso en la obra de Hocquard.

En este postfacio imaginario, la figura de Montalbán podría funcionar como las otras piezas que refieren a todo (es decir, para componer la elegía) y, al mismo tiempo funcionan aisladamente. Sería autoexplicativa y al mismo tiempo se podría entender como una herramienta conceptual para leer los dispositivos de escritura del autor.

¿Elegía?, por Silvio Mattoni

¿Qué puede significar todavía la palabra “elegía”? Es un género, un modo de exposición lírico. Antiguamente, se trataba de un poema de cierta extensión en un metro determinado: el dístico elegíaco. Por esa relativa extensión, contenía algún relato, un pequeño mito, el origen de alguna costumbre. Luego, particularmente en la renovación poética romana, que seguía innovaciones helenísticas, el tema fue predominantemente erótico, anécdotas con la amada, protestas por su inconstancia, reclamos para que vuelva. De este abanico erótico surgió la elegía en su sentido romántico, o sea moderno, que brutalmente puede definirse así: poema por la pérdida del objeto amado. Y hasta en algún momento la elegía se restringió al ámbito del luto –si bien remotamente no habrá dejado de incidir en ello el hecho de que los epitafios antiguos en tumbas también estaban en dísticos elegíacos. Claro que en el romanticismo ya no tenía su peculiaridad métrica y podía adquirir cualquier forma. El tema, como todo tema, se volvió un estereotipo. El poeta elegíaco se volvió demodé. A la vez en lucha con el olvido de la elegía y a distancia de su retorno, Hocquard plantea una teoría que haría posible su libro, hecho de definiciones poéticas, de listas, de comparaciones, de pequeños tratados en prosa sobre las condiciones de posibilidad de un sentimiento. Me refiero a la teoría del “poeta elegíaco inverso”.

Allí donde el elegíaco clásico modula su lamento interminable, puesto que se dio vuelta y la amada ya no estaba, el elegíaco inverso no tiene nada que lamentar, lo que perdió se perdió con la palabra. De alguna manera, la historia de un yo sigue siendo la posibilidad de la elegía que finge ser cualquier poema autobiográfico, pero el libro de Hocquard reitera, recapitula, recomienza en su fragmentación de diccionario lo imposible de decir, la distancia que habría entre el ser viviente, personaje de la anécdota, y el pronombre del poema. Como si dijera: “esta historia que te cuento es mía”, pero en la cara del relato elegíaco, así como en su reverso más seco, se analizaran lugares comunes, puesto que la infancia, lo olvidado, lo perdido quizás sean el mismo objeto para todos. Los que hablan, los que se quejan, los que recuerdan, más aún los que escriben, apuntarían hacia el mismo punto de lo que no se puede decir, y se convierten en mera indicación.

Esta historia es la mía, entonces, ¿la de quién? ¿La de un autor llamado Hocquard? ¿Se inclina acaso más del lado autobiográfico o del lado del diccionario? Y en principio, es la historia de la elegía en cuanto hilo lírico occidental, su olvido y su retorno, que permite reflexionar, contemplar algo que no se debe más que a las palabras. Así, “el mayor consumidor de soledad”, según Hocquard, el elegíaco, tanto clásico como inverso, se entrega a su pequeño vicio de escribir, describir o citar. Se hacen listas, cada cosa, cada verbo en la lista no dice la ausencia de la fugitiva ni anuncia sus movimientos lejos de la mirada. Entre un fragmento y otro, en el espacio que separa una entrada de la siguiente (digamos “Soledad” de “Tautología”), se vislumbra el silencio como un relieve blanco cuando cesan las letras negras, y en ese límite, cartel de peligro tachado, se dice, se escribe: todo lo que no se puede decir es sin embargo lo que más importa decir, literalmente. El diccionario trata al elegíaco, al yo elidido por la forma prosaica, como un objeto más que debe definir, pero al que todas las definiciones rodean sin atribuirle más que una clase, no una singularidad. El elegíaco no tiene nombre, lee, transcribe, se aleja de la expresión sentimental, su dolor se esboza como un viento helado que se alzara de géneros de ritmo frío: lista, glosa, cuadro comparativo. Pero lo definido es un grito, o algo tan inarticulado que casi no se distingue del silencio, tampoco tiene imagen, es lo perdido para siempre entre un fragmento llamado “Identidad” y otro llamado “Infancia”.

Silvio Mattoni 2015

 

Pequeño diccionario autobiográfico de la elegía, en Pájaros Lanzallamas

AH! · · · · · · · · · · AY!

La elegía clásica, tal como se nos enseñó (poema que expresa lamento, pena (V. esa palabra), tristeza, melancolía, dolor, nostalgia, etc.), obedece al siguiente esquema: esto había empezado bien; el tiempo pasó; y, al final, se echó a perder.

1ra columna: ¡Ah! El tiempo pasa 2da columna: ¡Ay!
Pasé momentos maravillosos con Cynthia. ——-> Hoy soy desgraciado porque Cynthia es decididamente muy frívola.
Estaba feliz en Roma, rodeado de amigos y cubierto de laureles. ——-> En el presente estoy solo y triste en mi exilio en Rumania
Myrto se embarcó en esa nave, muy contenta de ir a casarse a Camarina. ——–> Ay! El barco se hundió y Myrto se ahogó.

Si con Propercio y Ovidio se comparte la intimidad y con Chenier, sobre todo, hechos dispersos, en todos los casos el trabajo está en la amplificación lírica de una situación anecdótica (V. Anécdota).

Y cuando se pisa a fondo, como en el piano, sobre el pedal hiperbólico de la representación elegíaca, se alcanza el pathos.

Resumiendo: al principio, todo va bien. Después las cosas se arruinan. El tiempo elegíaco fluye en esta dirección: Ay de mí!

BADURA SKODA

Extrañamente, el mismo Paul Badura Skoda encontró la respuesta a este dilema, pero mucho tiempo después (demasiado tarde para mí, ay!), con su interpretación -su ejecución, debería decir- del Hammerklavier.

Habiendo hecho construir una réplica exacta del piano de Beethoven, él siguió, al pie de la letra, la recomendación del compositor: tocar como con un martillo. Dicho de otra manera, golpeando como un sordo sobre el clavicordio. Después de tocarlo como con un martillo, no le queda más que tirar el piano, que había quedado completamente destruido.

Escuchando la grabación, quedé impresionado por la proeza. Y a través de él, creí identificar en Beethoven, según la expresión de Glenn Gould, algo así como el proyecto de dar a la música la oportunidad de desaparecer.

Entonces renuncié al piano y opté por la poesía con la intención de escribir elegías. Voy a decir cómo (V. esta palabra)

CÓMO

Para escribir elegías, es necesario saber cómo está hecha una elegía. Y para saber cómo está hecha una elegía, sólo hay que proceder como con un motor. Deben seleccionar una elegía standard, desarmarla y estudiar las partes que dispusieron sobre una mesa.

Como la elegía no tiene una forma particular (pueden darle aquella que más les convenga) ni dimensiones fijas (puede ser larga, corta o entre estar entre una y otra), ustedes tienen que buscar aquello que la distingue de otros géneros poéticos. Bueno, el examen no revela nada particular, excepto, tal vez, un porcentaje de pasado superior a lo normal. Es bastante raro encontrar verbos en futuro en una elegía. Y cuando hay uno, generalmente está en forma negativa. Ej.: Nunca más te veré sonreirme. El poeta elegíaco es decididamente pesimista.

Una vez que examinaron todo, rearmen su elegía, giren y escuchen cantar al motor. La diferencia está ahí. La elegía da un tono específico, reconocible entre todos, como los armónicos menores de los relojes. El tono del reproche y del resentimiento.

Por lo tanto, escribir elegías es muy fácil. Deben leer muchas (aunque no demasiadas, porque en verdad son bastante deprimentes) y, si tienen oído y predisposición elegíaca, van a poder hacerlo.

Se hace, de hecho, solo. En fin, así lo hice yo (V. Hacer).

De Esta historia es la mía. Pequeño diccionario autobiográfico de la elegía (Zindo & Gafuri, 2015)

Traducción de Patricio Grinberg

 

Un manual de poesía a través de la vida de Hocquard, por Juana Groisman

En Esta vida es mía realiza tres construcciones a la par que se van entrecruzando a lo largo del relato, creando una obra con multiplicidad de lecturas.

Por un lado, el libro, editado por Zindo y Gafuri, funciona como un compilado de elegías del autor, en las que va relatando distintos sucesos de su vida en la forma de poemas. De este modo, ingresamos en la psiquis de un yo lírico angustiado, que recrea de forma constante distintos episodios de su vida, principalmente de la niñez. Esta historia es la mía se convierte en una segunda creación: un relato autobiográfico del propio Emmanuel Hocquard.

A su vez, y tal como lo anuncia en el título de la obra, el autor también espera que el libro pueda funcionar como un diccionario, con utilidad para aquel que desee adentrarse en el mundo de la elegía como formato poético. Hocquard comienza planteando las bases fundacionales de este tipo específico de poema, con una serie de reglas y ordenamientos que orientan al lector que desconoce del género. El autor plantea las distinciones entre el poeta elegíaco clásico, que presenta un lamento entero y angustiante, y el inverso, que demuestra una suerte de resignación frente al suceso y la tristeza, alejándose del padecimiento y, consecuentemente, del yo lírico.

La cuestión del yo en la obra de Hocquard es un aspecto inasible; el autor cruza de forma constante el límite entre su autoría y su protagonismo en la obra, dejando al lector dudando del carácter netamente autobiográfico del libro. Nuevamente, la fundición de varios géneros en uno cobra un sentido particular: los límites entre la poesía en sí, el diccionario y la autobiografía se cruzan de forma constante, generando una curiosa confusión que brinda al texto una multiplicidad de lecturas.

La polisemia también se observa en los sucesos elegidos por el autor. Se trata de situaciones cotidianas, casi lugares comunes, pertenecientes a una infancia ni particularmente traumática ni angustiante, pero que presentó para su yo una serie de padecimientos que finalmente decide poner en valor a través de la elegía.

Al convertirse el poema en el contenedor de todo el sufrimiento del poeta, Hocquard plantea que se convierte en una suerte de adicción, de un exceso de consumo de la soledad necesaria para llevar el padecimiento a palabras. La acción de escribir se convierte en vicio, y cualquier pequeña posibilidad de escritura se vuelve una chance de extirpar la tristeza del alma. Es así como cobran valor elegíaco cuestiones tan banales como una lista de supermercado o una enumeración de elementos al azar.

Esta historia es la mía es un libro corto y amigable tanto para el lector ávido de la poesía elegíaca como para los novatos, para quienes puede significar una puerta de entrada a un mundo desconocido y, sin lugar a dudas, muy interesante.

revista kunst, enero 2018

 

 

Emmanuel Hocquard
Poeta y traductor francés, nacido en Cannes en 1940, pasó su infancia en Tanger (Marruecos). Desde 1973 hasta 1986 dirigió la editorial Orange Export Ltd; entre 1977 y 1991 estuvo al frente del departamento de literatura contemporánea en el ARC  (Museo de Arte Moderno de la Ciudad de París) y en 1989 fundó una asociación en el Atlantic4, para promover un mejor conocimiento, de la poesía estadounidense contemporánea en territorio francés.  Algunas de sus obras son: Album d’images de la villa Harris, Une journée dans le détroit, Des nuages & des brouillards, Le Modèle et son peintre (en collaboration avec Alexandre Delay), Un privé à Tanger, Les Elégies, Théorie des tables, Tout le monde se ressemble, Un test de solitude, Ma haie, Méditations photographiques sur l’idée simple de nudité.

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